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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 21

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21: XXI 21: XXI ¿No te ha pasado que, cuando te acuerdas de lo que hiciste más joven, te das cuenta de que estabas bien, pero bien pendejo?

Bueno, el caso es que yo estuve como payaso por tantos años que todo eso de matar, torturar, secuestrar, se volvió rutina.

Había misiones en las que yo me chingaba casi a todos los contras.

Todos en la pandilla me conocían, y todos me respetaban.

Pero aun así Darius no me ponía un apodo, y como ya te había dicho, en esa pandilla, Darius nomás les ponía apodos a sus mejores hombres.

A veces yo y varios de mis compañeros nos imaginábamos qué apodos nos podría Darius, y cómo eran las fiestas a las que él iba, a las que no nos invitaba ni a cuidar la entrada.

También queríamos nuestro apodo para ponernos al tú por tú con los que ya tenían su apodo porque ellos siempre andaban de mamones y nos decían “payasos” con desprecio.

Ah, pero vieras cómo se envergaban si no les decías su apodo.

—¿Te burlas de mí, pendejo?

—te decían.

O: —No somos iguales, payaso.

Pendejadas así.

Lo peor de todo era que ellos no eran tan fuertes.

Sí había uno que otro que podía usar magia, pero una tan culera que yo fácil les podía partir la madre a todos juntos.

Y ni así Darius me ponía mi apodo.

A veces pensaba en ir con él para mostrarle que yo era el más chingón de todos, pero sabía que los pendejos de sus manos derechas no me iban a dejar verlo porque nunca dejaban que nadie lo viera, y partirles la madre nomás me haría ver como un traidor.

Lo bueno fue que Darius sí se enteró de lo chingón que era.

Tarde, pero se enteró.

Una noche llegamos de una misión con alguien amarrado.

—Darius quiere verlo —nos dijo una de sus manos derechas apenas llegamos y nos llevó a donde estaba él.

Entramos a un cuarto muy grande, donde estaban las demás manos derechas, varias putas y Darius.

—¿Cómo les fue, Rapunzel?

—le preguntó Darius al jefe de nuestro grupo, un pendejo alto y pelón.

Lo cagado era que este pendejo se emputaba si no le decías “Rapunzel” aunque todos sabíamos que Darius le había puesto ese apodo para burlarse de él.

—Dime Rapunzel, aunque te sangre el hocico, payaso —nos decía.

Pero bueno, Rapunzel le quitó la bolsa de la cabeza a quien habíamos atrapado.

Era alguien de veintitantos y que tenía la cara pintada de blanco.

Era el líder de una pandilla que creo que se llamaba Ghost, aunque la verdad no me acuerdo bien porque era una pandilla pequeña.

—Llévenselo, pues —dijo Darius, y yo y otro compañero lo levantamos para llevárnoslo y torturarlo, como siempre hacíamos con los que agarrábamos—.

Ustedes no, payasos —nos dijo a nosotros—.

Hoy celebramos —después les dio la orden a unas manos derechas, y ellas se llevaron al líder ese.

Nosotros salimos de ahí y nos regresamos a nuestra camioneta.

—Pues vayan a prepararse —nos dijo Rapunzel.

En el grupo nomás éramos yo, Rapunzel y el otro cabrón.

Agarramos una mochila con nuestras cosas; ahí casi siempre llevábamos un cambio de ropa (casi siempre te manchabas de tierra, lodo o sangre de alguien más) y nuestro maquillaje (todos los payasos tenían que estar maquillados).

El otro cabrón y yo fuimos al baño para arreglarnos.

—Ya la hicimos, brujito —me dijo.

—Pues ya se había tardado en invitarnos —yo dije para no parecer tan emocionado.

—¿Tú crees que nos vaya a poner apodos?

—me preguntó mientras se cambiaba de ropa—.

¿Qué haces si Darius te pone “brujito”?

—Pues más le vale que no —dije eso porque ya debía tener unos dieciocho años, y ese apodo ya me empezaba a cagar más que nada por el “ito”.

Yo ya no era un niño, y era más cabrón que todos.

Después nos pusimos loción y nos empezamos a retocar nuestro maquillaje de payaso, que era lo más importante de todo.

En nuestra pandilla lo peor que podías hacer era traer un maquillaje culero porque según Darius “si te ves como pendejo, nos haces ver a mí y a todos como pendejos”.

No había reglas estrictas sobre cómo te tenías que maquillar, nomás que te vieras como payaso.

Casi todos se pintaban la cara de blanco y luego la boca y los ojos de rojo, pero yo para resaltar me los pintaba de negro.

Al principio había pendejos que hasta se burlaban.

—Si eres payaso, no mimo.

Pero cuando me veían chingándome a los contras, a los policías, a los traidores, ya le bajaban de huevos.

—Ah, perro.

Hasta te ves elegante —me terminaban diciendo eso y cosas parecidas.

Cuando acabamos de arreglarnos, fuimos con Rapunzel y nos subimos a la camioneta para esperar a Darius.

Él se tardó como una hora y salió junto con sus manos derechas, se subieron todos en tres camionetas y se fueron.

Nosotros los seguimos.

Llegamos a un antro, y los de la entrada, apenas nos vieron, se hicieron a un lado y nos dejaron pasar.

—Pásenle, por favor —nos dijeron nerviosos—.

Ahorita les desalojamos la sala VIP.

Llegamos ahí y vimos que había un grupo de niños ricos ahí que se estaban peleando con los meseros.

—Nosotros llegamos primero.

No nos van a quitar la sala.

¿Qué no sabes quién soy?

—decían pendejadas así, pero apenas llegamos le bajaron de huevos—.

No, pásenle, por favor.

La sala es suya.

Nosotros ya nos íbamos.

La cuenta, por favor.

Ese maquillaje te dejaba hacer lo que quieras, hacía que la gente te tuviera miedo y te respetara; por eso no nos daba pena salir a la calle así, por eso hasta nos sentíamos orgullos de vernos como payasos.

—Pidan lo que quieran, payasos —nos dijo Darius, y eso hicimos.

Llegaron varios meseros con esas botellas de champú con bengalas y todo, y tomamos como si nunca lo hubiéramos hecho antes, y eso que siempre celebrábamos después de una misión o cualquier otro día, celebrábamos mientras podíamos porque sabíamos muy bien que podíamos morir en cualquier momento.

El simple hecho de seguir vivo era razón suficiente para celebrar.

Todos nos pusimos hasta la madre.

Algunos veían mujeres y se las trataban de ligar, vinieran acompañadas o no, otros se la hacían de pedo a los demás por cualquier cosa, unos cuantos se ponían a chillar y se decían cosas como: —Yo sí confío en ti, cabrón.

O: —Eres como mi hermano.

Hasta parecían amigos.

Aunque varios se acabaron matando entre ellos poco después.

Y también había pendejos como yo, que fueron a la mesa de Darius y le dijeron: —Eres un hijo de puta.

Sus manos derechas se levantaron y ya me iban a sacar, pero Darius agarró a uno y le dijo que no con la cabeza.

—Tú me dijiste que era cabrón —yo le seguí diciendo—.

Yo soy mejor que todos estos pendejos.

Yo puedo con las misiones grandes.

—¿Quieres una misión grande?

Pues aquí está Kimberly —señaló a una de sus putas, y ella se paró y se me acercó.

Era muy alta y me agarró del hombro para llevarme a otro lado.

Yo me quité la mano de encima.

—No te burles, cabrón —le dije y traté de juntar un poco de magia, pero estaba tan pedo que no podía—.

Yo les puedo partir la madre a todos estos pendejos juntos.

Darius sonrió.

—Eres cabrón, eres cabrón —me dijo—.

Si sí me acuerdo.

Tú eras el niño que se puteó a mis hombres.

El “brujito”, ¿no?

Aunque ese apodo yo no te lo puse, ¿verdad?

—él me puso la mano en el hombro y me sonrió—.

Yo no te pondría un apodo tan culero.

Tú de ahora en adelante vas a ser… ‘Dark’.

Él le quitó el vaso a una de sus manos derechas y me lo dio.

—Brinden todos por Dark.

Todos brindaron.

—¡Dark, Dark, Dark, Dark, Dark, Dark!

—gritaban y tomaban, y yo también tomé y me sirvieron más y más y más y hasta me sacudían la cabeza cuando tomaba, y yo de pendejo seguía tomando.

No se cuánto tomé en ese tiempo.

—Vente, Dark —Darius me agarró del hombro y me llevó afuera.

Yo apenas podía caminar, pero de sus manos derechas me agarraron para que no me cayera.

De repente, uno de ellos me dio un putazo detrás de la cabeza y me caí al suelo.

Darius se me acercó y me dio un rodillazo en la cara.

Yo caí al piso y sentí cómo la sangre me caía por toda la boca.

—¿Quién chingados te crees tú para tener apodos que yo no te di?

—me agarró del pelo y me dio otro rodillazo—.

Me vale verga si tú te inventaste el apodo o no, solo yo puedo ponerlos.

Y con otro rodillazo me tiró al suelo.

—Y ¿crees que me puedes decir “hijo de puta” sin represalias, cabrón.

Da las gracias de que aún me sirves, porque si no te mataba.

Él me empezó a patear en el suelo, y yo traté de juntar un poco de magia para defenderme, pero estaba muy pedo y no pude, así que nomás me cubrí la cara con los brazos y me hice bolita.

Él y sus manos derechas y me patearon por un buen rato.

Uno de ellos sacó un bat de una de las camionetas y me destrozó las piernas con él.

Por suerte yo estaba tan pedo que apenas y lo sentí.

Es más apenas y me acuerdo de eso.

Pero lo que no se me olvida es que no pude caminar por tres meses, y eso que yo aprendí magia de curación y me curaba todos los días para volver a la pandilla lo antes posible.

Yo nomás quería que todos me llamaran Dark.

Y cuando volví también fui uno de esos mamoncitos que se emputaban si no les decían por su apodo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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