Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 XXII
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22: XXII 22: XXII Pero bueno, me dirás, ya fue mucha pandilla y mucho crimen.
Mejor cuéntame qué pasó después con tus vacaciones con Katya.
Pues no mucho, te diré, nomás nos estaban persiguiendo varias patrullas.
Yo manejaba lo más rápido que podía y a veces les aventaba magia para sacármelos de encima.
Ellos también nos disparaban.
Katya estaba en el asiento del copiloto, tenía los ojos cerrados y abrazaba unas bolsas de dinero.
Yo destruía una patrulla y llegaban varias más.
No pasó mucho tiempo para que llegaran las fuerzas especiales, pendejos que se creen mucho por usar una magia bien culera.
Ellos me valían verga, pero el pedo era que si llegaban ellos no podían conmigo, lo más seguro era que llamaran al héroe de ese lugar y a su equipo, y ellos no me iban a dejar escaparme con Katya tan fácil.
Y yo les podía partir la madre a todos ellos, pero si atrapaban a Katya, todo eso del poder de la amistad se iba a ir directito a la verga, por lo que tenía que tener un chingo cuidado.
De repente, las fuerzas especiales le dieron a una de las llantas del coche en el que íbamos, por lo que estaba a punto de perder el control y aparte los policías ya nos estaban alcanzando.
Katya abrazaba las bolsas de dinero con todas sus fuerzas, y había una gasolinera a un lado, así que di la vuelta hacia allá para estamparme y, justo antes de chocar, toqué a Katya, y nos teletransportamos lo más lejos que pude.
Era una calle que no conocía.
Varias personas se nos quedaron viendo por aparecer de la nada.
Y en ese momento se escuchó una explosión bastante lejos.
—Vámonos —le dije a Katya porque lo más seguro es que las fuerzas especiales se iban a dar cuenta de que no nos morimos en la explosión.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué pasó?
¿Y la policía?
—Nos teletransporté lejos de ahí —le dije.
Entonces la pinche malagradecida me empujó.
—Y ¿por qué no hiciste eso desde antes?
—De nada, pinche niña chiquiada —le dije, la toqué del hombro, y nos teletransportamos a otro lado.
La verdad no me teletransporté antes porque eso gasta mucha magia, aunque no te vayas muy lejos, y es muy fácil que termines sin magia si la usas mucho.
Por eso siempre trato de que sea mi última opción.
En fin, rentamos unos cuartos de hotel y nos juntamos para ver qué hacíamos después.
Cuando yo llegué a su cuarto, ella estaba en la cama con las bolsas de dinero.
Sacaba fajos de billetes y los aventaba en el aire.
—¿Qué?
¿Nunca habías visto tanto dinero junto?
—le pregunté.
Ella se me acercó con un fajo de billetes y me los empezó a aventar como si yo fuera una teibolera.
—Siempre usamos tarjetas —me dijo y agarró otro fajo de billetes.
Después se me acercó y fingió cachetearme con él—.
Te quiero comprar algo bonito para que ya no andes todo de negro.
Volteé hacia abajo y vi mi gabardina, mi camisa, mis pantalones, todo en negro.
En ese momento creía que se veía mamalón.
Corte a… llegamos a una tienda de ropa, Katya me escogió varias cosas y me dijo que me las probara.
Después de un rato yo salí del probador con unos pantalones cafés, una camisa blanca y unos tenis.
Me sentía como un pendejo.
—Pues para empezar está bien, pero quítate esa cosa —ella agarró el collar que yo traía, y yo le agarré la mano—.
¿Apoco te gusta?
Está bien feo.
Le di un golpecito en la frente con la punta del dedo.
—Ay —dijo ella y soltó el collar.
Me lo quité del cuello y me le quedé viendo por unos segundos.
Era el collar de Darius, el que siempre traía, con la misma calavera dorada que había visto desde el día en el que él me encontró en el edificio abandonado.
Pero bueno, me cambié, Katya hizo que me probara un chingo de ropa, me la compró toda y nos fuimos.
Yo estaba casi seguro de que el guardia de seguridad de la entrada nos iba a parar para checar que no nos hubiéramos robado nada, pero no, nomás me vio y asintió con la cabeza.
Caminamos por el centro comercial, y yo miraba a todos lados casi seguro de que en cualquier momento un policía, un guardia de seguridad, alguien nos reconociera.
Habíamos robado un banco hace muy poco, lo más seguro es que la policía ya nos estaba buscando.
Aparte yo sé cómo me veo, cómo mi cara de emputado y mi piel oscura no inspiran la confianza de los policías y guardias de seguridad.
Yo estaba seguro de que me vigilaban.
De la nada, Katya se puso bien loca y me agarró del parche y trató de ponérmelo en el otro ojo.
Yo le agarré la mano y me la quité.
—¿Qué pedo contigo?
—le dije.
—Pues tú ya deja de ver viejas, mañoso.
—¿Cuáles viejas?
Pinche niña chiquiada… —yo chequé que nadie nos estuviera viendo, pero Katya me agarró de la cara y la puso frente a la suya.
—Mejor vamos al cine para que ya no andes de mañoso.
Chequé que nadie nos estuviera viendo, aunque el guardia de seguridad de enfrente me veía.
Ella se dio cuenta y se le acercó.
—Él robó un banco.
Arréstelo —la hija de la chingada le dijo.
—Cállate, te va a creer —le dije, pero el guardia nomás se rio.
—Vámonos —ella me agarró del brazo y me llevó al cine.
Ahí compró palomitas y chingadera y media, y nos metimos a la sala.
Ahí todo estaba muy oscuro, y yo no dejaba de ver la entrada porque en cualquier momento iban a llegar los policías porque ya habíamos llamado un chingo la atención y la policía nos estaba buscando.
También vi a la gente que estaba en la sala, pero todos estaban bien distraídos con la película.
Se reían como si no tuvieran ningún pedo en el mundo, como si nadie los estuviera buscando ni los quisiera matar.
Ya ni me acuerdo cómo se siente eso.
Pero así es esto en el mundo del crimen: si te duermes, te mueres.
Al final ningún policía llegó.
Salimos del cine y ella de repente se fue y llegó con dos helados.
—Ten —me dijo y me dio uno.
—No mames —le dije y no agarré el helado—, ni que tuviera cinco años.
Y tú también ya estás grandecita para andarte comiendo esas mamadas.
—Entonces los voy a tirar —dijo y se fue a donde estaba un bote de basura.
—La comida no se tira —le dije y la seguí—.
Como tú nunca has pasado hambre, ¿verdad?
—Pues si no lo quieres va a la basura.
Lo quieres o no.
Al final agarré el helado.
Ya se estaba derritiendo, así que lo probé.
¿Me creerías si te dijera que nunca antes me había comido uno?
No sabes lo que yo hubiera dado de niño para que mi papá me hubiera comprado uno, pero él apenas y me compraba putos zapatos.
Y cuando ya me ganaba mi dinero en la pandilla nunca me compré uno porque no hay forma de comértelo en la que no te veas como un pendejo, ahí todo manchado.
Y aparte el helado era para niños, y si alguien de la pandilla me veía con uno de seguro se iban a burlar de mí.
Me lo traté de comer muy rápido para que nadie me viera, pero de repente me empezó a doler la cabeza.
Katya se rio.
—Te lo tienes que comer despacio —me dijo.
Y yo me lo empecé a comer así, pues, pero la hija de la chingada me agarró la mano y me la movió para que me manchara la cara y me viera como todo un pendejo.
Katya se rio otra vez.
—No, pues sí te gustó, ¿verdad?
Yo me le acerqué para regresársela, pero ella gritó como una niña y salió corriendo.
Ahora sí los policías, los guardias, la gente, todos nos estaban viendo, y si no me reconocieron como el que se robó un banco, de seguro me vieron como un pendejo que ni se puede comer un helado sin mancharse toda la puta cara.
Entonces me limpié la cara, me acabé mi helado y le dije a Katya que ya no le iba a hacer nada, hasta levanté las manos.
Ella se me acercó poquito a poquito y me veía como si sospechara de mí, pero lo que ella no sabía era que yo no necesitaba tocarla para chingarla, así que, cuando ella se comió su helado, yo usé un poco de magia para controlar su brazo y se lo moví de repente.
Ella acabó con la boca toda embarrada.
Pero nomás se rio y se me acercó para mancharme ahí y empezamos a forcejear, y la gente se rio y se fue.
Después de un tiempo nos fuimos de ahí.
Estábamos en el estacionamiento y mientras ella pedía un coche que nos regresara al hotel, yo metí la mano al bolsillo para sacar mi teléfono, pero me encontré con el pendiente de Darius.
Lo saqué y me le quedé viendo.
Y al final lo tiré a la basura.
Yo ya no necesitaba nada de ese cabrón.
Llegó el coche y nos fuimos.
En ese momento sentí varias auras muy pequeñas, así que volteé hacia donde estaban y me encontré con varios chavillos dentro de un coche.
Estaban estacionados en medio de la nada, y de seguro vigilaban a alguien.
No nos vigilaban a nosotros, que era lo único que me importaba.
Pero verlos así me trajo recuerdos.
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