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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 23

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Capítulo 23: XXIII

El miedo y el respeto son cosas muy diferentes.

Hace mucho estábamos yo y mi equipo vigilando a un líder de los contras. Ni me acuerdo cómo se llamaba su pandilla. Vivían en una ciudad cerca de nuestro pueblo jodido, y nosotros fuimos ahí. Él se pasó todo el día en un centro comercial con su familia, y nosotros nos quedamos en el estacionamiento, encerrados en la camioneta y lo vigilábamos de lejos.

—Pinche riquillo de cagada —dijo uno de los payasos de mi equipo, y la verdad todos pensábamos lo mismo. Él y su familia se daban el lujo de pasar el día como una familia normal paseando, comiendo en lado, yendo al cine, mientras que ninguno de nosotros había vivido eso, como si no lo mereciéramos, como si fuéramos menos que él y su familia.

Por eso nos cagaba tanto verlos vivir lo que nosotros nunca vivimos.

—Diles las chingaderas que tuviste que hacer para comprarles ese helado —dijo otro payaso, y todos ellos decían pendejadas como:

—Si eres igual a nosotros, cabrón.

O:

—Y la puta de su esposa nomás anda con él por el dinero.

O:

—Yo sí le doy.

De repente, el hijo tiró su helado y se puso a hacer berrinche quién sabe por qué. Los payasos no se lo perdonaron:

—Pinche malagradecido.

—Lo que yo hubiera dado a tu edad por tener lo que tú tienes, y tú ni lo valoras, pendejo.

—¿Tener qué? ¿Un papá?

—Pues que le diga a su mamá que le haga una lista de todos sus posibles papás.

—No, pos ahí sale medio mundo.

—Hasta salgo yo ahí.

—Pues no conoceré a mi papá, pero mínimo no me pegaba como a ti.

—Qué me iba a andar pegando. Yo le pegaba a él.

—Ay sí, ¿Quién te crees? ¿Dark?

—A ver, payasos —les dije para que ya se callaran—. Se les están yendo.

El líder y su familia se metieron a su coche y se fueron. Una camioneta con su escolta los siguió. Nomás eran tres cabrones para no llamar la atención, y ninguno se dio cuenta de que los seguimos hasta la casa de su líder.

Esperamos hasta la madrugada para entrar en su casa.

Todos los payasos de mi equipo eran prácticamente niños, o al menos todos eran más jóvenes que yo. Algunos de ellos fumaban y tomaban para relajarse y para pasar el rato, porque ya llevábamos varias horas ahí.

Pero por esas pendejadas siempre dejaban la camioneta oliendo a puta mierda.

—A ver, payasos —les dije—. Prepárense que ya es hora.

Vi cómo algunos agarraron sus armas y rezaron, otros siguieron fumando y tomando, y la mayoría inhalaba o se inyectaba chingadera y media, y lo entiendo muy bien: tenían miedo. Todos sabíamos que lo más seguro es que alguno de nosotros iba a morir porque casi siempre moría gente en las misiones. Eso es lo que nos tocaba vivir. Teníamos la ventaja porque ellos no nos estaban esperando, pero una bala perdida, un descuido eran más que suficiente para matar a alguien.

—Nos la van a pelar, nos la van a pelar —decía una para darse confianza.

—Yo puedo solo con todos —decía otro.

—Ahora sí me voy a dar a respetar —dijo el último de los tres.

Salimos de la camioneta y nos acercamos a la casa del jefe. Junté un poco de magia en mi mano y se la aventé al escolta que vigilaba la puerta principal. Ese pendejo ni se dio cuenta y nomás se cayó muerto. Corrimos hacia la puerta, yo destruí la cerradura con un hechizo y entramos. La casa era muy grande y de dos pisos. Nos dividimos en dos grupos; yo y un payaso nos subimos al piso de arriba para buscar al líder y a su familia, y los otros dos payasos se quedaron en el piso de abajo y buscaron a los otros escoltas.

Apenas subimos las escaleras, oímos disparos. Un escolta salió de un cuarto frente a nosotros, y yo le aventé un hechizo antes de que él nos disparara. En uno de los cuartos que había en frente oímos al hijo llorando.

—Tú ve por él; yo voy por el líder —le dije, y él se metió a ese cuarto. Yo me cubrí con un escudo de magia y abrí la puerta del cuarto de al lado. En ese momento, el líder me disparó hasta que se quedó sin balas, y antes de que pudiera recargar, yo le aventé un hechizo en el hombro que lo tiró al piso e hizo que soltara su pistola.

Él se arrastró para volverla a agarrar, pero yo hice un hechizo que lo agarró del cuello y lo levantó en el aire.

—Dile a tu esposa que salga del baño —le dije porque podía sentir un aura muy, muy débil escondida ahí—. Y dile que, si intenta algo, matamos al niño.

Entonces se abrió una puerta que había al lado de la cama, y de ella salió la esposa con las manos levantadas; en una de ellas tenía una pistola que soltó y que pateó hacia mí.

En el piso de abajo se oyeron más disparos y pisadas en las escaleras.

—Si escapas, matamos al niño —le dije a la esposa y salí del cuarto. En ese momento iban subiendo tres guardaespaldas que nomás me vieron me trataron de disparar, pero yo les aventé un hechizo tan poderoso que los mató a los tres.

Regresé al cuarto, y la esposa seguía ahí, con las manos en el aire. Temblaba de miedo. Aún tenía al líder flotando en el aire por mi hechizo.

En ese momento entró el payaso al que le dije que fuera por el niño, y lo traía arrastrando. El niño vio a su mamá y corrió hacia ella.

—Vámonos —les dije. La mamá cargó al niño y salimos del cuarto. En el piso de abajo alguien estaba gritando y, cuando bajamos, vimos que un payaso y un guardaespaldas estaban muertos, El otro payaso gritaba; estaba tirado en el suelo y se agarraba la panza, de donde le salía un montón de sangre.

—Me muero —gritaba—. Ayúdenme.

Yo me le acerqué y le aventé un hechizo que lo mató luego luego; él hacía mucho ruido que podía alertar a los vecinos, a la policía o a más guardaespaldas. Además, lo más seguro era que el líder había llamado refuerzos, por lo que nos teníamos que ir lo más pronto posible, y ese payaso nomás iba hacer que fuéramos más lento.

Muerto nos servía más que vivo.

Salimos de la casa, metimos al líder y a su familia a la camioneta, los amarramos muy bien de pies y manos, les tapamos la cabeza y nos los llevamos a una de las casas de seguridad de Darius. Los amarramos cada uno a una silla y los torturamos a todos. Sí, hasta al niño.

El líder gritaba, pero no decía nada, nomás agachaba la cabeza para no ver lo que le hacíamos a los demás.

La mamá lloraba y nos rogaba que dejáramos al niño.

Y el niño lloraba y gritaba con todas sus fuerzas.

Y la verdad nosotros lo disfrutamos mucho.

Yo torturé al líder para sacarle toda la información que podía. Yo siempre usaba un hechizo que transformaba las cosas, y con él convertía una almohada en una bola llena de picos con los que le rasgaba y arrancaba la piel a quien fuera que estaba torturando. Apenas veían cómo se les caía la piel a pedazos, se me desesperaban y me preguntaban que qué quería saber, pero yo nunca les preguntaba nada, nomás los seguía torturando hasta que ellos me decían todo lo que sabían de todo.

Al final ellos siempre sufrían tanto que me suplicaban que los matara de una vez, y no había nada que disfrutara más. Me gustaba tanto verlos humillándose ante mí. Me sentía tan poderoso e invencible que los seguía torturando hasta que ellos se acababan muriendo.

Yo sentía que al torturarlos me estaba dando a respetar, hacía que gente tan importante como ellos y los de mi propia pandilla me respetaran por lo cabrón que era yo.

Qué pendejo estaba.

Nadie respeta a ninguna pandilla, a ningún criminal.

Nos tienen miedo, y eso es muy diferente. Si ellos nos suplicaban era por miedo a morir, si la gente en la calle agachaba la cabeza cuando nos veía o nos regalaban cosas o se hacían a un lado era por miedo, no por respeto. Ellos no nos respetaban. Si nosotros desaparecíamos de un día a otro, ellos no podrían estar más felices.

Y ni siquiera los de nuestra propia pandilla nos respetaban, nos temían porque al que no le tenían miedo lo traicionaban.

Nadie nos respetaba, aunque creíamos que sí.

Pero los que más teníamos miedo éramos nosotros mismos. Teníamos miedo a que nos traicionaran, a que los contras nos encontraran, a que nos agarrara la policía, a que no sobreviviéramos la misión.

Nosotros teníamos miedo siempre, y por eso disfrutábamos tanto cuando hacíamos que los demás nos tuvieran miedo.

—¡¿De qué te sirvió tanta pinche cuna de oro, pendejo?! —el payaso que había sobrevivido le gritaba al niño mientras lo torturaba.

—¡Esto te pasa por andar de pinche puta! —él también le gritaba a la mamá.

—¡Rían! ¡¿Por qué no ríen?! ¡Hay que celebrar! —gritaba, y yo también había torturado a mucha gente así cuando tenía su edad, y lo había disfrutado tanto como él.

Sabíamos que después de torturarlos, cuando los colgáramos en algún poste de luz o semáforo para mandarles un mensaje a todos de lo que pasaba si se metían con los payasos, el miedo iba a volver, el miedo a que los otros miembros de esa pandilla nos encontraran en ese momento y tomaran represalias contra nosotros, que o que nos encontraran y nos torturaran como nosotros habíamos torturado a su líder.

Esa alegría siempre nos duraba demasiado poco.

Y el miedo siempre regresaba.

El que se duerme, se muere.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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