Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 24
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Capítulo 24: XXIV
Me veía en un espejo. Traía puesto un traje negro que Katya me había regalado. Me veía muy bien con él, pero me sentía bien incómodo usándolo porque apenas y me podía mover en él.
Entonces Katya entró a mi cuarto.
—¡¡Ay, que guaaaaaapo!! —ella se me acercó y se me puso justo a la izquierda, justo donde no la podía ver porque solo tengo el ojo derecho.
—Ahora ¿tú qué traes? —le dije y me volteé a la izquierda para verla, pero ella me rodeó para que no la viera. Reía—. No te burles, culera.
—Pero si te ves muy bien —me dijo—. Ya hasta pareces alguien decente.
—Parezco mesero.
—Ay, claro que no —dijo ella—. Los meseros no usan saco.
—Cállate, pinche niña chiquiada —le dije y me volteé, pero ahora ella no me rodeó, así que la vi. Ella traía un vestido de noche negro con lunares blancos y estaba muy peinada y maquillada. Se veía increíble.
—¿Te gusta? —me preguntó y me modeló su vestido—. Mira: trae bolsillos. Y ten —me dio un pañuelo negro con lunares blancos—. Para que combines conmigo, y trae abundancia.
—¿Apoco tú crees esas mamadas? —le pregunté porque siempre se me hicieron bien pendejos los rituales de año nuevo.
—La magia existe; tú usas magia.
—Sí, pero estas son pendejadas —le dije porque ¿cómo quería comparar mi poder con pinches rituales pendejos?
—Pues yo siempre las hago y me va muy bien —ella sacó su teléfono—. Y aparte hay muchísimos rituales. Más de uno tiene que servir. Mira: está el de romper platos, usar calzones rojos o amarillos (los rojos atraen el amor, y tú de seguro traes de esos, ¿verdad, mañoso?), ver los fuegos artificiales, colgar cebollas, dar un beso, cenar lentejas, esconderte debajo de una mesa, estrenar ropa (por eso te compré el traje), comer doce uvas.
—¿Doce?
—Sí —ella sacó de su bolso dos paquetes de uvas envueltas en bolsas de plástico—, es una por cada campanada.
—¿No son muchas uvas? —le pregunté.
—Pues más deseos. Mínimo uno sí se cumple.
Pero bueno, fuimos al pent-house del hotel porque ahí teníamos una reservación para la fiesta de año nuevo.
Llegamos, nos sentamos en nuestros lugares, y en frente nos tocaron unos señores ya grandes, como de unos 60 o 70 años.
El hijo de la chingada del señor se me quedaba viendo el parche y sonreía. De seguro se estaba burlando de mí el culero. Yo quería que me dijera algo para partirle su reputísima madre al cabrón, pero le faltaron huevos y nomás me miraba.
O a lo mejor no me decía nada porque de seguro no hablaba español.
La señora sonreía y trataba de no verme el parche.
Mínimo ella sí tenía tantita madre, no como el pendejo de su esposo. Me cayó bien la señora.
Katya me dio un empujoncito.
—Ya deja de ver a la señora, mañoso. Se nota que te pusiste calzones rojos.
—Cállese —le dije y le regresé el empujoncito.
No pasó mucho tiempo para que llegaran los meseros y nos sirvieran de esas cenas mamonas de a tres o cuatro tiempos, que te dan una pinche rodajita de pan que ni está tan buena y la cobran como oro.
—Ay, no dieron lentejas —se lamentó Katya.
Comimos y luego nos quedamos platicando. Pero yo a veces miraba para todos lados por si había un policía, un traidor, un contra, un alguien que nos estuviera buscando.
—Nomás andas viendo a quién te vas a coger, ¿verdad, mañoso? —me dijo Katya luego luego—. Ya hasta andas buscando a la señora.
No pasó mucho tiempo para que varios de los trabajadores del hotel nos repartieran sombreros, lentes de cartón, sopladores de fiesta y cosas así.
—十!… 九!… 八! —no sé qué gritaban, pero yo creo que empezaron a contar, y varios se fueron a la terraza para ver los fuegos artificiales. Katya me agarró de la mano y me llevó allá. Estábamos tan alto que se veía toda la ciudad, con sus montones de edificios y anuncios luminosos con esas letras raras que no entendía—. 二!… 一!… 明けましておめでとうございます! —en ese momento un montón de fuegos artificiales tronaron en todo el cielo. Será porque andábamos en el pent-house de un edificio muy alto, pero nunca había visto fuegos artificiales tan de cerca. Sonaban casi como balazos, así que miré a todos lados porque ese era el momento perfecto para dispararle a alguien sin que se escuche. Pero no, ahí nadie pensaba en otra cosa que no fuera en celebrar.
De repente Katya me agarró de la cara y me besó.
—Feliz año nuevo —me dijo después de soltarme, y yo me saqué de pedo. La veía a ella, oía los fuegos artificiales, las campanadas…
—¿Y tus uvas? —le pregunté.
—¡Las uvas! —gritó ella, sacó las bolsas de uvas, me dio la mía y se empezó a comer las suyas lo más rápido que podía.
Yo miré para todos lados por si llegaba la policía o alguien nos vigilaba o algo, pero nomás vi a parejas abrazándose, amigos riendo, los dos viejitos esos agarrados de la mano. Todos disfrutaban del momento sin preocuparse de contras, de policías, de pendejadas.
Me acuerdo muy bien que en ese momento pensé: “Ojalá algún día pueda vivir así”.
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