Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 III
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3: III 3: III Después de varias peleas con los contras y con aliados, me puse a pensar y se me ocurrió que a lo mejor la cárcel no era el mejor lugar para hacer amigos.
Era de noche.
Yo estaba en mi celda, hojeando un nuevo libro de magia.
Había hechizos de control mental, combustión espontánea, amarres, nada que no supiera hacer.
Dejé el libro a un lado y chequé la hora en mi teléfono.
2:55 A.M.
Ya casi era hora.
—Oye, tú, pendejo —llamé al inocente.
—Dígame, Patrón —él ya era todo un miembro de la pandilla, con la cara pintada de calavera y la ropa negra.
—Ya me voy.
Te encargo la cárcel.
Este es territorio de Muerte y quiero que así sigan las cosas.
Si alguien se rebela, primero lo torturas y luego lo matas.
Nadie debe perdernos el respeto.
—Sí, Patrón —me dice—.
Pero ¿cómo que ya se va?
¿Lo van a liberar?
—Sí, pendejo —le respondo—, porque mi sentencia era nomás de 2 semanas.
Obvio que me voy a escapar, cabrón.
—Sí, Patrón.
Disculpe.
Bueno, chequé el reloj de mi teléfono otra vez.
2:58 A.M.
—Oye —le dije antes de irme—, ahorita que me acuerdo, a ti nunca te puse un apodo, ¿verdad?
—No, Patrón.
Pero yo me llamo… —No le digas tu nombre a nadie, pendejo —le dije—.
Si alguien sabe tu nombre, puede rastrear a tu familia; por eso en las pandillas usamos apodos, y tú ya te ganaste el tuyo.
Tú vas a ser… Skull.
Dile a los demás que yo dije que tú eres Skull.
—Sí, Patrón.
Gracias, Patrón —me dijo Skull.
De repente, todas las luces de la cárcel se apagaron, y varios reos se pusieron a gritar.
—¡Oigan, prendan las luces!
—¡Aléjate de mí, cabrón!
—¡Ya te cargó la verga, hijo de la chingada!
Y era de esperarse que se pusieran nerviosos, porque los apagones como estos no son tan raros en la cárcel, y cuando pasan casi siempre aparece uno que otro muerto.
La verdad, nada más conveniente que un apagón para matar a alguien; digo, nadie te va a ver hacerlo porque todo está oscuro, y las cámaras no te van a grabar porque están apagadas.
¿Qué más puedes pedir?
Aunque yo no planeé ese apagón para eso.
En ese momento llegaron varios policías y me rodearon.
—Póngase esto, Patrón —me dijo uno y me dio un uniforme igual al de ellos.
Me cambié y les di mi ropa—.
Vámonos.
—Nos vemos, Skull —le dije—.
Y ponte vivo porque contras y traidores te pueden matar cualquier día a cualquier hora.
Ya nunca vas a poder dormir.
Suerte.
Salí de mi celda rodeado de policías, y caminamos por los pasillos.
Todo seguía oscuro, y era el momento perfecto para que alguien tratara de matarme.
Pero no.
Nadie se me acercó ni nada.
Qué pocos huevos.
En fin, salimos de la cárcel y fuimos al estacionamiento.
Ahí estaban patrullas, grúas y una de mis camionetas blindadas.
—Pues que le vaya bien, Patrón —uno de los policías me dio las llaves de la camioneta y otro puso mi ropa en la cajuela—.
Cualquier cosa que necesite, aquí estamos nosotros.
—Antes de que se vaya —dijo algún otro policía—, ¿se quiere llevar la armadura XyzqvqzyX?
—Déjala ahí en la bodega con mis cosas —le dije.
Si ya iba a tener el poder de la amistad, ¿para qué me llevaba esa chingadera?—.
Pero que nadie la agarre.
Entonces me subí a mi camioneta y me fui.
Así de fácil.
Los policías hasta me dijeron “adiós” con la mano.
No sé por qué la gente cree que escapar de la cárcel es difícil.
Solo tienes que pagarle a la policía y ya.
En fin, mi plan en ese momento era muy simple: ¿para qué hacer nuevos amigos si yo de niño ya tenía varios?
Solo tenía que encontrarlos y ya, y para hacer eso tenía que regresar a Villa Miseria, el pueblucho culero que me vio nacer, y además de culero era peligroso, tanto que ni la policía se atrevía a entrar.
Así que manejé un buen rato por la carretera.
Me detuve en alguna gasolinera en medio de la nada, compré comida para el camino y me fui.
Manejé por toda la noche y mientras pensaba en ese pueblo, en mi familia, mis amigos y también me acordé de una vez cuando era un niño de unos cinco o seis años.
Era ya la tarde.
Yo pasaba por el parque, y un niño rico que estaba ahí me vio y me dijo que jugara con él.
No sé qué hacía un niño rico en ese pueblo culero, pero ahí estaba él.
Hasta me prestó de sus juguetes porque obvio yo no tenía ninguno.
El caso es que empezamos a jugar, pero de repente se acercó su papá y le dijo al niño que ya se iban a ir.
Yo le regresé los juguetes que él me había prestado, y nos dijimos “adiós”.
El papá se acercó y lo primero que le dijo al niño fue: —¿Sí son todos tus juguetes?
El niño le dijo que sí, y el cabrón le insistió.
—¿Seguro?
Chécale bien.
Hijo de la chingada.
Nomás porque me vio con camisa sucia, zapatos agujereados y dientes de plata me creyó ratero.
Si me hubiera querido robar un juguete, ¿dónde lo guardaba, pendejo?
Las bolsas de mi pantalón estaban rotas.
El niño le dijo que sí, que traía todos sus juguetes y se subió a la camioneta carísima de su papá.
Yo me acerqué al señor y le pregunté cuándo iban a regresar porque quería volver a jugar con ese niño, pero ni siquiera me miró ese hijo de la chingada.
Solo se metió a su coche y se fue, como si yo no hubiera estado ahí.
Y ¿sabes lo que más me caga de la gente como él?
Que tienen la cara más madreable del mundo.
¿Por qué esos pendejazos son los que dominan el mundo, los que tienen la vida resuelta desde que nacen?
Pero, bueno.
Después de un rato llegué a mi pueblo, Villa Miseria.
Amanecía.
Recorrí las calles y vi edificios abandonados, gente drogada o drogándose, camionetas blindadas, camionetas baleadas, niños armados.
Todo era exactamente igual a como lo recordaba.
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