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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 4

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4: IV 4: IV Manejé por un rato, y ya andaba por punta de la chingada.

Iba por un camino de terracería, y a los lados había puros matorrales, quién sabe cuántos animales escondidos ahí en la hierba y unas cuantas casas abandonadas.

La última estaba toda quemada, con los vidrios destrozados, las paredes negras, negras y toda grafitada.

De seguro había varios vagos ahí dentro.

Ahí yo vivía de niño.

Éramos yo y mis papás.

A mí siempre se me hacía raro que fuéramos tan pocos, porque todas las familias que conocía eran de por lo menos doce personas.

Eran los papás, los hijos, los tíos, los abuelos, el novio que embarazó a la hija y alguno que otro colado.

Ni entre todos podían mantenerse, pero aun así tenían hijos a lo pendejo.

A lo mejor no conocían los condones los hijos de su puta madre, y a lo mejor mi papá sí, aunque yo creo que ni él se cogía a mi mamá.

Pero qué bueno que nomás éramos tres porque si no hubiéramos tenido que compartir nuestra pinche pobreza, y era una pobreza muy rara porque mi papá trabajaba más que nadie y nomás no salíamos de la miseria.

Imagínate: se iba a trabajar y no regresaba como en seis meses.

Él siempre fue así de raro.

Una vez, cuando tenía unos siete años, él decidió aparecerse en la casa, y yo aproveché para enseñarle mis calificaciones.

Puros nueves y dieces.

Y tú dirás: “De seguro se puso contento porque su hijo le echa ganas”.

No.

Hasta se enojó.

—Ya andas de presumido tú —me dijo—.

Las calificaciones no dan de comer.

Lo que importa es el trabajo.

Yo siempre reprobaba, y si no fuera por mí, ustedes —o sea, mi mamá y yo— vivirían en la puta calle.

Y el regaño no acabó ahí: —El día que mantengas esta casa, cabrón, ya presumes todo lo que quieras.

Presume tu trabajo, tu dinero, no pinches numeritos pendejos —y me rompió la boleta con mis calificaciones.

Pero eso no fue lo peor.

Yo le hice caso y dejé de echarle ganas a la escuela.

Nomás sacaba puros cincos y seises.

Entonces cuando él volvió después de casi un año, mi mamá, la muy pinche chismosa, le dijo.

Y sí, él se enojó otra vez conmigo.

—Cabrón, estudiar es tu única chamba, y ni eso puedes hacer.

Si desde ahorita ya andas valiendo verga en la vida, ¿qué puedo esperar de ti?

Nada le parecía al cabrón.

Como si él nomás anduviera buscando excusas para enojarse.

Como te dije, yo andaba manejando y pronto llegué a donde quería ir, el cementerio.

Caminé por las tumbas y de repente me acordé de una vez en la que yo tenía unos ocho años.

Estaba en mi cuarto jugando (o creo que ya empezaba a aprender magia.

Ni un pinche hechizo podía hacer, pero andaba de terco) y oía cómo se peleaban mis papás, como siempre.

De repente mi papá entró a mi cuarto y me agarró una pierna para verme el zapato.

Esos zapatos los había tenido desde los cinco años, creo, y pues ya solo me los podía poner porque sacaba los dedos por los hoyos que tenían.

Nomás los usaba porque no tenía otros, aunque siempre me acababa doliendo el pie, y más por el hoyote que tenía en la suela.

A veces me sangraba el pie si caminaba mucho, pero yo me acostumbré a caminar con los talones para que así no me calara tanto.

—Vente —me dijo mi papá—.

Te voy a comprar zapatos.

Nos subimos a su coche.

No sé de qué marca era, pero era para cuatro personas.

Parecía nuevo y siempre lo tenía muy limpio, de eso sí me acuerdo.

Hasta el colgaba en el retrovisor uno de esos perfumes con forma de pino.

En fin, nos subimos a su coche y fuimos al mercado.

Había puestos de fruta, pollerías y uno donde vendía de esos carritos chiquitos que luego la gente colecciona.

Me acuerdo de que estaban en $5.

Pasamos por ahí, y yo le pregunté a mi papá si me compraba uno.

Sabía que me iba a decir que no, pero no perdía nada por preguntar.

—Y ¿de dónde crees que voy a sacar ese dinero?

—me dijo lo mismo de siempre—.

Si lo de tus pinches zapatos no lo tenía contemplado.

A ver cómo le hacemos para comer, y todavía tu mamá quiere que te compre camisas.

Pinche vieja loca.

Ya ni le insistí.

Seguimos hasta donde vendían zapatos y entramos al primer local.

—¿Cuáles son los más zapatos baratos que tiene?

—mi papá le preguntó, y el vendedor le enseñó los más culeros que tenía y le dijo el precio.

No me acuerdo en cuánto estaban, pero eran zapatos del mercado, estaban baratos.

Aun así, mi papá le preguntó:  —¿Cuánto es lo menos?

—Ya es lo menos, patrón —le dijo el vendedor, pero a mi papá le valió verga y le ofreció menos de la mitad.

El vendedor nos terminó corriendo de ahí, y fuimos al local de al lado.

Pasó lo mismo.

Fuimos a todos los locales, y siempre pasó lo mismo.

Pero después mi papá regresó al primer local.

—¿En cuánto estaban los zapatos?

El vendedor le dio el mismo precio de antes, digamos $100.

—Y ¿son los más baratos que tiene?

—Que sí.

—Me los llevo, pues —dijo mi papá y después de dijo a mí—: Siéntate.

Me senté en un banquito que ahí tenían, y él me quitó los zapatos.

—¿Son para el niño?

—preguntó el vendedor—.

No le van a quedar —y tenía toda la razón; esos eran zapatos de adulto.

—¿Cuáles son los más baratos que tiene de niño, pues?

—preguntó mi papá.

—Estos —el vendedor le enseñó unos que estaban en digamos $200.

—Sí le quedan los de $100 —dijo el pinche terco de mi papá—, nomás tráigame papel periódico.

El vendedor entonces nos dio un montón de ese papel con el que rellenan los zapatos para que no se deformen, y mi papá lo retacó todo en los zapatos.

—Póntelos —me dijo, y yo me los puse.

Pues no se me salían cuando caminaba, pero los sentía raros, como aletas de buzo, y filo de atrás me rozaba los talones cuando caminaba.

No le dije nada para no hacerlo enojar.

Mi papá entonces sacó su cartera y aquí pasó lo más raro de todo.

Tú pensarás que él tenía una cartera rota y decolorada, con papeles viejos y solo un billete, pero no, su cartera era nueva y apenas se podía doblar por todos los billetes que traía.

Él sacó uno sin mirar, y era de $1,000, de eso sí me acuerdo bien.

Se lo dio al vendedor y este se le quedó viendo como si le dijera “hijo de la chingada, podías comprarle los de $200 al niño y le diste las chingaderas que ni le quedan”.

Y yo creo que mi papá entendió esa mirada porque luego luego le dijo:  —Pues es que ya ve cómo crecen los niños bien rápido.

¿Para qué le compro zapatos de su talla si al rato ni le van a quedar?

Mejor le compro unos que le duren un buen rato.

El caso es que el vendedor le dio su cambio, y nos fuimos de ahí.

Pasamos otra vez por la tienda que vendía esos carritos de juguete, y yo le pregunté otra vez si me compraba uno.

—Te acabo de comprar zapatos, y ¿ya quieres más cosas?

—se enojó como siempre—.

Y aparte ¿de dónde crees que voy a sacar ese dinero?

—Solo valen $5, y has de tener unos $10,000 o más en la cartera —yo solo le dije eso porque de verdad no entendía cómo alguien que tenía tanto dinero se enojaba por $5—.

Eso no es ni el 1% de lo que tienes.

Como dije, él nomás andaba buscando excusas para enojarse.

Pudo haberme comprado el cochecito y ya, pudo decirme “no te voy a comprar nada” y ya.

Pero no.

Decidió hacerla de pedo.

—¡¿Se te hace poco?!

—me gritó.

Obvio todos los que estaban en el mercado se acercaron para ver cómo un adulto le gritaba a un niño—.

¡¿Se te hace poco lo que ya te doy?!

Pinche malagradecido.

Saliste igual a tu madre.

Todo lo que tienen es por mí, y se les hace poco.

No llores, pendejo, no llores.

Bien que tienes huevos para exigir, ¿verdad?, hijo de tu reputísima madre.

Él se salió del mercado y se metió en su coche.

Yo lo seguí y traté de abrir la puerta del copiloto, pero el muy cabrón la tenía cerrada con seguro.

Bajó la ventana y me dijo: —Y para que aprendas a valorar todo lo que te doy, cabrón, a ver cómo te regresas a mi casa porque este coche es mío, y yo no tengo ninguna obligación de llevarte a ningún lado.

Y ya no llores, pendejo, porque si alguien tiene la culpa aquí es tu madre que no tiene ni para comprarte unos putos zapatos —dijo y le pisó a fondo.

Los pinches chismosos del mercado se regresaron a sus locales y me dejaron ahí.

¿Qué?

¿Piensas que es cruel que nadie me ayudara?

En ese pinche pueblucho jodido era muy común ver a algún niño abandonado en la calle (yo me la pasaba ahí casi todo el día).

Y ¿qué iban a hacer ellos?

¿Llevarme a mi casa?

¿Con qué coche?

¿O crees que debieron hablar a la policía?

Como te dije en el capítulo pasado, ese pueblo era tan peligroso que ni los policías se atrevían a entrar, y los pocos que había ahí eran peores que las pandillas.

¿Piensas que alguien debió defenderme cuando mi papá me gritaba?

Pues ¿en qué mundo vives?

Si te peleas con un desconocido no sabes si trae cohete (pistola, pues), y en mi pueblo eso pasaba a cada rato.

Todos lo sabían, y por eso nadie hacía nada.

En ese momento, lo único que podía hacer era regresarme caminando.

No pasaron ni dos cuadras para que me sangraran los talones porque rozaban con los zapatos.

Para no fregarme más, caminé un rato de puntitas y después agarré un poco del papel que estaba metido en la punta de los zapatos y puse un poco en la parte de atrás para que ya no me rozara tanto (o para ya no manchar de sangre).

Pero la verdad eso no ayudó tanto.

A medio camino me quité los zapatos y seguí así hasta mi casa.

Era mejor pisar piedras y bichos descalzo que chingarme los pies.

Cuando llegué a mi casa ya era de noche.

El coche de mi papá no estaba estacionado en frente, y eso no me sorprendió porque cuando mi papá se encabronaba conmigo o con mi mamá se iba a trabajar, y ya no lo veíamos en un buen rato (creo que ese coche ya no lo volví a ver porque traía uno diferente cuando regresó, casi un año después, y a partir de ahí era muy raro que regresara con el mismo coche).

Entré a mi casa, y mi mamá estaba, como siempre sentada en el sillón sin hacer nada.

Apenas me vio se me acercó y me abrazó muy fuerte.

—Ay, mijo.

¿Por qué haces que me preocupe tanto?

—me preguntó la hija de la chingada.

Estaba bien.

Gracias por preguntar.

Y si estabas tan preocupada, me pudiste buscar, pendeja.

—Es que tú también ya sabes cómo es —ella me dijo mientras me seguía abrazando—.

¿Para qué lo haces enojar?

Entonces ¿fue mi culpa, cabrona?

¿Fue mi culpa que tú lo anduvieras chingando para que me comprara unos zapatos más culeros que los que ya tenía?

¡Yo nunca te los pedí!

¡Por mí me hubiera quedado descalzo!

¡La que quería esos putos zapatos eras tú!

¡Si él nomás buscaba excusas para encabronarse, tú nomás buscabas excusas para chingar!

Mi papá siempre fue un pendejo, pero tenía razón en algo: tú eras una pinche malagradecida porque yo me acuerdo muy bien que él apenas arreglaba un problema y ya lo andabas chingando con que su hijo necesitaba ropa nueva o que tenía que comprarle libros y útiles a su hijo para el nuevo ciclo escolar o que su hijo necesitaba medicinas porque me enfermaba mucho, y él entonces se emperraba conmigo, y yo ni había hecho nada.

Con razón se desaparecía tanto tiempo.

Pero bueno.

Mientras pensaba y me enojaba por todo lo que viví de chiquito, yo estaba sentado sobre la tumba de la puta de mi mamá.

También me hubiera sentado y hasta meado en la del pendejo de mi papá, pero no tengo ni puta idea de dónde acabó él.

De repente, vi que llegaron varias camionetas blindadas, de ellas se bajaron varios hombres armados y pintados con la calavera de mi pandilla.

Me apuntaron y se acercaron un poco.

Yo esperaba que esos pendejos se atrevieran a dispararme para divertirme un poquito respondiéndoles la agresión.

Pero no.

Apenas me reconocieron, bajaron las armas.

—¡Qué milagro verlo por acá, Patrón!

—dijo uno de ellos—.

Nos hubiera avisado que venía para festejarle como se debe.

No reconocí a ninguno de ellos.

A lo mejor todos eran miembros que acababan de reclutar o a lo mejor eran contras que se habían vestido como miembros de mi pandilla para emboscarme (no era la primera vez que eso pasaba).

—A mí esas fiestas me valen madres —le dije porque sí, no le había avisado a nadie que iba a ir a mi pueblo—.

Y aparte les avisara o no se iban a enterar de que llegué por los halcones —los halcones eran gente de la pandilla que vigilaba puntos estratégicos del pueblo y alertaba a los demás si veía algo o a alguien sospechoso.

—Pues sí, Patrón, pero no sabíamos que era usted.

Ya casi le disparábamos.

—Pues lo hubieran hecho, a ver cómo acababan.

—No, Patrón.

A usted máximo respeto.

Pero véngase, ahorita le organizamos una bienvenida como se debe.

Le di las llaves de mi camioneta a uno de ellos y dejé que esos desconocidos me llevaran a donde quisieran.

Yo sabía que ellos podían llevarme con los contras, y entre todos podían tratar de matarme.

Pero hasta eso me sonaba más entretenido que ir a una pinche fiesta culera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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