Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Por fin el villano descubre el poder de la amistad
  4. Capítulo 5 - 5 V
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: V 5: V Al final no me emboscaron, y yo terminé en esa puta fiesta.

Llegamos a una de mis casas de seguridad, y ahí había comida, chupe, meseros, putas y una banda tocando en vivo.

Me sentía como si siguiera en la cárcel.

—Pásele, Patrón.

Bienvenido —dijo uno de mis hombres, y los meseros se me preguntaron si quería algo de tomar.

Yo les dije que no porque no tenía ganas y porque no me iba a tomar lo que me dieran unos desconocidos.

—Véngase, Patrón.

Aquí hay unas amigas que lo quieren conocer —dijo otro de mis hombres, sentado en un sillón y rodeado de un chingo de putas.

Unas doce, por lo menos.

Doce putas más diez meseros más los quince que formaban la banda en vivo, y todos ellos sabían de esta casa de seguridad.

—Como son pendejos —les dije—.

Se supone que nadie debe saber de nuestras casas de seguridad.

Si no fuéramos la única pandilla del pueblo los contras ya se hubieran enterado de este lugar y ya se los hubieran chingado a todos.

Valen verga.

Fui al segundo piso de la casa, y ahí había un pasillo muy largo con varias puertas.

Abrí una y entré a una bodega llena de los paquetes que distribuíamos.

No me acuerdo a quién le había encargado ese negocio, pero teníamos que hacer cuentas.

Abrí otra puerta y entré a la armería.

Pistolas, metralletas y hasta lanzagranadas teníamos.

Abrí otra, y ahí dentro había un hombre atado a una silla y con los ojos vendados.

Olía a miados y mierda, como los secuestrados siempre huelen.

—¿Hola?

—preguntó ese pendejo, y yo solo cerré la puerta y abrí otra.

Por fin encontré un cuarto normal, con todo y un baño completo; este apestaba a carne y sangre, pero eso era normal en una casa de seguridad.

Me senté frente al escritorio que había ahí y agarré un cuaderno y una pluma.

Arranqué una hoja de papel y traté de acordarme de mis amigos de cuando era niño; necesitaba sus nombres para dárselos a mi gente a ver si los podían encontrar, si seguían en este pueblo o si se habían ido a otro lado, pero apenas y me acordaba de sus caras.

Uno de ellos era ¿Paco Gómez?

¿Paco Gutiérrez?

¿Paco González?

De verdad no me acordaba.

De repente llegaron un montón de mis hombres y se sentaron en la cama.

—¿Cómo vio el pueblo, Patrón?

—me preguntó uno de ellos—.

Hace poquito se estaba formando otra pandilla, pero ya nos la chingamos.

—N’hombre, nos hubiera visto, Patrón —me dijo otro—.

Llegamos donde andaban ellos, los balaceamos a todos y nos fuimos.

Hubiera visto a esos pendejos: andaban festejando quién sabe qué.

Ni se imaginaban que íbamos a llegar ahí.

Cuando nos metimos a esa casa, ellos se nos quedaron viendo todos asustados, y nosotros los baleamos.

Ni tiempo tuvieron para suplicar por sus vidas.

Todos los que estaban ahí reían y brindaban por eso.

—Ya andan de presumidos —yo le dije, casi riéndome—.

Se creen mucho por matar a gente que ni se defendió.

Todos se callaron y me miraron confundidos.

—¿Qué tiene, Patrón?

—preguntó uno—.

Así siempre operamos, así ninguno de los nuestros muere.

—A ver, pendejo —le aclaré—.

Yo nuca dije que estaba mal operar así.

El pedo es que lo presuman.

¿O a poco se creen muy verga por dispararles a alguien desarmado?

Presuman cuando hagan una pandilla como Muerte, presuman cuando se chinguen a todas las otras.

Si en este pueblo domina Muerte es por mí, no porque ustedes balearon a unos cuantos pendejos… Ellos no se atrevieron a hacérmela de pedo.

Se quedaron callados y con la mirada baja.

Pendejos.

Se creen muy vergas, pero apenas alguien les dice algo, se cagan de miedo y no hacen nada.

De repente llegaron otros de mis hombres y me dijeron: —Patrón, le tenemos una sorpresa.

Y un montón de putas entraron y se me acercaron.

Las que estaban más cerca de mí me acariciaban los brazos, las piernas y hasta acomodan sus cabezas sobre mis hombros.

—¿Andas solito?

—me dijo una de ellas.

—Y ustedes, ¿qué?

—les pregunté—.

¿Quieren ser mis amigas?

—Podemos ser muy amistosas —dijo otra y me agarró la pierna.

Su mano empezó a subir y a subir, pero yo se la quité y la miré bien envergado.

—¿Qué chingados estás haciendo?

—le pregunté, y ella y las demás dejaron de sonreír y se cagaron de miedo.

Y qué bueno porque conmigo no se juega.

Le solté la mano y le sonreí.

—No se apuren.

Era un chiste nomás.

Ellas fingieron sonreír, pero seguían bien asustadas.

Yo me levanté y les dije: —Tomen todo lo que quieran, y que les paguen el doble de lo que les iban a pagar.

Salí de ese cuarto y traté de acordarme de los nombres de mis amigos, pero… ¿sabes qué era lo que más me cagaba de la perra de mi mamá?

Que ella me odiaba.

Un día llegué a mi casa como a media tarde.

Entré, y mi mamá estaba, como siempre, sentada en el sillón sin hacer nada.

Apenas me vio se me acercó y me abrazó muy fuerte.

—Ay, mijo.

¿Por qué siempre me dejas tan sola?

—me preguntó la hija de la chingada—.

Quién sabe cuándo vaya a regresar tu padre, y tú bien perdidote en la calle—.

No me acuerdo cuánto tiempo llevaba ese pendejo de no aparecerse, y de seguro faltaba mucho más para que regresara.

—Nomás fui a rentar un libro a la biblioteca —le dije.

Traía conmigo el Curso básico de magia para niños Vol.

3.

Pinche libro todo viejo y puteado, pero era el único de magia que tenían.

—¿Por qué no quieres venirte acá a la casa cuando acaba la escuela?

¿Por qué te gusta preocuparme?

—Siempre decía eso, y ni se tomaba la molestia de buscarme.

Ya cuando me soltó me fui a mi cuarto, bueno, más que cuarto era como un clóset.

Apenas cabía una cama individual ahí.

El piso era de cemento, las paredes de ladrillo y el techo de lámina.

Yo me senté en mi cama, aunque siguiera destendida desde la mañana, saqué una pluma de paloma que había encontrado en la calle y abrí mi libro de magia justo donde había dejado un pedazo de papel.

“Hechizo básico de telequinesis” o una mamada así decía el título.

Seguí las instrucciones una y otra vez, pero la pluma nomás no se movía.

Lo intenté por, ¿qué te gusta?, dos minutos, y de repente mi mamá llegó y se puso a tender mi cama.

—A ver, hazte para allá que ya dejaste la cama toda destendida —mintió la culera porque la cama estaba así desde que llegué.

—Mira, mira: estoy practicando magia —le dije mientras trataba de mover esa pluma que no se movía.

—Hazte para allá —me dijo mientras jalaba las sábanas que había debajo de mí.

Ella tuvo todo el puto día para tender la cama, pero justo lo quiso hacer cuando yo estaba ahí.

Bueno, a lo mejor se le había olvidado, y era lo único que le faltaba por hacer.

Me bajé de la cama y me acosté en el suelo.

Y ¿sabes qué pasó después?

Ella terminó de tender mi cama y decidió que ese era el momento perfecto de barrer mi cuarto.

Lo pudo haber hecho antes de tender mi cama, pero no.

La cosa era que yo chingara a mi reputísima y rependejísima madre.

—Hazte para allá, mijo, que tengo que barrer todo el polvo.

Luego tú te enfermas y haces gastar a tu papá.

No se vale —mintió otra vez la hija de la chingada, porque yo no me enfermaba por el polvo, sino porque hacía un putero de frío en las noches por el techo de lámina y no teníamos cobijas.

Yo no le dije nada y mejor me fui a la sala, donde seguí perdiendo el tiempo tratando de mover esa pinche pluma, y ¿quién crees que vino?

Sí, mi mamá, y con un plumero se puso a sacudir donde ya estaba.

Al principio no me dijo nada y yo seguí practicando.

De repente la pluma se movió un poquito.

—¡Mira, mamá!

¡Mira, mamá!

¡¿Sí la viste?!

—le pregunté todo pendejo y emocionado porque de seguro la pluma no se movió por mí, sino por el aire que hacía mi mamá al sacudir.

Mi mamá me vio, luego vio la pluma que ya no se estaba moviendo, la agarró y la tiró a la basura.

—Ay no, de verdad que esta casa es un cochinero.

Y tú —me dijo a mí—, ¿no te quieres salir un ratito?

Es que nomás me estorbas.

Y por esa razón yo siempre hacía todo lo posible para no ir a mi casa.

De seguro dirás: “es que ella estaba sola, y tú no la ayudabas en nada.

No se vale.” Pero una vez la ayudé.

Tendí mi cama, guardé mi ropa, barrí y sacudí.

Después fui con ella y la llevé a mi cuarto para que viera lo que había hecho.

—Lo hiciste todo mal —se quejó, le quitó las sábanas a la cama y las tiró al suelo.

También se puso a tirar la ropa de mis cajones.

—Es que así no se doblan —dijo, aunque yo las había doblado como ella siempre las doblaba.

Tiró toda mi ropa al suelo, hasta la que ella había acomodado.

—Ahora voy a tener que lavar todo otra vez por tu culpa —me dijo la culera mientras levantaba del piso la ropa y las sábanas que ella misma había tirado—.

Con razón tu padre siempre se enoja contigo, y por eso siempre me abandona.

Ella siempre me decía lo mismo, y yo era tan pendejo que siempre le creía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo