Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 6
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6: VI 6: VI Paco Gonzales Jorge Pérez Juan Gómez Leía estos nombres una y otra vez; según yo eran los de mis amigos cuando era niño.
Tenía unos quince años de no verlos, y sus nombres eran de los más comunes del pueblo o hasta del país.
¿Cómo no se me iban a olvidar?
Mis hombres no se tardaron mucho en encontrarlos, aunque a lo mejor habían encontrado a gente que se llamaba igual, y por eso luego luego fuimos a checarlo.
Íbamos en varias camionetas, una detrás de otra.
No teníamos que ir tantas personas, pero a veces hay que recordarle al pueblo qué pandilla es la que manda.
La gente de ahí se nos quedaba viendo al pasar y algunos movían la mano para decirnos adiós.
Pero lo que yo sí alcancé a notar y los pendejos de mis hombres no es que había un chavo contando las camionetas que llevábamos.
—Párate —le dije a quien manejaba, y este frenó a mitad de la calle.
Las demás camionetas también se pararon.
Me bajé y caminé hacia el que contaba las camionetas.
Este apenas me vio se puso a correr, pero con magia puedes hacer muchas cosas, hasta correr tan rápido que alcanzas luego luego a ese cabrón y lo detienes.
—¿Cuántas contaste?
—le pregunté.
—No, no yo conté nada —me mintió el pendejo, así que lo golpeé tan fuerte en la cara que acabó tirado en el piso.
—¿Cuántas contaste?
—le volví a preguntar.
—Siete —me dijo, y yo le lancé un hechizo que lo hizo cagada.
De él nomás quedó sangre derramada por todos lados.
La gente que había ahí se puso a gritar y a correr, y yo me regresé.
Antes de subirme a la camioneta, me puse a contar las que llevábamos.
Seis.
Ja.
Pinche imbécil las contó mal.
O a lo mejor dijo “siete” para que yo pensara eso y lo dejara ir.
Pero no importaba si las contaba bien o mal, sino que las estaba contando.
En fin, me subí a la camioneta.
—Como serán pendejos —les dije a los pendejos de mis hombres—.
Si hay alguien contando las camionetas lo más seguro es que es un halcón de otra pandilla que les dice cuántos somos y a dónde vamos.
—Pero no hay otras pandillas, Patrón —me dijo uno de ellos.
—Sí, Patrón.
Ya nos chingamos a todas —dijo otro.
“Siempre hay otras pandillas.
Siempre”, estuve a punto de decirles eso, pero no.
Si ellos estaban tan seguros de que no había pandillas mejor los dejaba con esa idea.
Pero en mi experiencia siempre hay otras.
Al principio no las ves porque son pequeñas y se esconden.
No son pendejas.
Están reclutando gente, consiguiendo armas, moviendo mercancía, vigilándote.
Después, cuando las veas en las calles, es porque ya no te tienen miedo, ya saben cuánta gente hay en tu pandilla, dónde están sus casas de seguridad, quiénes y a qué hora van a qué lugar.
Vas a tratar de chingártelos, pero vas a ver que son tus hombres los que se empiezan a morir, los que empiezan a desaparecer porque tú no sabes en dónde están ellos, pero ellos sí saben dónde están tú y tus hombres.
Y cuando menos te los esperes van a llegar contigo y te van a matar.
Pero los pendejos de mis hombres creían que ya no había otras pandillas.
Bueno, ojalá y tuvieran razón, porque si no los iban a acabar matando.
Ni modo.
Toca aprender a la mala.
Y dirás: ¿qué no te afecta que maten a tus hombres?
Pues sí, pero puedo regresar cualquier día y chingarme a todos los contras del pueblo.
O puedo reclutar a algunos de ellos, y ellos no andarían diciendo que no hay otras pandillas en el pueblo, porque saben que siempre hay otras pandillas.
Siempre.
Además, yo en ese momento andaba muy ocupado buscando a mis amigos, y tratar de chingarte a todas las demás pandillas antes de que salgan a la luz es como tratar de matar a todas cucarachas de tu casa: no importa cuánto busques ni a cuántas mates, siempre va a haber varias que no encontraste.
Pero bueno, las camionetas seguían avanzando.
—¿Con quién vamos?
—les pregunté a mis hombres.
—Con el primero de la lista, Patrón, Paco González —me dijo uno de mis hombres—.
Bueno, la verdad es que no pudimos encontrarlo a él, pero sí a su familia.
Ellos han de saber dónde está.
—Pues más les vale —les dije—, porque me caga que me hagan perder el tiempo.
No pasó mucho tiempo para que llegáramos a una casa pintada verde menta, el color de la pobreza.
Sí, la mía ni pintada estaba, pero eso era culpa del pendejo de mi papá.
Cuando yo ya me hacía cargo la dejé bien chingona, con las paredes pintadas de blanco y con su techo de concreto, no esas pinche láminas culeras que teníamos, y también le compré sus buenos muebles y su estufa, pero no nos adelantemos.
El caso es que yo me acordaba de esa casa.
A lo mejor un día Paco me invitó a comer o a jugar, pero yo había entrado a esa casa.
Caminé hacia la puerta y toqué fuerte.
Una señora chiquita y canosa me abrió.
Yo me acordaba de esa señora.
No sé cómo se llamaba, pero era la mamá de Paco.
No sé si ella se acordó de mí, pero apenas me vio se puso a llorar y a gritar del coraje.
—¡Regrésenme a mi Paquito!
—se me acercó y me empezó a pegar en el pecho por la impotencia—.
¡Regrésenmelo!
Una mujer salió de la casa y jaló a la mamá para que se metiera.
También me acordaba de ella; era la hermana de Paco.
Estaba más chiquita que nosotros, y nos veía jugar de lejos.
—Ya déjalo, mamá —le decía y la seguía jalando hacia la casa; con el otro brazo cargaba a un niño pequeño.
Ella también lloraba, pero poco a poco fue metiendo a su mamá a la casa.
—Desde que pasó lo de su hermano, a Paco ya nunca lo volví a ver —les dije a ellas, no sé por qué.
No les mentía, pero no sé por qué les dije eso.
Si ni ellas sabían dónde estaba, lo más seguro es que Paco estuviera muerto.
A lo mejor lo mató alguna pandilla del pueblo.
Bueno, yo me regresé a la camioneta, y la mamá y la hermana se metieron a la casa.
Ninguno de mis hombres me dijo nada.
Me senté en mi lugar y vi la casa otra vez.
La hermana de Paco nos veía por la ventana.
Estaba enojada y nos veía con impotencia.
A lo mejor sí fui yo el que mató a Paco.
¿Cómo me podría acordar de todos los que maté?
Es más, ¿crees que me acuerdo de cómo era el chavo que estaba contando las camionetas, al que hice mierda con un hechizo antes de llegar a la casa de Paco?
Obvio no.
Solo fue alguien que la cagó, como un chingo antes de él.
Así es esto.
Si la cagas te mueres.
Y si no matas a los que la cagan, la estarías cagando yo porque ellos te podrían matar a ti o a algún ser querido.
Así es esto.
Pero bueno, nos fuimos de ahí.
Mientras yo pensaba en la mamá y la hermana de Paco.
Si las otras pandillas en el pueblo se enteran de que fui con ellas, de seguro tratarían de sacarles información sobre mí.
Las torturarían y matarían como siempre lo hacen.
Pero ese no es mi pedo.
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