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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 8

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8: VIII 8: VIII Ahora buscábamos al segundo de la lista, Jorge Pérez.

Nomás íbamos en una camioneta porque las demás andaban distribuyendo mercancía o revisando qué bancos robar o buscando halcones de otras pandillas.

No es que me preocuparan esos pendejos; a mí me la pelan, pero si empezaban a aparecer esos putos halcones era porque las nuevas pandillas nos estaban perdiendo el respeto, y les iba a enseñar a esos hijos de su reputísima madre a respetarme.

Además, separé a mis hombres por toda la ciudad para acaparar más terreno y para tenerlos como carnada por si las otras pandillas tenían la pendeja idea de que ya eran tan grandes para atacarme.

Si se les ocurría matar a mis hombres, bueno, entonces yo iría personalmente a buscarlos, y ese pueblo, mi pueblo, era muy chiquito, y yo lo conocía muy bien, por lo que no tendría que torturar a mucha gente para encontrarlos.

Pero bueno, el caso es que buscábamos a Jorge.

—Ya llegamos, Patrón —dijo el que conducía la camioneta y se paró en frente de un edificio abandonado, como muchos otros que había por todo el pueblo.

Me bajé de la camioneta junto con mis hombres.

—Que nadie salga —les dije a algunos de ellos, y ellos se quedaron a vigilar la entrada.

Yo y los demás entramos.

Caminamos por los pasillos y miramos los cuartos que había ahí.

Había muchas cosas en el piso como ropa, zapatos, sillones, botellas y envases vacíos y hasta una televisión con la pantalla rota; también había algunas sillas de plástico, sillones con la tapicería toda rota y gastada y hasta colchones manchados y agujereados.

Lo más seguro es que muchas de esas cosas eran de gente que ya no estaba ahí.

Seguimos caminando, y notamos que todas las paredes estaban llenas de moho negro y de los símbolos de muchas pandillas.

A algunas las conocía y a otras no.

A lo mejor eran pandillas que había antes de que yo naciera, o a lo mejor eran pandillas nuevas.

Pero esas me valían verga porque apenas salieran me las iba a chingar, como ya había hecho con muchas otras.

Pero bueno, también nos encontrábamos vagos y adictos que nos miraban con miedo o estaban tan drogados que ni siquiera sabían qué estaba pasando.

Pero ninguno de ellos era Jorge; Jorge era yo era alto y güero, y por eso siempre le preguntábamos cómo alguien tan güero como él podía ser tan pobre.

Él nomás se reía.

Subimos las escaleras y nos encontramos con más adictos, y ellos se pusieron a correr apenas nos vieron.

Mis hombres nomás agarraron a uno, y los demás se fueron por el pasillo y dieron vuelta en una esquina.

—Cómo son pendejos —les dije.

Aunque ninguno de los que se escaparon parecía ser Jorge, y por eso no los alcancé.

Seguimos adelante, dimos vuelta en la misma esquina que ellos, y a un lado había un cuarto muy grande, lleno de basura y unos cuantos adictos que se levantaron y nos miraban asustados y sin saber qué hacer.

No había mucha luz en ese cuarto, pero en un rincón se alcanzaba a ver a uno de ellos que seguía sentado.

Casi no se movía.

Era alto, güero, traía el pelo largo y no traía camisa.

—Párenlo —les dije a mis hombres, y ellos lo agarraron y lo jalaron hacia arriba para que se parara.

No lo soltaron porque él se tambaleaba.

Me le acerqué y le vi la cara.

Él se veía nervioso y tenía las pupilas muy chiquitas.

Olía a miados y a vómito.

Le temblaban las manos.

—¿Jorge?

—le pregunté, y él me volteó a ver y se me quedó viendo—.

Soy Miguel.

Él nomás me veía.

—Mira —le enseñé mi mano—: sí aprendí a hacer magia —hice un hechizo muy simple en el que mi guante empezó a brillar.

Jorge abrió los ojos y se le quedó viendo a mi mano, como lo haría cualquier otro adicto.

Pero ahí fue cuando me acordé de que estaban mis hombres ahí.

Ellos vieron a Jorge y sabían que yo lo estaba buscando.

De seguro pensaban que Jorge era mi debilidad y que, si me querían chingar a mí de alguna forma, podían a usarlo a él.

Lo iban a secuestrar, torturar y matar para mandarme un mensaje: “Sigues tú”.

Así es como funcionan las pandillas: si muestras cualquier debilidad, la van a usar en tu contra.

—Tú tenías razón.

¿Quieres ver?

—tomé a Jorge del hombro y nos teletransporté a otro edificio abandonado, donde no estaban mis hombres.

Él miraba asustado hacia todos lados.

De repente dobló la espalda, las rodillas y se puso a vomitar.

Ahí las ventanas estaban rotas y entraba mucha luz, por lo que pude ver mejor a Jorge.

Él estaba tan flaco que se le veían los huesos, tenía heridas y moretes en todo el cuerpo, sus brazos estaban todos destrozados e infectados por tantos piquetes de todo lo que se había metido; las ojeras, la boca seca, los temblores, ya había visto mucha gente así cuando vivía en ese pueblo, y siempre se acababan muriendo por sobredosis.

“Ya están más pa’ allá que pa’ acá”, decían en mi pueblo.

Así que me acerqué y le di una cachetada.

—Jorge, ¿te acuerdas de mí?

—le pregunté, pero él nomás se alejó.

Me le acerqué otra vez y le di otra cachetada.

—Soy Miguel, ¿te acuerdas de mí?

—él me miró en ese momento, no sé si porque se acordó de mí o porque lo andaba cacheteando, y se alejó—.

¿Eres mi amigo?

—me volví a acercar y lo volví a cachetear, y él nomás se alejó de mí.

Suspiré porque no había forma que hiciera ese pedo del poder de la amistad con alguien que apenas y sabe dónde está o quién soy yo.

Así que preparé el hechizo para teletransportarme de regreso al otro edificio.

Pero si dejaba a Jorge ahí o lo mataban las drogas o las pandillas.

Solo era cuestión de tiempo.

Y aún faltaba buscar a Juan.

Lo más seguro es que él no había acabado en una pandilla, como Paco, o como adicto, como Jorge.

Sí, Juan parecía la mejor opción, así que me acerqué a Jorge y le puse la mano sobre el pecho.

Él ni lo notó.

—Ya no te va a doler —le dije y le lancé un hechizo que lo destrozó en menos de un segundo.

No sufrió.

Las pandillas o las drogas lo iban a torturar por días o hasta semanas.

Él ya estaba muerto, y yo nomás le quité el dolor.

Lo hice por él, no por mí.

Lo hice por su bien.

Y él sabía a qué se metía, todos lo sabíamos porque lo veíamos diario.

Él sabía que iba a acabar muerto si se metía chingadera y media.

Todos en mi pueblo lo sabíamos.

Y aun así él lo hizo.

No es mi culpa que haya acabado así.

Yo nomás terminé con su sufrimiento y lo protegí de las pandillas.

Si lo torturaban y mataban, eso a mí ¿en qué me afectaba?

En nada.

Lo hice por él, no por mí.

Bueno, como sea.

Lo único que quedaba de Jorge era su sangre, que estaba en todos lados, hasta en mi cara y mi ropa.

—Qué pena —dije en voz baja—.

Tú sí me caías bien.

Después me teletransporté de regreso al edificio abandonado.

Mis hombres seguían ahí, en el mismo cuarto en el que los dejé, pero ahora miraban cómo dos adictos se peleaban.

—¡Pártanse la madre!

—gritaba uno de mis hombres.

—¡Chíngatelo, chíngatelo!

—gritaba otro.

Uno de los adictos tiro al otro al suelo y levantó las manos en señal de que ya no quería seguir peleando.

Mis hombres en chinga le apuntaron con sus armas.

—¿Qué te dijimos, pendejo?

O te madreas a ese cabrón o te madreamos nosotros.

—Vámonos —les dije a mis hombres y salí de ese cuarto.

Ellos nomás me siguieron.

—¿Dónde andaba, patrón?

—me preguntó uno.

—Te vale verga, ¿no, pendejo?

—le dije—.

Y ni se molesten en buscar a Jorge —me limpié su sangre de mis guantes.

No sé si ellos sí lo buscaron o no, pero no importa.

Caminamos de regreso a la camioneta.

Llegamos a la entrada y antes de salir vi que había un mural en una de las paredes.

Estaba muy despintado, pero se alcanzaban a ver varios doctores, enfermos, ese símbolo raro de un palo y dos víboras que siempre tienen los doctores y, con letras grandes, “Hospital General de Villa Miseria”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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