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Por fin el villano descubre el poder de la amistad - Capítulo 9

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9: IX 9: IX Mi escuela era una puta mierda.

En los salones hacía un calor de la chingada, y los ventiladores apenas y servían.

Me acuerdo de que cuando los prendían, estos temblaban tanto que siempre me imaginaba que en cualquier momento se iban a caer e iban a aplastar a todos los que estuvieran abajo.

Además, los pupitres estaban todos rotos, las canastas de basket no tenían o tablero o aro o ninguno (aunque eso no nos afectaba tanto porque tampoco teníamos balones), a los baños lo que les faltaba de papel les sobraba de mierda y teníamos un salón de cómputo, pero sin computadoras.

Y no solo era culera por las instalaciones; en mi grupo siempre había por lo menos un pinche pendejo mucho más grande que todos que por una razón u otra no podía pasar de año y nomás nos andaba chingando, y los putos maestros no hacían nada porque estaban bien ocupados tratándose de coger a las alumnas.

Lo peor de todo es que ninguno de nosotros sentíamos que la escuela servía para algo.

No por nada era muy común que muchos dejaran de ir.

O se unían a pandillas o se volvían adictos o desaparecían de un día para otro y nadie volvía a saber de ellos.

Ya estábamos acostumbrados a eso, pero cuando Paco se fue sí sentimos el cambio.

Seguíamos yendo a practicar magia, pero ya no era lo mismo.

Un día rentamos el libro de magia de la biblioteca y ya íbamos a ir al edificio abandonado de siempre, pero Juan nos dijo: —No hay que ir; allá afuera están los payasos.

Así les decíamos a los miembros de la pandilla que había matado a los Reyes.

La pandilla se llamaba “Broma”, y sus miembros iban con la cara maquillada como payaso.

Sí, se veían bien pendejos, pero ellos mataban por cualquier cosa, y a los niños y jóvenes los golpeaban cada vez que los veían hasta que terminaban uniéndose a su pandilla.

Así son casi todas las pandillas: si no estás con ellos, estás en su contra.

—Pero si nos quedamos —yo le dije a Jorge— nos van a ver los de la tarde.

En la escuela había el turno de la mañana y el de la tarde.

Yo siempre fui en la mañana, y se sabía que los que iban en la tarde eran los más culeros de todos, o eran pandilleros o adictos o criminales o pendejos que se inscribieron tarde y ya no alcanzaron lugar en la mañana.

—O ¿si mejor vamos a tu casa, Miguel?

—me preguntó Juan.

—Ahí estorbamos —le dije—.

Y ¿si vamos a la tuya?

—Igual —dijo él, y los dos miramos a Jorge.

Él dijo que no con la cabeza.

Nunca fuimos a su casa ni supimos nada de su familia, pero estábamos seguros de que era mucho peor que la nuestra.

—Pues ni modo —dije yo—, vamos al edificio de siempre.

Jorge y yo caminamos hacia la salida de la escuela, pero Juan no nos siguió.

—Y si aprendemos magia ¿qué?

—preguntó él—.

Nada va a cambiar.

—Con magia puedes hacer todo —le dije.

—Tú ni puedes mover una pinche pluma —me respondió el cabrón.

—Es que no estoy haciendo algo bien y por eso tengo que practicar —yo dije, y tenía toda la razón.

De repente el hijo de la chingada de Juan me empujó.

—Tanta pinche magia no le ayudó a Paco—él trataba de no llorar.

—Pues a lo mejor sí regresa —le dije, aunque ni yo lo creía.

—¡De seguro ya está muerto!

—Juan gritó lo que todos pensábamos.

Me acuerdo muy bien que quería decirle que no era cierto, que la magia lo puede todo, que hay muchos niños que dejan de ir a la escuela y no es porque se mueren, que mejor se callara la puta boca porque nadie le había preguntado.

Pero, como siempre, me tragué todo eso y me callé la puta boca.

—Todo esto es una pendejada —dijo y se fue.

Jorge y yo nomás lo vimos correr por la calle hasta que dio vuelta y ya lo dejamos de ver.

Nos quedamos callados un rato.

Bueno, yo me quedé callado porque Jorge casi nunca hablaba.

—No es una pendejada —le dije a Jorge al final, y él dijo que no con la cabeza—.

Es que él nomás practicaba un hechizo y ya, y ese no servía de nada.

Y seguí hablando: —Y aparte Paco siempre le decía que practicara más hechizos, y él nunca le hacía caso.

Nomás practicaba el mismo y el mismo y el mismo.

Fue su culpa.

La magia sí sirve, la magia lo puede todo, y por eso hay muchos hechizos, no nomás uno.

”No se vale echarle la culpa a la magia; la magia lo puede todo.

Entonces miré a Jorge.

—¿Tú sí crees que Paco está muerto?

—le pregunté.

Jorge se encogió de hombros.

—Pues esté donde esté, ya está en otro lado —dijo.

Y sí, podía estar en cualquier lugar haciendo cualquier cosa.

—A lo mejor y hasta se fue para aprender más magia, y a lo mejor un día va a volver y va a ser un mago así bien poderoso, pero yo le voy a ganar porque voy a practicar diario y no lo voy a dejar, y vamos a poder hacer todo con magia, y le vamos a enseñar a Juan que la magia no es una pendejada.

Y me fui corriendo hacia el edificio abandonado, y Jorge me siguió.

En las calles aún se veían los cuerpos de algunos Reyes colgados de semáforos y postes.

Ya no eran tantos, y eso era porque ya casi no quedaba ninguno vivo.

Llegamos al edificio, subimos las escaleras de siempre y entramos a uno de los cuartos de ahí.

Yo saqué el libro, mi pluma y me puse a practicar.

Pero por más que leía y releía y practicaba y repracticaba el hechizo básico de telequinesis ese, esa puta pluma nomás no se movía.

—Muévete —le decía, pero la culera no me hacía caso—.

Muévete, por favor.

Muévete, muévete, muévete, muévete.

Nada.

Me volteé hacia donde estaba Jorge, y él estaba practicando el mismo hechizo que yo.

Pero su puta pluma sí se movía, siempre se movía, y él no se esforzaba ni nada, como si fuera tan fácil que solo a un pendejo le costaría trabajo hacerlo.

—¿Cómo le haces?

—le pregunté, y él nomás se encogió de hombros.

No creo que él no me haya querido decir, creo que él tampoco sabía.

Me le quedé viendo un rato con la esperanza de ver qué estaba haciendo yo mal, si había un truco o algo, pero no, él nomás tenía la mano abierta y la pluma se movía.

—No pasa nada, nomás tengo que practicar —me dije en voz baja y me volteé hacia mi pluma.

Traté de hacer el hechizo otra vez.

—Muévete, por favor, por favor, por favor.

Pero nada.

Y Jorge seguía moviendo la suya como sin nada.

—Muévete, muévete, mue-ve-te.

Pero nada.

—Que te muevas; ya muévete, por favor; muévete; ¡MUÉVETE!

—acabé gritando, y luego luego cerré los ojos, me tapé la cara con las manos y me puse a respirar despacito—.

Ya cállate, pendejo, cállate.

Por eso se va tu papá.

Es que quién te aguanta… Me quité las manos de la cara, abrí los ojos, y mi pluma se había movido un poco.

Pensé que de seguro se había movido por el grito, y por eso no me emocioné ni nada.

Seguí practicando hasta la noche, pero la pluma no se movió otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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