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Potencia de Fuego Abrumadora - Capítulo 180

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180: Recordaré tu nombre 180: Recordaré tu nombre Mientras Lucen y Eisen hablaban, se acercaba la tarde cuando tuvo lugar un enfrentamiento sorprendente.

La última heredera ducal que aún no había luchado, Mireya, estaba a punto de subir al escenario, y su oponente era Raina Graven.

No muchos recordaban el combate de Raina de ayer, ya que, si bien fue la primera en ganar, no fue un enfrentamiento tan interesante en comparación con los de los sombríos herederos ducales y el de Eisen.

«Esta vez haré que todos recuerden mi nombre».

Raina subió al escenario con una ardiente determinación.

Llevaba un arco largo en la mano y un carcaj de flechas preparado en la cintura.

Iba a demostrarles a todos que una plebeya podía luchar y ganar contra una heredera ducal.

Por otro lado, a diferencia de su combate del día anterior, en el que luchó a manos desnudas, esta vez Mireya llevaba un báculo en la mano.

Su gélida mirada estaba fija en Raina.

El viento sopló con suavidad sobre el escenario, tironeando de la capa y el cabello de Raina.

Sus dedos se apretaron en torno a la empuñadura de su arco largo, con la firme madera pulida bajo su tacto.

Tomó aire lentamente, con los ojos fijos en la muchacha que se encontraba frente a ella.

Mireya permanecía erguida, quieta como una muñeca de porcelana.

Su pálida piel y su cabello violeta refulgían suavemente bajo la luz del sol; sus ojos de amatista, serenos y distantes, como si estuviera estudiando a Raina.

El aire entre ellas se sentía tenso, a punto de romperse en cualquier segundo.

La cuerda del arco en la mano de Raina temblaba ligeramente por la tensión en su brazo; no por miedo, sino por la energía contenida.

Frente a ella, las manos de Mireya reposaban con levedad sobre su báculo.

Su postura era perfecta, sin un ápice de agresividad, y aun así su presencia llenaba el espacio como un lago en calma capaz de engullir el sonido.

Ninguna de las dos se movía, a la espera de la señal para empezar.

El árbitro miró a ambas contendientes y levantó la mano.

El maná y el aura de ambas emanaban sutilmente de sus cuerpos, guiados por el instinto más que por la intención.

El polvo se removió a sus pies.

—¡Comiencen!

En cuanto oyeron la voz del árbitro, las dos muchachas se movieron.

Ante los ojos de Raina, ahora la rodeaban varias Mireyas, pero como había visto el combate anterior, sabía que era una ilusión.

Mireya podía engañar a su vista, pero sus otros sentidos podían ayudarla.

Raina disparó una flecha hacia lo que parecía un espacio vacío, pero en realidad, Mireya estaba allí de pie.

Mireya desvió la flecha con su báculo.

El impacto resonó como una nota aguda; la flecha rebotó en una ondulación invisible en el aire antes de hacerse añicos a un lado.

La expresión de Raina no vaciló.

En el instante en que la flecha fue desviada, ya había preparado otra.

Su mirada se mantuvo fija en la Mireya real, no en las ilusiones que parpadeaban en el rabillo del ojo.

Aunque no pudiera verla con los ojos, podía sentirla.

El leve desplazamiento del aire, el sonido casi imperceptible de la tela rozando la piel…

Esa era la verdadera.

Como cazadora que era, su padre le había enseñado a rastrear bestias incluso en la oscuridad.

Para cazar, no solo hay que confiar en la vista.

Hay que oler, escuchar y sentir la ubicación de la presa.

Su respiración se ralentizó.

Cada inhalación y exhalación agudizaba su concentración.

Raina colocó la flecha, sus dedos rozando la cuerda con suavidad, sin tensarla aún; solo sentía el ritmo del aire.

Cada vez que tensaba el arco, la voz de su padre resonaba en su cabeza: «Una verdadera cazadora no persigue a la presa; deja que la presa se ponga a tiro».

Las ilusiones volvieron a parpadear, con sus contornos ondulando como el aire caliente.

Pero Raina no las miró.

Sus oídos captaron el más mínimo movimiento: el sonido de unos pies que rozaban el suelo, medio paso a la derecha.

«¡Ahí!»
La cuerda restalló.

La flecha salió disparada como un rayo de luz plateada y se topó de nuevo con el báculo de Mireya.

Esta vez, fue incapaz de desviar la flecha por completo.

—Ya veo…

Un nivel de ilusión que solo engaña a la vista no funciona contigo.

La voz de Mireya era suave, casi fascinada.

Su tono no denotaba irritación, solo una tranquila curiosidad, como la de un niño que observa un resultado inesperado en un experimento.

Raina exhaló bruscamente y bajó la guardia.

—¿Entonces admites que no funciona?

¿Piensas rendirte?

Mireya no respondió.

Se limitó a ladear la cabeza, con ese mismo gesto de muñeca, silencioso y curioso.

Luego, alzó de nuevo su báculo, y su cabello violeta se agitó levemente con el movimiento.

Las ilusiones a su alrededor no se desvanecieron esta vez; en su lugar, comenzaron a moverse.

Cada Mireya tomó una dirección distinta, rodeando a Raina como reflejos sobre el agua agitada.

Sus pasos no hacían ruido, pero el sutil parpadeo de sus sombras delataba el flujo de maná por el escenario.

Raina contuvo el aliento.

Ya había marcado a la verdadera.

La leve presión en el aire a la altura de sus pies la delataba.

Disparó de nuevo.

La flecha acertó, o eso pensó.

El astil dio en el blanco, pero la Mireya real se dispersó como la niebla.

La Mireya real ya no estaba frente a ella.

Estaba detrás.

La ilusión no solo se había multiplicado; se había intercambiado con ella.

—Así que mezclas posiciones reales y falsas…

—masculló Raina para sus adentros, mientras saltaba hacia atrás y volvía a disparar.

Su flecha atravesó tres ilusiones seguidas, pero ninguna acertó.

Cada vez que parpadeaba, la figura de Mireya se desenfocaba, haciendo incierta su distancia.

Todas las ilusiones se movían con una sincronización idéntica, y sus túnicas ondeaban exactamente igual.

«Sus ilusiones siguen afectando solo mi vista, pero la forma en que las utiliza está afectando mis pensamientos.

Todavía puedo sentir cuál es la real, pero por ese único fallo, estoy empezando a dudar».

Raina apretó los dientes.

«De acuerdo, si mi vista se ha convertido en una desventaja, entonces no la necesito».

Y a continuación, cerró los ojos.

Mireya, que estaba pensando en cómo derrotar a Raina, se sorprendió al ver que su adversaria cerraba los ojos.

«Supongo que es una forma de que no te afecten mis ilusiones.

Aun así, una arquera que pierde la vista…

¿podrá seguir disparando?».

Raina inspiró hondo, permitiendo que la oscuridad tras sus párpados agudizara sus otros sentidos.

El arco en su mano se sentía ahora más pesado, no por su peso real, sino por la presión de la concentración.

Cada sutil vibración en el aire, cada cambio de temperatura, cada sonido…

empezó a interpretarlos como si fueran palabras en una página.

Sus dedos rozaron de nuevo la cuerda y la tensaron hasta la mitad.

Mireya dejó de usar ilusiones, ya que era un desperdicio de maná al ver que su oponente había cerrado los ojos.

Si fuera una maga de tercer círculo, podría haber creado ilusiones que afectaran también el sentido del oído de Raina, pero no lo era.

Aun así, eso no significaba que no pudiera recrear algo parecido.

La magia de ilusión no consistía solo en hacer aparecer cosas, sino también en hacer que el cerebro malinterpretara la realidad.

Mireya dio unos golpecitos en el suelo con su báculo.

Tac.

Tac.

El sonido retumbó de forma anómala, dividiéndose y rebotando desde distintas direcciones.

Raina frunció el ceño.

Su respiración se estabilizó de nuevo al concentrarse, pero ahora el sonido de los pasos…

no era normal.

Se superponían, débiles pero nítidos; uno a la izquierda, otro por detrás.

La ilusión ya no estaba en sus ojos, sino en el entorno.

Raina inspiró hondo.

«Está haciendo que el sonido rebote por la arena para engañarme».

Raina disparó una flecha a la derecha.

No atravesó más que aire.

Luego, se giró y disparó a su izquierda.

De nuevo, nada.

«Necesito calmarme.

Como ya no puedo confiar ni en la vista ni en el oído, solo me queda centrarme en el olfato y las sensaciones».

Raina se aquietó.

La cuerda del arco dejó de crujir.

El único sonido era el leve susurro de su capa con el viento.

Mireya observaba en silencio, con un débil brillo de luz violeta en los ojos.

«Esta chica es una cazadora realmente buena».

De la nada, Raina disparó súbitamente hacia Mireya.

La muchacha, que aún analizaba a Raina, se vio sorprendida por el repentino ataque, pero fue lo bastante rápida para esquivar la flecha.

Esta vez, Raina sacó varias flechas y las disparó todas al mismo tiempo.

Al verlas venir, Mireya no podía bloquearlas ni esquivarlas, pero aun así no parecía aterrada.

Mireya alzó su báculo y un muro de tierra bloqueó las flechas.

Raina, al oír que sus flechas impactaban contra algo similar a una pared, se quedó perpleja.

—Has sido una oponente excelente.

Planeaba usar solo hechizos de ilusión en este combate, pero me has obligado a ir más allá.

¿Podrías decirme tu nombre?

—Hum, así que te estabas conteniendo, lo que se espera de una noble arrogante…

Mi nombre es Raina Graven.

Recuérdalo bien, heredera ducal.

—No soy «heredera ducal», soy Mireya Aeromont.

He aprendido mucho en este combate, gracias a ti.

—Hablas como si ya hubieras ganado.

Los labios de Mireya se curvaron en una leve y casi serena sonrisa.

—No lo hago sonar como si así fuera —dijo en voz baja—.

Lo estoy afirmando.

Antes de que Raina pudiera responder, el muro de tierra se desmoronó en polvo, revelando varias esferas de fuego que flotaban junto a Mireya.

—No quería usar una de las técnicas de mi madre, pero es el hechizo ofensivo más poderoso que puedo usar en este momento.

Esta es mi manera de mostrarte mi respeto y mi gratitud.

Los orbes de fuego se multiplicaron: dos, cuatro, seis…

rodeándola como una silenciosa constelación de calor y luz.

Su resplandor bañó el escenario en ámbar, y el aire se volvía más cálido con cada aliento.

Raina, con los ojos aún cerrados, envolvió todo su cuerpo con su manto de aura, pues también ella decidió atacar con su máxima potencia.

Raina encajó tres flechas en la cuerda del arco a la vez.

A continuación, ambas lanzaron sus respectivos ataques al mismo tiempo.

Raina tomó una profunda bocanada de aire y la soltó toda al disparar.

Las flechas abandonaron su arco con un silbido que rasgó el aire, girando violentamente en espiral.

Cada astil giraba tan rápido que parecían torbellinos en miniatura, los cuales cambiaban de dirección en pleno vuelo a una velocidad increíble.

Una flecha se curvó a la derecha y otra a la izquierda, con trayectorias que se entrelazaban como depredadores cercando a su presa, mientras que la última apuntaba directamente al pecho de Mireya.

Mireya también lanzó su hechizo contra Raina; las esferas de fuego la rodearon sin dejarle puntos ciegos.

A Raina no le quedó más opción que cargar hacia delante envuelta en su manto de aura; recibiría algunos impactos, pero evitaría la mayor parte del daño.

Mireya, por otro lado, tampoco podía esquivar los ataques que se le venían encima, así que se preparó para recibirlos de frente.

Creó varios muros de tierra para bloquear las flechas.

Las flechas giratorias penetraron los muros, pero eso disminuyó su impulso.

Mireya comenzó a correr hacia atrás, creando más muros de tierra para bloquear el ataque.

Sucedió lo mismo: las flechas penetraban los muros, pero su velocidad disminuía considerablemente hasta que al final se detuvieron.

Por su parte, Raina había logrado evadir la mayoría de las esferas de fuego al cargar hacia delante y recibir algunos impactos.

Por desgracia, su manto de aura, que era de segundo nivel, no pudo soportar tanto daño y acabó con quemaduras.

Seguía en pie, con una flecha ya encajada en el arco.

Había logrado ponerse a espaldas de Mireya sin que esta se diera cuenta y estaba a punto de asestar un golpe letal, pero, por desgracia, se desmayó de pie sin llegar a soltar la flecha.

Tanto Mireya como todos los espectadores se quedaron muy sorprendidos.

Incluso los dos duques y la duquesa estaban atónitos por su actuación.

Les conmovió su tenacidad; realmente había luchado hasta el final.

La victoria podría haber sido suya, pero, por desgracia, se quedó a un solo paso de conseguirla.

El árbitro, que había vuelto en sí, hizo un anuncio.

—¡Ganadora, Mireya Aeromont!

Incluso tras la declaración de la victoria, el público permaneció en silencio.

Mireya miró la flecha que apuntaba a su cabeza y luego a Raina, que se había desmayado sin soltarla, con los dedos todavía aferrados a ella con fuerza.

—Eres una cazadora realmente extraordinaria.

Recordaré tu nombre, Raina Graven.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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