Potencia de Fuego Abrumadora - Capítulo 247
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247: La Tercera Visión 247: La Tercera Visión Había varias habitaciones vacías en el segundo piso de la Taberna y, a pesar de su aspecto ruinoso por fuera, el interior era bastante robusto y parecía haber sido renovado varias veces.
Las tablas de madera del suelo apenas crujían bajo sus pasos, eran tan gruesas que hasta el ruido de abajo se amortiguaba hasta convertirse en un lejano murmullo de risas y tintineo de jarras.
Lucen se dio cuenta de que había unas cuantas marcas de tiza en la puerta, lo que significaba que esas habitaciones estaban ocupadas.
El grupo eligió entonces las cuatro habitaciones que estaban contiguas.
Lucen entró en la suya e iba a planificar un poco para el día siguiente, pero, por alguna razón, se sintió muy somnoliento.
«Qué raro…
¿Habré bebido demasiado?».
Lucen sintió cómo se le anublaba la mente.
«¿Me habrán envenenado?…
No, si estuviera envenenado, Robert se habría dado cuenta inmediatamente».
Lucen recordó entonces que Robert estaba distraído por el grabado de runas del enano.
«Maldita sea, puede que de verdad me hayan envenenado».
Lucen apretó la mandíbula y se obligó a enderezarse.
Su primer instinto fue usar su aura para fortalecerse y hacer circular su maná para intentar expulsar cualquier veneno que hubiera en su cuerpo.
«¿Por qué no funciona mi resistencia al veneno?
Ya está en rango intermedio, así que debería poder resistir esto».
Mientras la concentración de Lucen se desvanecía poco a poco, su vista se oscurecía y sus rodillas flaqueaban, rechinó los dientes.
A medida que su consciencia se debilitaba lentamente, tuvo un pensamiento.
«Si la resistencia al veneno no sirve de nada, quizá sea otra cosa.
¿Un hechizo?
No, si hubiera maná o aura de por medio, Sir Talos ya se habría dado cuenta».
Lucen se tambaleó hacia delante y se apoyó en la cama; fue en ese momento cuando sintió que el anillo de su dedo le quemaba.
«¿Es por tu culpa?», preguntó Lucen en su mente y, como si respondiera, el anillo se calentó un poco más.
«Si vas a mostrarme otra escena, entonces espera a que me duerma como siempre.
Por qué asus…».
Lucen no pudo terminar ese pensamiento, pues su consciencia se desvaneció y se desmayó sobre la cama.
***
Lucen abrió los ojos y, al igual que en las otras visiones, apareció en una zona negra.
Era como una pantalla de carga que terminaba y luego mostraba una escena como si estuvieras allí.
«Sí, otra escena.
Me pregunto por qué has decidido mostrarme algo de repente después de tanto tiempo».
Lucen examinó la zona desconocida.
Lo rodeaban muros de piedra, agrietados y chamuscados.
El techo se había derrumbado en algunas partes, permitiendo que la ceniza cayera como nieve gris.
El olor a sangre era tenue, antiguo y estaba por todas partes.
Aquello fue una vez un gran salón, pero ahora estaba destrozado y apenas se parecía a lo que fue.
Lucen vio entonces a un caballero con una armadura con grabados rúnicos, encadenado.
El caballero llevaba el anillo en el dedo, lo que significaba que esta era la experiencia de ese caballero.
Su armadura estaba destrozada hasta quedar irreconocible: las placas abolladas y partidas, las correas rotas o quemadas.
No quedaba ningún emblema en ella, solo cicatrices de innumerables batallas.
Su espada yacía a varios pasos de distancia, partida limpiamente por la mitad.
El hombre respiraba con dificultad.
Tenía muchas heridas en el cuerpo y también lesiones internas, pero, a pesar de todo, su espalda estaba recta.
Sus ojos transmitían su voluntad inquebrantable; su cuerpo podría estar roto, pero no su espíritu.
Se oyó un sonido de pasos mientras unas figuras emergían de las sombras: altas, encapuchadas, con los rostros ocultos tras máscaras talladas con sonrisas burlonas.
—Has perdido —dijo una de las figuras encapuchadas—.
Tus ejércitos han desaparecido, tus aliados han sido derrotados.
Solo quedas tú.
El caballero ni siquiera levantó la cabeza y les respondió con el silencio.
—Jura lealtad —continuó otro, rodeándolo—.
Renuncia a tus juramentos.
Vive.
El hombre levantó lentamente la cabeza.
La sangre le corría por la frente, goteando sobre la piedra.
Sus ojos, sin vacilar, miraron a las figuras encapuchadas.
—Preferiría morir antes que vivir la vida de un cobarde, de un cerdo sin honor.
Las figuras encapuchadas dejaron de moverse.
Por un momento, el salón en ruinas quedó en silencio, salvo por el leve goteo de la sangre sobre la piedra.
Uno de ellos soltó una risa sorda.
—¿Te aferras a tus juramentos, a tu honor, cuando ninguno de aquellos a los que juraste lealtad vive?
¿Cuando tu cuerpo ya no puede defender tu supuesto honor?
Una bota se estrelló contra las costillas del caballero.
A pesar de estar observando desde un lado, Lucen sintió como si pudiera notar él mismo el impacto del golpe.
El cuerpo del caballero se sacudió, el aliento se le desgarró de los pulmones, pero no gritó.
Las cadenas resonaron con violencia, el metal hundiéndose más en la carne desgarrada.
—Tu honor no salvó a tus hombres —dijo otra voz con frialdad—.
No salvó a tu reino.
Y no te salvará a ti.
El caballero tosió, y la sangre salpicó el suelo.
Lenta y dolorosamente, se enderezó un poco más, tensando las cadenas.
—¡Soy un caballero de este reino.
Mi cuerpo puede romperse, mis hombres pueden haber caído, el rey al que sirvo puede haber muerto, el reino que protegí puede no existir ya, pero mi honor nunca será manchado!
Las palabras resonaron por el salón en ruinas, no con volumen, sino con certeza.
Durante un breve instante, las figuras encapuchadas no se movieron.
Entonces uno de ellos ladeó su cabeza enmascarada.
—¿Un reino que ya no existe?
¿Un rey muerto hace mucho?
¿Un juramento sin propósito?
¿Qué sentido tiene eso?
Otro dio un paso al frente, con la voz chorreando burla.
—El honor solo vale algo cuando queda alguien para presenciarlo.
El caballero levantó la mirada.
Incluso ahora, encadenado y sangrando, sus ojos se mantenían firmes.
Aquello incluso desconcertó a las figuras encapuchadas.
Parecía que eran ellos los que estaban encadenados, y no él.
—El honor no existe para ser presenciado —dijo él—.
Existe para ser mantenido.
Sin importar las circunstancias, un caballero debe defender la caballería, y con ello, su honor y su dignidad nunca desaparecerán.
El silencio volvió a caer.
La presión en el salón se intensificó, no era aura, ni maná, sino algo más pesado, algo más allá de la forma física.
—Esto se ha vuelto aburrido.
Si no vas a arrodillarte, si no vas a unirte a nosotros pase lo que pase, entonces puedes reunirte con tus hombres en el más allá.
—Las figuras encapuchadas desenvainaron sus espadas.
Sus auras se encendieron mientras la intención asesina llenaba el aire.
La respiración del caballero se volvió superficial.
La sangre goteaba sin cesar de sus heridas, formando un charco bajo él.
Su cuerpo estaba fallando; cualquiera podía verlo.
Sin embargo, su columna vertebral permanecía recta, su cabeza no se inclinaba.
Como si obtuviera poder de sus palabras, el caballero logró levantar su cuerpo destrozado.
Las figuras encapuchadas se sobresaltaron por la acción.
Mientras las cadenas que ataban al caballero temblaban, el anillo en la mano del caballero empezó a brillar.
Los grilletes que ataban al caballero se rompieron, y él miró a la atónita figura que tenía delante mientras se ponía la mano en el pecho al hablar.
—Me mantendré firme en mis creencias —dijo el caballero, con la voz apenas un susurro ahora, pero increíblemente clara—.
Defenderé mi honor, intacto.
Las palabras salieron de los labios del caballero y el brillo del anillo se estabilizó, ya no destellaba, ya no ardía con furia, sino que quemaba con una luz tranquila e inquebrantable.
Las cadenas yacían destrozadas a sus pies.
Por un momento, nadie se movió.
Las figuras encapuchadas lo miraban fijamente como si vieran algo que no comprendían.
—Esto no cambia nada —dijo uno de ellos bruscamente—.
¿Qué puedes hacer tú solo?
¿Qué puede hacer un solo caballero que ejércitos enteros no pudieron lograr?
El caballero negó con la cabeza, y sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba mientras respondía.
—No hay nada más que pueda hacer.
Pero no moriré encadenado y en el suelo.
Moriré con mi honor de caballero intacto.
Su voz no era fuerte, pero pareció que todo el salón temblaba con sus palabras.
Dio un paso al frente.
Su pierna flaqueó, el hueso crujió de forma audible, pero no cayó.
Apoyó el pie y se mantuvo en pie de todos modos, la sangre goteando libremente de su armadura y manchando la piedra bajo él.
Dio un paso, luego otro.
Cada movimiento era dificultoso.
Cada respiración sonaba como si pudiera ser la última.
Lucen podía sentirlo; este cuerpo ya había ido mucho más allá de lo que debería haber sido capaz de soportar.
El caballero se detuvo a unos pasos de las figuras encapuchadas.
—Vamos, pues, panda de cobardes, venid a por mí.
Las figuras encapuchadas se movieron por fin.
Tres espadas golpearon a la vez, su acero atravesó su carne.
Una hoja se hundió en su costado.
Otra le hizo un corte profundo en el hombro.
La tercera se clavó en su abdomen.
El cuerpo del caballero se sacudió, pero no retrocedió; no cayó.
Entonces extendió la mano y la cerró en torno a la empuñadura de su espada rota.
Aunque partida por la mitad, aunque inútil como arma, la levantó y la colocó contra su pecho, sobre su corazón.
Sin embargo, aun cuando las fuerzas lo abandonaban, no cayó; su espalda permaneció recta.
La sangre empapó la piedra, extendiéndose como un espejo oscuro.
Las figuras encapuchadas retrocedieron mientras observaban al caballero que seguía de pie ante ellas.
La luz en los ojos del caballero se atenuó, su aliento desapareció, pero él permaneció mirándolos como si estuviera listo para atacar en cualquier momento.
Lucen estaba asombrado por la escena; sintió que algo surgía en su interior.
«Como era de esperar, con estas visiones tipo escena.
Es como ver el clímax de un anime».
Justo cuando Lucen quería ver si la escena continuaba, de repente oyó que lo llamaban por su nombre.
—Lucen.
Era una voz familiar, y poco a poco se hacía más fuerte.
—¡Lucen!
—fue en ese momento cuando la visión se disolvió y todo se volvió oscuridad.
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