Potencia de Fuego Abrumadora - Capítulo 32
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32: ¡Salud 32: ¡Salud En la que se consideraba la mejor posada de Fortaleza de Hierro, un grupo de mercenarios bebía cerveza y comía con ganas.
Algunos de ellos hablaban con bardos que deseaban conocer su historia.
De hecho, mientras la contaban, no solo los bardos, sino todo el mundo en la posada estaba escuchando.
—En realidad, vinimos a las Montañas de Picoenizo para capturar al pequeño líder.
Cuando esas palabras salieron de la boca del mercenario, todos se quedaron de piedra.
—Aun así, el pequeño líder nos dijo que no teníamos que hacer aquello en lo que no creíamos.
Nos prometió un futuro lleno de honor y gloria.
Un futuro donde podríamos elegir por qué vivir y por qué morir.
Dijo…
que nos mostraría un gran sueño.
Mientras la voz del mercenario resonaba por la posada, los oyentes podían imaginárselo.
El hijo del noble, Lucen Thornehart, erguido ante una banda de mercenarios, ofreciéndoles algo más que monedas.
Era como el comienzo de una historia épica de las que cantan los bardos.
—Puede que seamos mercenarios que solo buscan monedas, pero ni siquiera nosotros nos sentíamos del todo cómodos con este encargo.
Mientras hablábamos, fue entonces cuando llegó el dragón.
Era una cosa gigantesca.
El mercenario abrió los brazos de par en par.
—Herido, pero todavía letal.
El suelo tembló cuando rugió.
En el segundo que vimos a esa cosa, estoy seguro de que algunos de nosotros quisimos salir corriendo.
—¿No serías solo tú, Greg?
—bromeó uno de los mercenarios.
—Estoy bastante seguro de que te vi casi meándote encima, Sarah —replicó Greg.
—Que te jodan —masculló Sarah en su jarra, pero hasta ella estaba sonriendo.
Greg continuó entonces con su relato.
—¿Por dónde iba?
Ah, sí, queríamos salir corriendo.
Fue entonces cuando el pequeño líder cargó usando esa arma desconocida suya y apuntó a los ojos del dragón.
—¿Qué clase de arma era?
—preguntó una de las personas en la posada.
—El pequeño líder no quiso decírnoslo, pero parecía una especie de bastón.
Así que, con él distrayendo al dragón, empezamos a atacar la herida del dragón con todo lo que teníamos, pero fue en vano.
La historia de Greg se volvía más tensa y, mientras continuaba con movimientos exagerados, se inclinó hacia delante, bajando la voz para crear efecto.
—Entonces vino la explosión, una especie de magia que nunca había visto.
Abrió un agujero limpio en el costado de la bestia, haciéndola tambalearse, pero no caía.
Fue entonces cuando el pequeño líder se abalanzó y se acercó mucho, con el maná ardiendo en su mano, creando otra explosión.
El dragón se desplomó, apenas aferrándose a la vida, y fue entonces cuando llegamos y lo rematamos.
La posada, que había estado en silencio escuchando la historia, estalló de repente en vítores.
Entonces, alguien se levantó y alzó una jarra.
—¡Por los asesinos de dragones!
Otro le siguió.
—¡Por Lucen Thornehart!
Y toda la posada tronó con vítores:
—¡Larga vida a los asesinos de dragones!
—¡Larga vida a Lucen Thornehart, el Asesino de Dragones!
Mientras todos disfrutaban de la comida y la cerveza, alguien inesperado entró en la posada.
Cuando la gente vio quién entraba, todos guardaron silencio.
—¿Qué te trae por aquí, pequeño líder?
—dijo Harlik mientras se acercaba a Lucen, que acababa de entrar.
—He venido a traeros buenas noticias —sonrió Lucen con una mueca de aspecto feroz.
Harlik enarcó las cejas.
—¿Qué es?
La sonrisa de Lucen se ensanchó.
—Bajo el decreto del Duque de Stellhart, el grupo de mercenarios antes conocido como los Mercenarios de Harlik operará ahora bajo mi mando.
Hizo una pausa de un segundo, dejando que las palabras flotaran en el aire.
—Y de ahora en adelante serán conocidos como Espina Colmillo.
Hubo un instante de silencio tras escuchar el anuncio de Lucen, y en ese silencio, un mercenario alzó la voz.
—Así que ya no nos llamaremos los Mercenarios de Harlik.
¡Ja, ja, ja, Espina Colmillo, por fin un nombre decente para nuestro grupo!
—¡Eh, capullo de mierda!, ¿qué tenían de malo los Mercenarios de Harlik?
¿Estás diciendo que mi nombre es una puta mierda?
—Harlik le hizo una peineta al mercenario que acababa de hablar.
—Al menos eres consciente de ello, exjefe —terció otro mercenario, lo que hizo reír a los demás.
—¡Que os jodan, cabrones!
—Harlik agarró una jarra de cerveza y se la bebió de un trago, mientras les hacía una peineta a los otros mercenarios—.
Aun así, Espina Colmillo suena como un buen nombre para nosotros.
Renz alzó su jarra y gritó.
—¡Por Espina Colmillo!
Una oleada de risas, gritos y jarras chocando estalló por toda la sala.
La gente que por fin asimiló lo que había oído también alzó sus jarras y gritó.
—¡Por Espina Colmillo!
—Oh, me alegro de haber venido aquí —dijo uno de los bardos presentes con emoción mientras escribía algo en su pergamino.
***
En los días siguientes, con la ayuda de los bardos, los rumores sobre la matanza del dragón empezaron a extenderse por todas partes.
Cada bardo tenía una forma diferente de contar la historia, pero la que a la mayoría de la gente le gustaba oír era la de un bardo desconocido de Fortaleza de Hierro.
En cumbres que Picoenizo ensombrecía,
donde nieve y fuego con la muerte danzan,
un dragón despertó con furia impía,
su aliento llama, su corazón, escarcha.
Pero surgió un niño de fuego plateado,
con ojos de rubí y corazón inspirado.
Ni caballero ni señor con hoja en mano,
un niño que se atrevió a hacerle frente ufano.
Se enfrentó a la bestia con rugido de trueno,
con magia extraña, nunca antes vista en el reino.
Ni acero, ni hechizo de tomo fue extraído,
sino fuego que moldeó, del alba al sol caído.
Danzó en torno a la muerte con paso audaz,
hasta que el fuego talló del dragón la faz.
Entonces llegó su banda, almas rudas de guerra,
mercenarios, ahora algo más sobre la tierra.
Por monedas vinieron, por monedas se quedaron,
pero en su sueño, sus corazones se entregaron.
Lucharon a su lado, golpeando al unísono,
hasta que el aliento de fuego al fin se consumió.
En Fortaleza de Hierro, la historia se narró,
de lazos que el peso del oro no compró.
Entre cerveza y vítores, nuevo nombre encontraron,
y a la justa fama, como Espina Colmillo se alzaron.
Así que alzad las copas, que las canciones resuenen,
de batallas fieras y corazones que jóvenes se mantienen.
Los niños que escuchaban la historia estaban encantados y soñaban con ser como el noble Lucen, quien, a pesar de ser joven como ellos, salió victorioso contra un dragón.
Algunos querían ser como los mercenarios que podían hacer frente a la desesperación y que lucharon junto a Lucen.
Los hombres y mujeres adultos de toda clase y condición, que escuchaban las historias, también se sintieron inspirados y aclamaron a los asesinos de dragones.
***
Mientras la gente común vitoreaba, los nobles reaccionaron de forma diferente.
La derrota de un joven dragón de fuego era una hazaña increíble, pero que un joven que ni siquiera había alcanzado la mayoría de edad, junto a una heterogénea banda de mercenarios, derrotara a un ser así era increíble.
Por supuesto, todavía había muchos que estaban asombrados por la hazaña.
—¿Es cierto ese rumor?
—Hubo muchos testigos, ¿no es así?
—Quién diría que el enfermizo hijo del Duque de Hierro resultaría ser así.
—Así que la próxima generación de los Thorneharts seguirá siendo un monstruo.
—Supongo que es lo que cabría esperar de un Thornehart.
Conversaciones similares tenían lugar en diferentes círculos nobiliarios.
En cuanto a los que enviaron a sus espías, casi todos habían sido purgados.
—¡Maldita sea, maldita sea, malditos todos!
El mercader Edrim golpeó su mesa con rabia.
Ya no podía contactar con ninguno de los espías en Fortaleza de Hierro, lo que significaba que o bien habían sido capturados o asesinados.
—Pensar que ese puto Duque ha sido capaz de hacerse con algo tan valioso como el cadáver de un dragón…
Ya he perdido muchos tratos por culpa de ese cabrón, y ahora tiene algo más valioso y ni siquiera puedo llevarme un trozo.
Edrim rechinó los dientes con frustración.
—Será mejor que hable con el segundo príncipe, tenemos que sacar algo de esto.
De ninguna manera voy a aceptar una pérdida.
***
—El hijo del Duque de Hierro, de quien se decía que era un niño enfermizo y sin poder, fue capaz de dirigir a un pequeño grupo de mercenarios para derrotar a un joven y herido dragón de fuego.
¿Es esto real?
El Vizconde Cedric Darenthal leyó el informe final de los espías antes de perder el contacto.
—Pensar que ha habido otra purga de espías en Stellhart después de que empezaran a extenderse los rumores de la matanza del dragón —suspiró Cedric.
—Ahora también está esa extraña arma de la que no dejan de hablar, por lo que vieron los espías y lo que cantan los bardos, un arma que hace un ruido atronador.
¿Era eso lo que estaba fabricando el Duque de Hierro?
¿Fue esa la razón por la que llamó a esos artesanos?
Cedric se masajeó las sienes.
—El Duque de Hierro también purgó a los espías ocultos en Stellhart.
¿Va a hacer otro gran movimiento?…
¿Qué ha pasado?
No era tan impredecible antes.
¿Qué ha cambiado?
—Cedric miró los informes de los últimos meses.
—Lucen Thornehart, la variable cambiante…
***
En cierto campo de entrenamiento, numerosos escuderos yacen inconscientes en el suelo.
Una llamativa joven de largo cabello carmesí trenzado que ardía como el fuego contra su pálida piel.
Sus ojos azul gélido destacaban con agudeza, tranquilos, penetrantes e indescifrables.
Esta joven y hermosa doncella sostenía una espada larga en la mano.
Aunque solo tiene doce años, se comporta con la compostura de una duelista experimentada.
Su complexión delgada está afinada por el entrenamiento constante, y su postura habla de una disciplina inculcada desde la infancia.
Su uniforme ajustado se ceñía a una complexión delgada afinada por la batalla, con las manos envueltas en guantes sin dedos.
Acababa de derrotar a los escuderos.
—Mi querida hija, ¿te has enterado?
El hijo de mi mejor amigo, Vardon, se ha hecho famoso.
Se dice que tenía una magia única que usó para derrotar a un joven dragón de fuego herido.
¿Te acuerdas de él?
El niño enfermizo con el que solías jugar cuando erais más pequeños.
Supongo que ya no está enfermizo.
Quien hablaba era un apuesto hombre de mediana edad con el mismo pelo rojo que la joven doncella.
Llevaba ropas más bien holgadas y una espada gigante a la espalda.
Era un hombre alto, de hombros anchos, con una complexión poderosa forjada por décadas de batalla.
Este era uno de los cuatro Duques de Norvaegard, la espada más fuerte, el Duque Kaelvar Runescar, y la joven doncella con la que hablaba era su hija, Elyra Runescar.
Cuando Elyra escuchó las palabras de su padre, miró la espada en su mano y luego el cielo azul sobre su cabeza.
—…
Lucen Thornehart…
—murmuró el nombre en voz baja.
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