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POV de un Extra: Mi Obsesiva Prometida Villana Es el Jefe Final del Juego - Capítulo 328

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  4. Capítulo 328 - Capítulo 328: Cordillera del Escalofrío
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Capítulo 328: Cordillera del Escalofrío

El viento se volvió aún más frío a medida que el grupo ascendía por las montañas.

La nieve azotaba sus capas y capuchas; cada paso crujía bajo sus gruesas botas.

El sendero se estrechaba peligrosamente, obligándolos a caminar en fila india por cornisas heladas que descendían abruptamente hacia el olvido.

Dario iba al frente, con su sombrero de paja espolvoreado de nieve y las manos a la espalda, como un hombre que da un paseo casual a pesar de la caída mortal a solo unos metros de distancia.

Espina caminó a su lado cuando el sendero volvió a ensancharse y alzó la vista hacia el escarpado camino que tenían por delante. —¿Y bien? ¿Hacia dónde nos dirigimos exactamente?

Dario sonrió, sin aminorar el paso. —¿Ves ese acantilado de ahí adelante? Una vez que lo escalemos, llegaremos al borde de la Cordillera del Escalofrío.

—¿Cordillera del Escalofrío? ¿Se supone que eso es una buena noticia?

—En cierto modo. Depende de cómo se mire —dijo Dario con una risita—. Pero es lo mejor que tenemos. Es casi imposible llegar al Séptimo Pico desde este lado de la cordillera si no es a través de la Cordillera del Escalofrío. Todo lo demás es un páramo helado o un despeñadero sin salida. ¿Y lo peor? Que está todo plagado de monstruos.

Espina frunció el ceño. —¿Y qué tiene de… mejor la Cordillera del Escalofrío?

—Es silenciosa —respondió Dario—. Y es fundamental que siga así.

Lilith, que caminaba justo detrás de ellos, se irguió, atenta. Entrecerró los ojos. —Explícate.

Dario suspiró y su aliento formó vaho en el aire. —Hay un monstruo que duerme bajo la Cordillera. Nadie conoce su nombre. Nadie quiere averiguarlo.

—Se entierra bajo la nieve y la roca, y es tan enorme que, incluso dormido, moldea el terreno. Puede controlar el viento y el hielo, y lo hace por instinto hasta cuando duerme.

Ren entrecerró los ojos. —¿De qué clase de peligro estamos hablando?

—Si hacéis suficiente ruido como para perturbar sus sueños —dijo Dario, bajando la voz—, el viento empezará a cortar como cuchillas. Luego vendrá la tormenta. Y después, la avalancha.

—Y si el monstruo llega a despertarse… bueno, digamos que nadie que lo haya presenciado ha vivido para contarlo.

Un silencio tenso se apoderó del grupo.

—Así que… —añadió Dario con una sonrisa, tratando de aligerar el ambiente—, procuremos ser unos invitados educados.

El sendero terminaba en un acantilado totalmente vertical.

Ren alzó la vista. Se elevaba casi cincuenta pies; era escarpado, pero escalable si se tenía cuidado. Salientes helados sobresalían de la pared como dientes aserrados.

Dario saltó a una estrecha cornisa y empezó a subir como si lo hubiera hecho un centenar de veces. Y probablemente así era.

—Subid despacio —les gritó desde arriba—. De uno en uno. Y sin movimientos bruscos.

Subieron en parejas, con Dario guiando desde arriba y Espina asegurando desde abajo.

Lilith y Ren treparon con fluidez. Nero y Contessa se movieron con una gracia sobrecogedora, sin desplazar ni un solo guijarro. Era como si la montaña hubiera decidido no percatarse de su presencia.

En la cima, el viento cambió.

Se volvió perezoso.

El aire estaba enrarecido. Las nubes, bajas y pesadas, proyectaban una luz gris y mortecina sobre todo el paisaje. El efecto era desorientador.

Habían llegado a la Cordillera del Escalofrío.

Una larga y estrecha extensión de terreno se abría ante ellos: un corredor de roca cubierta de nieve, flanqueado por muros de piedra helada.

Había silencio. No solo calma, sino un silencio sepulcral. Hasta el viento parecía contener el aliento. Era un silencio que oprimía los oídos y hacía que cada latido del corazón sonara como un tambor.

Dario alzó una mano y habló en un susurro. —A partir de ahora, nada de hablar en voz alta. Pisad con cuidado. Nada de combatir, a no ser que sea absolutamente necesario. La Cordillera escucha.

Espina asintió. —Entendido —susurró.

Emprendieron la marcha.

Cada paso se hundía en la nieve blanda. El terreno era irregular y estaba lleno de hoyos en algunas zonas.

Ren no les quitaba ojo a Nero y a Contessa, pendiente de cada uno de sus movimientos.

Ambos se mantenían juntos, moviéndose con una sincronía perfecta, sin perder nunca el paso. De vez en cuando, uno hacía un gesto y el otro respondía sin mediar palabra.

Avanzaban con lentitud. Parecía que cada respiración pudiera desatar una catástrofe. Ren era hiperconsciente de cada crujido de la nieve, de cada roce de sus botas.

Habían recorrido un tercio de la cordillera cuando el silencio se hizo añicos.

Se oyó un retumbo grave, y a continuación un rugido que hizo añicos el silencio como si fuera cristal.

De detrás de un peñasco, una bestia enorme apareció de un salto. Su pelaje era dorado y su melena ondulaba, cargada de poder elemental. El León de Nemea.

Rugió de nuevo, y el sonido hizo temblar la nieve bajo sus pies.

La montaña respondió.

Una ráfaga de viento se abalanzó sobre ellos, afilada como una navaja y cargada de esquirlas de hielo. La nieve estalló hacia arriba en una oleada, y una tormenta se formó al instante tras la bestia.

Dario se arrojó detrás de un peñasco, aplastándose contra la piedra.

Contessa dio un paso al frente y alzó ambas manos. Al instante, un muro de luz pura se materializó alrededor del grupo. Era liso, translúcido y de un brillo cegador. El muro palpitó una vez al absorber el impacto.

La tormenta los golpeó.

El viento aulló y el hielo chirrió contra la luz. Ren se agachó, cubriéndose el rostro. Lilith se afirmó para resistir la fuerza, con los brazos cruzados y un leve destello emanando de su aura. Espina gruñó y se aferró a su capa.

La presión era inmensa. La tormenta los embestía como si fuera un ser vivo.

Y entonces, pasó.

La tormenta se desvaneció.

Contessa bajó los brazos. Los muros de luz se disolvieron en destellos que se hundieron silenciosamente en la nieve.

—Mierda —masculló Dario.

Y ante ellos, el León de Nemea permanecía ileso.

El corazón de Ren martilleaba en su pecho. Podía ver a la bestia tomando aire para un segundo rugido. Iba a hacerlo otra vez.

Si rugía de nuevo, vendría otra tormenta. Quizá una peor. Quizá lo bastante fuerte como para despertar a la cosa que dormía bajo ellos.

Nero se movió.

Avanzó como un borrón y la oscuridad se desplegó a su espalda como si fueran alas mientras cruzaba la nieve a toda velocidad. Su capa se agitó y de ella brotaron zarcillos de sombra en espiral.

El león se giró, con los ojos en llamas.

Nero atacó primero. Una lanza de energía del vacío se clavó en el hombro del león, obligándolo a retroceder. La bestia volvió a rugir, pero no con la fuerza suficiente para desatar otra tormenta.

Se abalanzó.

Nero le hizo frente en silencio.

La oscuridad envolvió sus puños y los hundió en el pecho del león. Intercambiaron golpes: las garras desgarraban las sombras y el vacío fustigaba como tentáculos.

El suelo tembló bajo sus pies. La nieve se dispersó en remolinos.

Entonces, Nero se desvaneció.

Reapareció detrás del león, con una mano en alto.

Y la descargó con violencia.

Una oleada de oscuridad engulló al león y lo aplastó contra la nieve. La bestia profirió un aullido, un grito largo y furioso, antes de que su voz se apagara de golpe.

Cuando las sombras se retiraron, el León de Nemea yacía inmóvil.

Muerto.

El silencio regresó.

El grupo se quedó mirando, paralizado.

Ren sintió que se le tensaba la mandíbula.

Ya había visto luchar a Nero cuando llegaron a Ur. Pero esto era otra cosa.

Ahora lo comprendía.

Eran poderosos.

Muy poderosos.

Más de lo que habían previsto.

Quizá demasiado.

Si llegaran a enfrentarse, Ren no estaba seguro de poder ganar.

No sin sufrir bajas.

Y tal vez, ni siquiera pudieran ganar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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