POV de un Extra: Mi Obsesiva Prometida Villana Es el Jefe Final del Juego - Capítulo 352
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Capítulo 352: El Último Anillo
Ren regresó al claro tropezando, con pasos pesados, la capa hecha jirones y veteada de sangre.
Una parte era suya y otra no, pero toda se estaba secando en sus brazos y cuello.
Su Armadura de Enredaderas había desaparecido, la habilidad desactivada, dejando solo su túnica y sus pantalones maltrechos. A pesar de su estado harapiento, sonreía.
Lilith se puso de pie de un salto y cruzó el espacio que los separaba en un instante.
—¡Has vuelto! —sonrió, dándole un fuerte abrazo sin que le importara la suciedad y la sangre de su cuerpo—. Te eché de menos.
Ren le dedicó una sonrisa torcida. —¿No he estado fuera tanto tiempo, o sí?
—No importa —murmuró contra su pecho, antes de apartarse—. Te echo de menos.
Espina también se había puesto de pie, con la boca ligeramente entreabierta. —Pareces un trozo de carne cocinándose sobre el fuego.
Ren se rio y se dejó caer junto a un árbol; su espalda golpeó la corteza con un ruido sordo y satisfactorio. —Deberíais ver cómo quedó el otro.
—¿Lo mataste? —preguntó Lilith, arrodillándose a su lado.
Él asintió. —Sí. El grande ha caído. Le aplasté el cráneo. Pero…
Dejó la palabra suspendida en el aire mientras se secaba el sudor de la frente.
—¿Pero? —repitió Espina con cautela.
Ren exhaló, todavía sonriendo, pero su tono había cambiado. —No permanece muerto.
Sus palabras cayeron como un jarro de agua fría.
Ren apoyó la cabeza en el árbol. —Las defensas de El Don Divino son mucho más fuertes que a las que me enfrenté cuando fui a reclamar Mejora Sin Restricciones.
—En aquel entonces, las defensas de Mejora Sin Restricciones reflejaban su naturaleza como un Don que empezaba de la nada y ganaba fuerza de forma lenta pero segura. Y una vez que el guardián moría, permanecía muerto.
—Este… —echó un vistazo hacia el dosel, como si pudiera ver el latido de la jungla en las hojas—, tiene más poder de ataque. Eso significa que sus defensas tienen varias capas.
Lilith frunció el ceño. —¿Entonces los orangutanes…?
—Revivirán. Todos. Incluso el jefe —dijo Ren cerrando los ojos—. No de inmediato. La energía del Don tardará unas horas en completar su ciclo y volver a animarlos.
Espina se desplomó en el suelo con un gemido. —Entonces, a descansar. Porque estoy a dos resuellos de que me dé un infarto.
Ren se hizo crujir el cuello. —Descansar. Comer. Reagruparse. Y luego nos pondremos en marcha otra vez.
Lilith no respondió de inmediato. Se limitó a sentarse a su lado, tan cerca que su hombro rozaba el de él.
Ren metió la mano en su bolsa y sacó una cantimplora y algo de carne seca. Mientras masticaba la cecina, deslizó la mano por el aire para abrir su página de habilidades. Dos entradas parpadearon ante sus ojos.
[Habilidades:]
[Hipnosis]
[Armadura de Enredaderas]
Sus ojos recorrieron los detalles de Hipnosis.
[Hipnosis]
[Puedes inducir un trance en un único objetivo.]
[Duración: 15 minutos.]
[Tiempo de recarga: 48 horas]
Suspiró. La habilidad seguía siendo tan inútil como antes. Poder controlar a una sola persona durante quince minutos. Estaba seguro de que algún día llegaría la oportunidad de usarla, pero ese día no era hoy.
Bajó la vista hacia los detalles de Armadura de Enredaderas.
[Armadura de Enredaderas]
[Protégete con una bioarmadura hecha de enredaderas, capaz de adaptarse y regenerarse en tiempo real.]
Se quedó mirándola, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
A diferencia de Hipnosis, que empezaba siendo débil y con el tiempo podía volverse más fuerte, la Armadura de Enredaderas era estática. Una constante defensiva.
No mejoraba con la práctica ni requería concentración emocional. Simplemente existía. Enredaderas resistentes que podían brotar de su piel para formar un traje viviente, respondiendo a sus movimientos como una extensión de sí mismo.
Ya la había probado lo suficiente como para comprender sus límites y su potencial.
La durabilidad era alta y la flexibilidad, decente. Podía regenerarse del daño, siempre y cuando tuviera suficiente energía anímica.
Pero lo más importante era que lo potenciaba físicamente. No actuaba solo como armadura, sino como una musculatura externa, permitiéndole hacer más mientras la llevaba puesta.
Cerró el panel con un pensamiento.
El calor del árbol a su espalda y los suaves ronquidos de Espina ya lo hacían sentir un poco más anclado a la realidad.
Lilith se apoyó en él y dejó que su cabeza descansara sobre su hombro.
—Lo has hecho bien —murmuró.
Ren cerró los ojos, disfrutando del momento de descanso. —Aún no hemos terminado. Pero ya casi lo logramos.
Y así se relajaron.
Tras lo que pareció un simple parpadeo de descanso, Ren se puso en pie, haciendo crujir los hombros con un leve chasquido.
Bajó la mirada hacia Espina y Lilith; ambos ya se removían, intuyendo su movimiento.
—En marcha —dijo Ren sin más.
No hubo protestas ni vacilaciones. Sabían lo que estaba en juego.
Se adentraron en la jungla a toda prisa. Aún les dolía el cuerpo y tenían los músculos agarrotados, pero no aflojaron el paso. No había tiempo para ello.
La jungla se volvía borrosa a su alrededor. Las ramas se quebraban a su paso, las enredaderas les arañaban la piel y las hojas les abofeteaban la cara. Pero nada de eso importaba.
Ya casi llegaban.
Ren podía sentir que el final de la jungla se acercaba. El aire empezó a enfriarse, pasando de un calor húmedo a un frío lento y penetrante. La oscuridad comenzó a disiparse, la penumbra dio paso a una suave luz grisácea más adelante.
Entonces un sonido llegó a sus oídos.
Un ulular grave. Tenue. Resonando a través del dosel.
Luego otro.
Y otro más.
El sonido se intensificó como el latido de un corazón.
Ren no miró atrás.
—¡Más rápido! —gritó, forzando las piernas al máximo.
Lilith apareció a su lado, cuchillos en mano. Espina gruñó tras ellos, mientras un segundo aliento avivaba sus pulmones en llamas.
Los ululares se hicieron más fuertes, ahora eran docenas, seguidos por el crujido de las ramas, el susurro de las hojas y los profundos gruñidos de algo grande y furioso que despertaba.
Los estaban persiguiendo.
Otra vez.
Una sombra pasó por encima de sus cabezas: un orangután que ya se movía por las copas de los árboles con una velocidad aterradora.
—¡No os detengáis! —ladró Ren.
El final de la jungla ya estaba a la vista, una abertura de un gris suave más allá de la negrura. La luz de la tarde se filtraba entre los enormes troncos que tenían delante.
Una silueta cayó hacia ellos desde arriba, con la boca abierta y las garras extendidas.
Ren levantó ambas manos. —¡Empuje!
El orangután salió disparado de lado contra la arboleda, quebrando madera y huesos al desaparecer en la oscuridad.
Y entonces, salieron.
Salieron de la jungla como una exhalación, con los pulmones en llamas y el corazón desbocado, y se detuvieron en seco.
Ante ellos se extendía el primer anillo.
La ventisca.
El viento rugía en la ladera de la montaña, y la nieve azotaba en todas direcciones.
La visibilidad se redujo a cero. Todo lo que podían ver ante ellos era un muro blanco, denso y cambiante, que se lo tragaba todo.
En su interior no había cielo ni tierra. Solo el frío penetrante, el viento afilado como una navaja y el interminable remolino de nieve.
Ren se quedó quieto, con el pecho subiendo y bajando. A sus espaldas, los ululares de los orangutanes habían cesado, pero solo porque no saldrían de la jungla. No podían.
Miró al frente, con los ojos entrecerrados.
Aquella tormenta no era natural. En absoluto. La nieve no caía. Se retorcía y danzaba, desafiando la gravedad, a la espera de atrapar a cualquiera que se adentrara en ella.
Espina se puso a su lado. —Ahí dentro no se ve a más de dos metros.
—No —dijo Ren en voz baja—. Pero si logramos cruzar…
Lilith se situó al otro lado, con los ojos brillando tenuemente. —Entonces El Don Divino será nuestro.
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