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POV de un Extra: Mi Obsesiva Prometida Villana Es el Jefe Final del Juego - Capítulo 402

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  4. Capítulo 402 - Capítulo 402: Una canción de hielo y relámpago
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Capítulo 402: Una canción de hielo y relámpago

—Recoge tu espada, Terence. Y prepárate… para morir.

Los dedos de Ren se cerraron en torno a la empuñadura de su maltrecha espada mientras se esforzaba por ponerse en pie.

A estas alturas, estaba más que agotado, pero el fuego de su pecho ardía con más intensidad que el dolor de sus extremidades.

Alzó la mirada y se encontró con la de Myra, tranquila, firme y totalmente imperturbable y, sin pensárselo dos veces, se abalanzó hacia delante.

La distancia entre ellos se desvaneció en un instante.

Su hoja trazó un arco limpio hacia el costado de ella, apuntando a la juntura de su armadura. Myra giró el cuerpo con despreocupación, lo justo para que la espada chirriara inofensivamente sobre la placa curva.

Antes de que pudiera recuperarse, el brazo de ella salió disparado y el pomo de su espada se estrelló contra sus costillas. El aire se le escapó de los pulmones al sentir cómo algunas se quebraban, pero apretó los dientes y pivotó para lanzar otro tajo.

Ella ni siquiera se inmutó. Su hoja ascendió, detuvo su golpe y lo desvió con una facilidad insultante.

Ren giró para intentar un segundo golpe en el hombro de ella, pero su movimiento se volvió un borrón, más rápido de lo que sus ojos podían seguir, y su espada volvió a interceptar la de él. La onda expansiva del impacto le recorrió los brazos.

Y entonces llegó el momento que tanto temía. Myra se posicionó en ángulo, permitiendo que el propio impulso de Ren estrellase su arma contra el grueso blindaje de su costado.

El metal no cedió; su espada, sí. El acero mellado se partió con un fuerte crujido, haciéndose añicos.

Ren se quedó mirando una fracción de segundo los restos irregulares que sostenía en la mano antes de que el guantelete de Myra impactara contra su pecho.

La fuerza lo mandó por los aires. Dio una vuelta, luego otra, con el mundo girando a su alrededor antes de que su cuerpo se estrellara con fuerza contra el suelo.

El dolor le brotó en la espalda, el hombro, la cadera, y de nuevo al rebotar contra los adoquines y derrapar hasta detenerse varios pasos más allá.

Cuando alzó la vista, Myra ya caminaba hacia él, cada paso lento, con el arrastrar de sus botas resonando en el silencio.

—El mundo —comenzó, con una voz que le llegó sin dificultad—, está lleno de gente que no sabe lo que quiere.

Sus ojos se mantuvieron fijos en él mientras acortaba la distancia. —Van a la deriva por la vida, siguiendo a la multitud. Se aferran a posesiones, títulos y metas, no porque realmente los deseen, sino porque quieren que otros vean que los tienen.

Se detuvo justo fuera de su alcance, con una expresión que era una mezcla de desdén y convicción.

—Dime, ¿está mal si unos pocos se alzan para ayudar a esa gente a elegir? ¿Para despojarlos de sus ilusiones y darles vidas donde puedan ser felices y plenos, sin el lastre innecesario de las falsas presiones del mundo?

Ren apretó con más fuerza la empuñadura rota y entrecerró los ojos.

—Ese —dijo ella con sereno orgullo— es el objetivo del Coro Silencioso. Sométete a nosotros, Terence Ross. Abandona esta lucha y podrás formar parte de algo más grande que tú mismo.

Por un momento, ninguno de los dos se movió.

Entonces Ren exhaló, obligándose a ponerse en pie, con la espada rota aún en una mano.

—No me interesa —dijo. El sonido no salió de su boca, pero Myra supo lo que acababa de decir.

Su otra mano se hundió en la bolsa espacial que llevaba en la cintura. Le costó un gran esfuerzo; cada movimiento se sentía torpe bajo la influencia del Fragmento, pero la empuñadura de cuero de otra espada terminó por deslizarse en su palma.

La desenvainó, y el acero relució débilmente bajo la luz tenue.

Los ojos de Myra se posaron en la nueva arma y exhaló lentamente.

—Que así sea.

Y activó sus poderes.

A sus pies, la escarcha brotó en patrones irregulares, extendiéndose hacia fuera como una telaraña de hielo reluciente. La capa helada se propagó con rapidez y el aire a su alrededor crepitó débilmente.

Chispas de electricidad danzaban por los bordes de la escarcha, saltando de veta en veta en estallidos de luz azul.

El frío caló en las botas de Ren, incluso antes de que la escarcha lo alcanzara.

Myra permanecía en el centro de todo, su armadura reflejando los destellos de las chispas danzantes. Levantó una mano hacia él, y su expresión se endureció en un desafío.

—Atácame, Terence —dijo—. Muéstrame el poder que tienes para respaldar tu decisión.

Ren se movió.

La escarcha crujió bajo sus botas cuando se abalanzó, con la espada en la mano convertida en un borrón plateado.

Aunque Mejora Sin Restricciones no estaba activa, cada habilidad que el Don Divino le había ayudado a mejorar había quedado grabada a fuego en sus huesos.

Sus habilidades con la espada, su anticipación, su sincronización, todo.

Su juego de pies era impecable mientras luchaba; cada paso que daba lo situaba en el ángulo perfecto para un corte.

Lanzó un tajo bajo hacia la juntura de la muslera de Myra, girando la muñeca para dirigir la hoja hacia arriba.

La espada de ella chocó contra la de él con un estruendo que resonó en el aire. La escarcha bajo sus pies se fracturó en el lugar, esparciendo fragmentos. Ella lo empujó hacia atrás, y la fuerza de su bloqueo casi lo hizo perder el equilibrio.

Se recompuso al instante, avanzando con una finta alta con una de sus espadas para luego atacar sus costillas con la otra. La espada de ella descendió para parar el golpe, y saltaron chispas cuando ambas hojas chocaron.

La mente de Ren estaba en calma, calculando trayectorias, tiempos y distancias. Cada golpe estaba optimizado para mantenerlo en la lucha por más tiempo.

Pero Myra era un muro.

Era tanto más fuerte que él que, en ese momento, se sintió como un mosquito.

Cada vez que intentaba atravesar sus defensas, ella respondía con el doble de fuerza. Su velocidad era antinatural; su espada, una estela de plata envuelta en electricidad.

Un rápido giro de su muñeca desarmó su siguiente ataque, y su contraataque le abrió un corte ardiente en el costado. Él no se detuvo; o, mejor dicho, no podía detenerse.

Volvió a la carga. Esta vez, ella esquivó su estocada con un paso lateral, y su guantelete brilló con un hielo que ascendió por el brazo con el que Ren empuñaba la espada.

Un dolor helado, como de congelación, brotó en su brazo y, en el mismo movimiento, ella pivotó y le rebanó el abdomen. Su cuerpo cayó en dos mitades, desplomándose sobre el suelo helado.

Un Relámpago brilló sobre el hielo. Lo atravesó como una lanza, friendo cada nervio de su torso cercenado.

Luego, la escarcha volvió, filtrándose en la carne, inmovilizándola y haciendo que su regeneración aullara por el esfuerzo.

Aun así, el cuerpo de Ren se recompuso; la carne y los huesos se reconectaron en pulsos húmedos y humeantes. Avanzó tambaleándose, con la espada aún en la mano.

Myra entrecerró los ojos. Su espada descendió en un arco brutal, partiéndolo en diagonal desde el hombro hasta la cadera. Ni siquiera hizo una pausa. Girando sobre sus talones, blandió la espada en la dirección contraria y le cortó la cabeza.

Durante unos instantes, el mundo se inclinó de lado desde su punto de vista. Luego, zarcillos de músculo y tendón volvieron a unirse, colocando su cráneo y su columna en su sitio hasta que su visión se normalizó.

Ella estaba de pie junto a él, con la espada sujeta con laxitud a un costado.

—Te estás cansando —dijo ella, en un tono casi de conversación—. No sé cómo lo haces…, pero tu regeneración es cada vez más lenta.

Su voz era tranquila, segura de su victoria. —Muy pronto, dejarás de levantarte. Muy pronto, te mataré para siempre.

Ren no dijo nada. Aunque dejara de luchar, no moriría. No hasta que alguien deshiciera los hilos que mantenían unidos su cuerpo y su alma.

Sin embargo, en su mente, ya estaba haciendo cálculos. Trazando un mapa del combate. Catalogando lo que había visto. Probando y descartando posibilidades hasta que solo quedó una.

Un curso de acción que era simple y que sería suicida si no fuera, en esencia, inmortal.

Un solo golpe. Eso era todo lo que hacía falta para ganar, pero para poder asestarlo, primero tendría que morir.

Tendría que atraerla, hacerle creer que lo había aniquilado por completo y, entonces, asestar el ataque final en el instante en que ella bajara la guardia.

Exhaló lentamente, sintiendo cómo su aliento formaba vaho en el gélido silencio.

Flexionó las rodillas. Apretó la mano en la empuñadura. Clavó sus ojos en los de ella.

Entonces, sin decir palabra, Ren se puso en pie una vez más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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