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Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Perfectos mentirosos
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10: Perfectos mentirosos 10: Perfectos mentirosos Cap.

10 Perfectos mentirosos.

No te enamoras, solo son apariencias.

No caigas, no te expongas a que te partan el corazón.

Pero, la tarea se hacía difícil, todos los días era una lucha constante entre la razón y mis estúpidos sentimientos.

Esas eran las frases que me repetía una y otra vez en la cabeza, justo cada vez que un periodista o alguien influyente en los medios nos interceptaba en “la fiesta familiar”.

La más molesta era una reportera de The Economist .

Sospecho que en algún momento tuvo algo con mi “esposo”.

Las preguntas incisivas y las miradas que le lanzaba a Alex lo decían todo.

Él, por supuesto, se limitó a responder con esa amabilidad medida que lo caracteriza.

Pero, yo conocía la aspereza en cada una de sus palabras.

—Señor Harrington, ya nos ha contado sobre la fusión de las empresas Harrington-Caparano, pero según mis investigaciones, eso a usted le genera más una pérdida que una ganancia.

Dígame, ¿por qué decidió invertir en una corporación en ruinas?

¿Lo hizo por amor a su esposa?

¿Fue por eso que se casaron?

Porque los rumores dicen que usted y la señora Bárbara Harrington se unieron únicamente por un acuerdo entre las dos familias y mucho dinero.

Yo me tensé en cuanto la mujer comenzó a escupir verdades.

Alex, en cambio, tomó mi mano con una tranquilidad insultante, frotando el dorso con sus dedos, dibujando círculos que, de una extraña manera, me calmaban.

Pero por dentro, tenía ganas de saltar sobre la periodista con cuerpo de modelo.

La única con el descargao suficiente para hacer esa clase de preguntas.

—Dime tu nombre y para quién trabajas.

—Alexander le sonó a la rubia, pero yo conocía bien ese gesto en él.

—Sophia Denis, de The Economist .

Alexander la observó con tanta intensidad que la chica se encogió un poco en la silla en la que estaba sentada.

—Sophia, respondé sus preguntas una por una.

—La chica ascendió, mientras los demás guardaban silencio, tan tensos como yo.

—Primero, la empresa de mi difunta suegra, Susan Caparano, no está en ruinas.

Está pasando por momentos difíciles debido a la mala gestión y administración de personas incompetentes que no supieron valorar la importancia de sus productos ni el legado de mi esposa.

Su voz era firme, era el empresario hablando en este momento, no el Alexander que conozco tan bien.

—Decidí invertir en cosméticos, como lo he hecho en tecnología, farmacéuticas y equipos médicos de última generación, entre otros ámbitos.

¿Qué clase de esposo sería si no ayudara a mi mujer?

Él sonríe con calidez, y la chica no sabe cómo sentarse.

—Y para responder su segunda pregunta, señorita: sí, lo hice por amor.

Por amor a mi esposa, y por amor al recuerdo de su madre, que siempre fue parte de mi familia.

Me casé con ella después de muchos años de compromiso.

Éramos muy jóvenes, pero cuando al fin nos sentimos listos, simplemente decidimos casarnos y vivir una vida juntos.

Sin cámaras.

Sin show mediático.

Solo la familia…

y nosotros.

Sophia inclinó su cabeza a la izquierda y asintió, con una sonrisa maliciosa en los labios.

— ¿Entonces desmiente que no fue un matrimonio pactado entre las dos familias?

Porque a usted se lo ha visto paseándose con mujeres los últimos años, y su esposa acaba de volver de Alemania.

¿Cómo explica eso?

Alex deja escapar una risita baja, sin dejar de acariciar mi mano con delicadeza.

Luego besa mis labios frente a toda la prensa y vuelve su vista al frente, tranquilo, seguro, dueño de todo.

—Lo siento, no puedo evitar besarla a cada minuto.

—Sonríe para las cámaras.

— Cuando mi esposa y yo nos comprometimos, Barbara tenía dieciocho años y yo veintiuno.

Demasiado jóvenes e inmaduros para echar raíces y con muchas cosas aún por vivir y experimentar.

Tanto ella como yo mantuvimos una relación abierta, pero nuestro amor siguió vivo, ardiente.

Yo me quedé aquí y ella se marchó a estudiar.

Ambos tuvimos claro que nuestro amor era más fuerte y más importante que cualquier aventura.

Hace una pausa y suena con esa seguridad que solo él tiene.

—Ahora estamos casados.

La amo, siempre la amé y por eso soy suyo.

Por eso ella es mía.

¿Algo más que quiera saber sobre nuestra vida personal…

o ya se dio cuenta de que ha cruzado un límite que no debía?

—No quise ofenderlo…

—No, no me ofendiste.

Solo dejaste claro que tu fuerte no es la economía ni el mundo empresarial.

—Su tono es tan cortante como amable cuando la interrumpe—.

Deberías probar suerte en las revistas de chismes y rumores.

Apuesto a que te irá bien.

¿Quieres preguntarle algo a mi esposa, o la ignorarás por más tiempo?

Era una pregunta para mi y otra para mi esposa.

Lejos de incomodarse, la reportera posa los ojos en mí por primera vez, evaluándome, buscando algo que me ponga en evidencia, de demostrar que no soy digna de él.

—Señora Harrington, ¿cómo hizo para domar a su esposo?

Todos aquí sabemos que era un hombre que huía del compromiso.

No le sonreí.

Mucho menos la saludé como hice con los demás.

—Ella tampoco lo hizo—.

Nos lanzamos dardos silenciosos durante unos segundos.

Alexander parecía divertirse, no dejaba de sonreírme, de frotar mi mano, de hacer pequeños gestos con la cara para provocarme.

—Con un látigo.

—La respuesta hizo que todos estallaran en risas y yo también sonriera apenas—.

Alex y yo nos conocemos desde que éramos pequeños, nuestras madres eran mejores amigas, por eso pasamos mucho tiempo juntos.

Nadie me conoce como él, y nadie lo conoce como yo.

El amor que nace en la infancia no se domina, se forja con dedicación.

Eso es todo.

Los dos maduramos y decidimos que ya era hora de formar la familia que siempre quisimos tener.

Oh sí, yo también era buena mintiendo.

Las personas ante nosotros sonrieron, conforme con mi respuesta.

A la reportera, no tanto.

—Y ¿qué hay del amor que dejó en Berlín?

¿Ya se olvidó de Antón Webber?

Maldita.

—Antón y yo no éramos novios.

De hecho, Alex lo conoció personalmente unos días antes de mi regreso, cuando fue a visitarme.

—Él no dijo lo mismo.

Afirmó que tuvieron dos años de relación.

Solté una risa.

—Un hombre que exige dinero para no difundir mentiras jamás podría ser mi pareja.

Antón y yo rompimos nuestra amistad en el momento en que supo quién era mi prometido y quiso sacar provecho.

¿Cuánto les pagaron ustedes para que dijera sus mentiras?

¿También les contó que fui yo quien pagó toda su carrera?

Si tenía a alguien o no en Berlín, con Anton o alguien más es asunto mío.

Como verás…

nada cambió entre Alex y yo.

Estamos casados, tal como lo habíamos planeado hace años.

La rubia no respondió.

Solo se puso roja cuando la deje en ridículo.

Después de unas cuantas preguntas, finalizó la rueda de prensa.

Nos tomaron unas fotos más y me esforcé por no exponer mis sentimientos.

—Creo que hemos terminado.

Ahora queremos celebrar nuestra boda con nuestras familias.

Gracias por venir.

—Alex se puso de pie y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.

Ambos nos despedimos de los periodistas y salimos del salón de la mansión de mis sueños.

—Mentirosa —susurró cerca de mi oído cuando me abrazó por la cintura.

—Lo hiciste bien.

—Aprendí del mejor.

—Yo no mentí cuando dije que te amaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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