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Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 ¿secuestro o salvavidas
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12: ¿secuestro o salvavidas?

12: ¿secuestro o salvavidas?

Él la embiste con la brutalidad de una bestia que no conoce límites.

No hay amor, no hay respeto.

Solo deseo y traición cruda.

Y yo, parada, inmóvil, siendo la idiota que creyó que podría ser feliz con él.

El desgraciado ni siquiera se da cuenta de que lo estoy observando, engañándome con una empleada cualquiera.

Ella gime, él jadea como todas las noches en nuestra cama cuando me hace el amor.

La rubia lo recibe una y otra vez.

“Te quiero.” Dijo Alex esta mañana, después de besarme, justo antes de irse de casa para venir a follarse a esta mujer.

Pero yo me quiero mucho más.

Cierro la puerta sin hacer ruido; no quiero cortarles el polvo a esos dos cuando es obvio que la están pasando bien rico.

He aprendido la lección de la peor forma, pero tengo algo que no podrán quitarme ni con mil contratos prenupciales.

Tengo dignidad.

No haré un escándalo en este lugar.

Por eso rodeo el escritorio de la zorra de Johan y escribe una nota sin apuro, ya que ellos están ocupados.

Como en Berlín hace unos meses, me limpio las lágrimas y respiro hondo, buscando la calma que no hallo por ningún lado.

“Vine a verte con la ilusión de darte una sorpresa, pero la sorpresa me la dieron ustedes dos.

Dijiste que me amabas, que me querías, pero acabo de ver tu amor y no lo quiero.

Hemos terminado, Alex.

Mejor sigue tus aventuras sin verme la cara de idiota”.

Bárbara.

Dejo los anillos sobre la nota y me voy con la frente en alto, sonriendo como una idiota que sabe que todos aquí saben de las actividades de mi esposo.

Imbécil él, y yo también, por no haber sido cuidadosa y por enamorarme del hombre que me dejó claro desde el principio que haría lo que le diera la gana.

No lo creí, y aquí están las consecuencias.

Las personas no cambian, son siempre iguales, solo se camuflan fingiendo ser algo diferente.

Alexander es tan mierda como John, y lo que quería de mí era un hijo, mi bebé.

“Después podrás largarte a donde quieras con una gran suma de dinero y hacer lo que te dé la gana” No fueron sus palabras exactas, pero es lo que recuerdo de ese día.

¡No lo tendrás!

Mi hijo no será su rehén ¡Al carajo él y todos!

Salgo de la empresa limpiándome las lágrimas con rabia.

Nadie me verá destrozada, por eso camino con la espalda erguida y el mentón en alto, sin prisa.

Jack se acerca, pero no le doy tiempo de bajar para abrirme la puerta; lo hago yo misma y subo con rapidez.

—Llévame a casa, por favor.

—No dejo de llorar como una idiota.

Creo que hace silencio por respeto, o porque no sabe cómo preguntarme qué me pasa.

Me da igual.

Quiero llegar a la casa y tomar algo de ropa para largarme de aquí.

Minutos después, cuando por fin dejo de tapar mi cara con las manos, noto que no tomamos el camino de siempre.

Levanto la vista, limpio mi rostro y entonces lo veo: no es Jack quien conduce el vehículo.

Jack me habría preguntado por qué estaba llorando.

Se habría detenido a un costado, habría intentado consolarme.

El tipo al volante me observa por el espejo retrovisor con ojos fríos que parecen hurgar en mi alma.

No hay un atisbo de sonrisa, pero su mirada resulta extrañamente agradable, como si estuviera feliz de verme.

Tiene los ojos más bonitos que vi en mi vida: una fusión perfecta de verde y ámbar, como los de un león.

Su cabello rubio en dos tonos, recogido en un rodete, deja escapar algunos mechones rebeldes que le dan un aire salvaje, hermoso y aterrador a la vez.

Viste un traje negro a la medida, hecho para alguien que no pide permiso ni favores: los exige.

Un tatuaje se asoma por el cuello de su camisa negra y varios más cubren sus manos, como marcas de un delincuente que cuentan historias que prefiero no imaginar.

—¿Y tú quién diablos eres?

—me sale un susurro áspero al darme cuenta de que nos estamos adentrando en la zona rural.

—Pensé que sería más difícil convencerte de subir al auto, pero lo hiciste por tu propia cuenta, Bárbara.

Me hiciste la tarea muy fácil.

—Me entrega una cajita con pañuelos descartables sin perder de vista el camino—.

Tu padre quiere verte, hermosa, y yo te estoy llevando con él.

Es un hombre grande, de ojos claros y aspecto peligroso, y tiene ese aura que te intimida.

–  —Sigues sin decirme quién demonios eres.

¿Y por qué John quiere verme?

No me asusta la situación; he sido interceptada por su secuaz infinidad de veces.

—No sé quién diablos sea John, preciosa.

Pero tu padre se llama Declan Prescott y te está esperando.

—Sonríe encantadoramente, como si me conociera de toda la vida—.

Yo solo estoy aquí para llevarte a casa, a donde perteneces.

A tu verdadero hogar.

Esto debe ser un error.

Seguro se equivocó de persona y se está llevando a la mujer incorrecta.

—Detente.

Obviamente cometiste un error.

Mi padrastro se llama John Beaumont.

Te estás llevando a la persona equivocada.

Déjame bajar para volver a mi casa.

No tengo más tiempo que perder.

Se toma su tiempo mientras conduce, literalmente haciéndome rehén de sus acciones y sus silencios.

—No hay ningún error.

Eres la hija de Susan Caparano y tu verdadero padre, como ya lo mencioné, es Declan Prescott.

Naciste el 3 de mayo de 2002 en Antrim, Irlanda.

Estudiaste cuatro años en Alemania, en la mejor universidad de Berlín, y te casaste con un imbécil que te engaña.

—Hace una pausa, esta vez mirándome de reojo con más detenimiento—.

¿Por eso lloras?

¿Tan rápido te desilusionó?

Habla sin parar, pero no lo interrumpo.

Ahora soy yo la que recurre al silencio.

—Tranquila, no tienes que responder lo que ya sé.

Tu padre es un buen hombre y les hará pagar a todos, uno por uno, el daño que te hicieron.

Yo me encargaré personalmente de eso.

Me ofrece una botella de agua.

La tomo sin importarme si está adulterada o no.

Si lo que quiero es desaparecer, no me opondré a que me lleven con ese hombre que dice ser mi padre y que envió a este tipo a buscarme.

En cualquier lugar estaré mejor que en Londres con ese hijo de perra que me rompió el corazón.

Ya he sufrido mucho a lo largo de mi vida: la muerte de mi madre, el rechazo y maltrato de mi padrastro, ser desterrada lejos para no ser un estorbo y dejar lo que había aprendido a amar en Alemania.

Casarme con Alexander sin posibilidades de negarme también me golpeó duro, pero enamorarme de él fue la puñalada al corazón que terminó de matarme.

Detesto mi vida, todo lo que tuve que pasar, lo que tuve que sacrificar.

Pero, ahora veo un destello de luz.

Mis manos se aferran al envase plástico mientras intento ordenar mis pensamientos revueltos.

Me parece mentira estar en este auto, con un desconocido que conoce mi historia mejor que yo misma, yendo hacia un hombre que hasta ayer creía muerto.

¿Y si mi madre me mintió todo el tiempo?

—No te daré problemas —digo con voz ronca—.

Quiero alejarme lo más que pueda de esta ciudad maldita.

—Lo miro fijamente, buscando algo que me calme, algo que no encuentro—.

¿Cómo te llamas?

No sé por qué me importa saber su nombre.

Tal vez para anclarme a la realidad, para sentir que esto no es un mal sueño del que no puedo despertar.

—Me llamo Peter Roerig —responde sin dudar—.

Un gusto tenerte frente a frente, al fin, Bárbara.

Créeme que es todo un placer después de tanto tiempo…

siguiéndote.

—Su voz tiene un tono extraño, mezcla de cordialidad y amenaza sutil.

La palabra me golpea como una cachetada.

¿Siguiéndome?

El aire se me atasca en la garganta y mi estómago se revuelve.

¿Cuánto tiempo lleva siguiéndome?

¿Desde Berlín?

¿Desde antes?

¿Cuándo lloraba sola en el parque, cuando creía que nadie me veía?

Lo observo por el espejo retrovisor, pero Peter no aparta la vista del camino, como si lo que acaba de soltar no fuera gran cosa.

—¿Qué quieres decir con “siguiéndome”?

—pregunto al fin, obligando a mi voz a salir firme, aunque me tiemble todo por dentro.

Él sonríe, una sonrisa serena que me, aunque suene loco, me envuelve con calidez.

—Lo entenderás pronto.

¿Lista para ir a casa?

El silencio que se instala entre nosotros es sofocante.

Afuera, la ciudad va quedando atrás; los edificios desaparecen y los campos se abren a cada lado del camino, inmensos y desolados.

Los árboles se inclinan bajo el viento como testigos mudos, y el cielo encapotado oscurece cada kilómetro que avanzamos.

Siento un nudo en el estómago y pongo mis manos sobre mi vientre, tratando de calmar el latido acelerado.

Peter nota el movimiento y frunce el ceño, entendiéndolo.

—Estamos listos —digo, sin apartar la mirada de la carretera.

—Ya veo —responde en un hilo de voz.

Acelera, empujando el pedal con decisión—.

No te preocupes, en poco tiempo llegaremos.

El motor ruge, el paisaje cambia, y me deshago de todas mis cargas abandonándolas más allá del camino rural.

No sé qué me espera, ni a donde me dirijo con exactitud, lo que si se, es que mi hijo y yo podemos tener una nueva vida, lejos del veneno, de las mentiras y de las traiciones.

Una hora más tarde, un impresionante helicóptero de lujo nos espera a un lado de la carretera.

Sus aspas, inmóviles, pueden pasar como las alas de un ángel salvador en este momento.

El auto se detiene a un lado de la carretera, donde no hay tráfico ni miradas curiosas.

Apenas bajo, el viento del campo me golpea con fuerza, levantando el polvo y obligándome a entornar los ojos.

Otro hombre se acerca en silencio, toma el volante y se lleva el vehículo sin pronunciar palabra.

Como si Peter fuera su jefe o algo peor.

Alguien que no logro ver desde afuera pone en marcha el helicóptero y por última vez m iro hacia atrás, asegurándome de que nadie viene detrás de mí y de mi hijo.

—Vamos linda, te prometo que no te arrepentirás de la decisión que tomaste.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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