Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 14
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14: Armagh.
14: Armagh.
Cap 13 Portadown, Irlanda del Norte.
El helicóptero aterriza sacudiéndose un poco, logrando que mi miedo a volar empeore.
Me sujeto a las correas del asiento como si mi vida dependiera de ello, hasta que finalmente esta lata gigante deja de moverse y solo escucho el motor detenerse.
Hermoso… ya no quiero volver a subirme a un helicóptero.
Nunca más.
Peter me ayuda a desabrochar la correa de seguridad y también me ayuda a bajar.
La vista que me recibe es… verde.
Donde sea que miro.
—¿Te gusta el campo?
—pregunta el rubio con pinta de vikingo—.
Acostúmbrate, si no, y disfruta del sol cuando lo veas.
—Cualquier lugar es mejor que Londres, aunque mi nuevo hogar se parezca a la comarca de Bilbo Bolsón.
Peter suelta una carcajada que me hace sonreír.
—Puedo ser tu Hobbit si quieres —me guiña un ojo.
El viento mueve su cabello, las hebras sueltas que no alcanzo a sujetar.
Es enorme y bello.
—Imposible, mides como dos metros.
Mas bien parecerías un troll de la montaña.
Dejo de mirarlo tanto; no quiero que me malinterprete.
He dejado todo atrás: Londres, mi hogar, mi ropa, mi vida entera… a Alexander.
Solo me aferro al pequeño que crece dentro de mí.
Es lo único que quiero conservar, lo único verdaderamente mío.
Lo único bueno que me dio su padre.
—¿Dónde estamos?
—pregunto, mirando a mi alrededor.
El terreno es amplio, verde hasta el hartazgo, salpicado de flores silvestres.
Hace calor, pero no como el de la ciudad; es denso, húmedo, pegajoso.
El tipo de calor que se mete en los huesos.
—Ya casi llegamos a casa, muñeca —dice Peter con esa voz tranquila y suave que hace contraste con lo que muestra su persona.
Envía un mensaje y guarda su móvil—.
Tu padre debe estar mordiéndose las uñas de la ansiedad.
Ha esperado mucho por este momento, Bárbara.
No tienes idea de lo feliz que está de conocerte después de tanto.
Mi padre… nunca tuve uno.
¿Por qué aparece en mi vida veintidós años después?
¿Qué lo hizo buscarme ahora?
Sea lo que sea, no me importa.
Llego en el peor momento de mi vida, y si resulta ser otro idiota, como todos los hombres en mi vida, al menos me saca del huracán en el que estaba.
—No ha respondido a mi pregunta, señor Roerig.
Él suelta una risa baja, grave y un tanto aterradora mientras me tiende la mano para ayudarme a caminar; los tacones de aguja no son seguros en suelo inestable.
Nos apoyamos en el helicóptero mientras esperamos, no sé a quién.
El metal está caliente, huele a combustible y a campo abierto.
El aparato parece de uso rudo, como si lo hubieran fabricado para un magnate o alguien realmente importante.
La pintura brilla como una joya pulida.
—Bienvenida a Portadown, Bárbara.
Estás en Irlanda.
Y voy a pedirte por favor que me trates de tú —dice mientras me sostiene firme de la cintura para evitar que resbale—.
No me gusta que me llames “señor”.
Si quieres, puedes decirme “mi amor” o “mi vida”, pero “señor” no me gusta; soy apenas unos años mayor que tú.
Siento la cercanía de su cuerpo, pero no es invasiva; es gentil, agradable y atento.
Ruedo los ojos, pero no puedo evitar sonreírle.
Es un descarado, sí.
Pero hay algo en su humor que me alivia, que me arranca una carcajada interna cuando más lo necesito.
Me hace bien en este momento.
Y eso, en un día de mierda como hoy, es muchísimo mejor de lo que esperaba.
—Creo que solo te llamare por tu nombre.
—Sonrió, apenas.
— ¿por qué nos detuvimos aquí en lugar de ir directamente donde el señor Prescott se encuentra en esta cosa?
Le doy dos golpecitos al helicóptero con mi uña.
—Porque quería que te enamores del paisaje, como él.
Tiene la esperanza que te quedes a vivir con nosotros.
Y créeme, Barbara, después de conocerte.
—Se muerde el labio inferior.
— Quiero que te quedes con nosotros.
Me sonrojo al instante, pero entiendo que solo está bromeando para levantarme el ánimo, y se lo agradezco con otra de esas sonrisas rotas que le he ido mostrando desde que dejamos Londres.
No sé por qué lo hago.
No le debo nada.
Pero su manera de estar presente, sin invadir, me agrada.
—¿Estoy en Irlanda?
Aquí nací.
Pero esto no es Antrim…
—miro alrededor, confundida y cambio de tema—.
¿Aquí vive el señor Prescott?
No sé nada de ese hombre.
Solo su nombre.
Una palabra vacía que de pronto carga demasiado.
—No, no vive en este lugar.
Pero aquí esperamos a alguien.
Vendrán por nosotros en breve —responde, echando un vistazo al horizonte, como si esperara ver aparecer otro transporte aéreo y no un auto común.
Luego me mira—.
¿Cómo te sientes?
Aún tienes los ojos hinchados.
Te ves pálida…
y un poco débil.
Hace una pequeña pausa y su mirada se afila, como si estuviera descifrando algo en mí.
No le respondo.
—Sé que no me conoces, pero puedes confiar en mí, Bárbara.
No soy solo un payaso sexy que sirve para hacerte reír o hacer de guía turístico entre vacas y campos verdes.
También puedo escucharte y acompañarte, cada vez que lo necesites.
Sus palabras son reconfortantes, y sé que puedo confiar en él; lo supe desde el momento en que me subí al auto equivocado.
Por eso no hice un escándalo para que me bajara en cualquier parte o intentara llamar a la policía.
—Gracias, Peter.
Eres muy dulce, pero estaré bien.
Siempre me reconstruyo sola, solo es cuestión de tiempo.
Hace una mueca.
No parece muy convencido.
—Ya no estás sola —dice, y sus palabras caen con el peso exacto para tocarme donde más duele—.
Ahora tienes a tu padre y me tienes a mí también, si así lo quieres.
Parece que los silencios lo incomodan y lo incitan a hablar.
—Además, te vas a enamorar perdidamente de mí y me vas a pedir que sea tu esposo.
Eres una Prescott, te vas a obsesionar conmigo.
Solo espera y verás.
Toda persona con la sangre de tu familia es obsesiva, controladora y posesiva.
Muero por el día en que me marques como tu propiedad y me reclames como tuyo.
Frunce el ceño y se para delante de mí, serio.
Como si lo que dijo hace un segundo fuera cualquier cosa.
Es un loco lindo.
—Peter, esto es la vida real.
No estamos en una novela de hombres lobo ni vampiros como para ir marcando a las personas como ganado.
No puedo evitar reírme.
¿Cómo logra salirse con la suya diciendo esas barbaridades con tanta gracia y estar tan serio a la vez?
—Puedo ser tu ganado cuando tú quieras —responde, con una pequeña sonrisa torcida y esa mirada que no sé si me quiere consolar o encender.
Aparto la vista de la suya y me agacho, distraída, para arrancar una de las flores silvestres que crecen cerca de la pista improvisada.
Apenas la sostengo entre los dedos, escucho el motor de un vehículo.
Una camioneta negra se estaciona frente a nosotros.
El polvo que levanta al frenar me hace parpadear varias veces.
El corazón me da un vuelco; el momento de conocer a mi padre se acerca.
—¿Cómo se llama esta flor?
Es preciosa —pregunto, admirando sus pétalos blancos y su centro amarillo.
—Es una flor de Narciso.
Es raro que haya florecido en esta época del año; son flores de invierno.
Estas son de suerte, bella Bárbara.
—Eso espero, Peter.
¿Ahora a dónde vamos?
—Armagh —responde, justo cuando el hombre que conduce la camioneta desciende.
Es gigante, incluso más grande que Peter.
Se saludan y se dan un breve abrazo; después vuelve a subir y se sienta al volante.
Solo me asiente a modo de saludo, y yo correspondo.
Peter abre la puerta gentilmente y me ofrece su mano para ayudarme a subir.
Se sienta junto a mí en la parte trasera, con un aire ligeramente preocupado.
No he dejado de llorar en silencio cuando no hablamos, y hasta me duele la garganta por la angustia que me estoy tragando.
—Gracias por traerme aquí.
Necesitaba irme lo más lejos posible, no quería volver a casa.
Además, fuiste muy lindo conmigo todas estas horas, tratando de hacerme reír con tu coqueteo —digo, limpiándome las mejillas.
Él sonríe, y el auto se pone en marcha.
No dura mucho el viaje, pero juro que disfruto la vista.
Nunca en mi vida había visto tanto verde como en estas tierras.
—Llegamos —dice el conductor al detenerse frente a una mansión empedrada, tan enorme que podría pasar por un castillo moderno.
Es hora.
Conoceré a mi padre.
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