Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 El inicio del caos
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2: El inicio del caos 2: El inicio del caos El inicio del caos.
Mi novio me dejó hace media hora.
Salí de su edificio con la cabeza en alto, pero con el mentón temblando y lágrimas en los ojos.
No supe por qué, después de dos años de relación, me terminó sin darme muchas explicaciones.
¿Qué había hecho mal?
Esa es la pregunta que me hago mientras camino hacia el parque, cerca de mi apartamento.
Ayer estábamos bien.
Me llevó al cine a ver esa película romántica que quería ver, y luego a cenar.
Paseamos un poco mientras caminábamos hacia mi casa y, cuando se fue, se despidió con un beso dulce y amoroso.
Hoy todo fue diferente.
Llegué a su apartamento y no me dejó entrar.
Dijo que habíamos terminado y que no quería volver a verme.
Cuando le pedí una explicación, solo dijo cuatro palabras: “Ya no te quiero.” Antón no parecía ni perturbado, ni afligido por la ruptura.
Mas bien, determinado a sacarme de su vida y completo la acción agachándose para tomar una bolsa de plástico, de esas negras en la que sacas la basura.
Adentro, las cosas que había dejado en su apartamento con el tiempo.
Ropa interior, prendas diarias, mi perfume y cepillo de dientes.
Literalmente me hizo sentir eso, que estaba sacando la basura de su apartamento y…
de su vida.
En el sector más apartado del parque, suelto la bolsa de basura con mis pertenencias en el césped recién cortado.
Algunas personas me miran mal, seguramente pensando que estoy llevando basura para dejarla abandonada ahí.
Me siento sin miedo de ensuciarme la ropa y me recuesto, usando la bolsa como almohada.
Tengo el corazón roto, pero no se lo demuestro al mundo, por eso me fui sin decir una palabra.
Me limpio las lágrimas y tomo una larga respiración, intentando calmarme.
Miro hacia arriba y los árboles me ofrecen una mejor vista de lo que se repite en mi memoria.
La luz del sol se filtra entre las ramas y hojas de los árboles del parque Tiergarten, y juego con el anillo con un pequeño diamante en mi dedo anular, un regalo de mi padrastro antes de irme de Londres para estudiar aquí, en Berlín.
Paso el rato en el suelo, ignorando los mensajes de mis compañeros de curso y la llamada insistente de mi roomie.
Pero una de las llamadas me saca de mi zona de confort.
Llamada entrante de “Parásito”.
Mi padrastro.
No le respondo, nunca lo hago; un mensaje como cualquier otro, decidiré yo si lo respondo o no.
Él no se da por vencido: insiste y, después de seis llamadas perdidas, empiezo a preocuparme.
Nunca insiste mucho, prácticamente ambos olvidamos la existencia del otro… o lo fingimos muy bien.
Deslizo el dedo en la pantalla y cierro los ojos.
—¿Qué necesitas, John?
Del otro lado, un suspiro me dice lo molesto que está conmigo.
Lo dice todo.
—Al fin respondes, niña.
—Su voz plana y carente de emociones—.
En una hora tienes que abordar un vuelo a Londres.
Te necesito aquí ya mismo.
Otro que odia dar explicaciones; corta la llamada sin decir nada más.
John no pide, exige, y pobre de mí si decido no ser obediente.
Irme de Berlín es lo mejor que me puede pasar en este momento.
El problema es tener que volver a casa.
Recojo la bolsa y camino apresurada las dos cuadras que separan el parque de mi edificio.
Cuando abro la puerta, Zoe está envuelta en una bata y besándose con su novia.
—¡Por fin llegas!
—Se cruza de brazos al verme con una bolsa de basura en la mano—.
Te llamé por teléfono varias veces.
¿Puedes quedarte con tu novio esta noche?
Hoy es nuestro aniversario y queremos estar solas.
Como siempre, Zoe no da vueltas a la hora de decirme las cosas y va al grano cuando quiere sacarme del apartamento.
Paso junto a ella para encerrarme en mi habitación y tomar algunas de mis cosas: mis libros, algo de ropa, mi portátil y el álbum de fotos de mi madre, la época en la que ella no estaba enferma, éramos felices y John no existía en nuestras vidas.
Busco en el cajón mi pasaporte, mi billetera y vuelvo a salir.
Si me demoro un minuto más, perderé el avión.
Zoe ya no está casi desnuda, tiene un pijama largo, y su novia, Celine, ya no está con ella.
—Tienes un mes para buscarte un nuevo apartamento a partir de hoy.
Después de eso, lo pondré en venta.
Mi roomie se interpone en mi camino cuando me ve salir con una maleta y la mochila colgada en el hombro.
—Oye, sé que no soy la mejor de las compañera del mundo, pero no puedes dejarme en la calle.
—Me toma del brazo, sin ejercer fuerza, pero mostrándome su descontento expresado en el rostro.
Me detengo un segundo y, al enarcar una ceja, sonrío.
—Me debes seis meses de renta, te comes mi comida, tu novia es fanática de mis cremas, perfumes y productos de higiene personal.
—Me suelto de un tirón de su agarre—.
Agradece que te dejo un mes más y no te dejo en la calle en este momento.
—¿Pero a dónde vas?
—Su voz ahora es preocupada; nota que algo va mal.
No suelo ser grosera y casi siempre evito los problemas o las discusiones con ella.
Por eso me toma por estúpida.
No lo soy; si Zoe no estuviera aquí, John hubiera metido a vaya a saber quién en el apartamento con tal de vigilarme.
—Vuelvo a Londres.
—Corto cualquier otra pregunta que quiera hacer—.
Un mes, un mes y te vas, Zoe.
Y los seis meses que me debes, en dos semanas.
Sigo mi camino hasta salir del edificio, sin adiós, sin despedidas.
Una hora después, estoy a bordo del avión, en primera clase, bebiendo un café como si no hubiera pasado nada; como si mi novio no me hubiera dejado, como si nada en mi apartamento tuviera valor real.
Volver a Londres me duele, porque estoy dejando atrás a personas que le dieron color a mi vida: amigos, compañeros de curso, una carrera sin terminar.
Todo eso, por el control constante de quien debería haber sido un padre, de alguien que jamás intentó serlo realmente.
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