Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 22
- Inicio
- Todas las novelas
- Princesa de la Mafia Irlandesa
- Capítulo 22 - 22 Yo te reclamaré como mía
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: Yo te reclamaré como mía.
22: Yo te reclamaré como mía.
No sé qué decir, qué hacer o cómo responder.
Solo bajo la mirada por unos segundos y vuelvo a mirar sus ojos de león para decir algo, pero no sale nada de mi boca.
No quiero que se vaya, ni que se aleje…
No quiero perderlo a él también.
No puedo ser egoísta y retenerlo aquí cuando ni yo misma tengo claro mis sentimientos.
La voz de mi padre abajo me trae de regreso a la realidad.
Tenemos que bajar.
—No tienes nada que decir ahora.
Solo quería que lo supieras, porque si seguía con esto adentro iba a reventar.
—Me sonríe con la misma calidez de siempre y asiento.
—Hablaremos más tarde cuando termine la cena.
—Bárbara, antes de bajar…
puede que esta noche llames la atención de varios imbéciles solteros.
—Frunzo el ceño sin entender.
Toda su expresión en su rostro, que hace dos segundos se mostraba dulce, ahora me muestra una de pura preocupación.
—¿Qué?
¿Qué quieres decir con eso?
—Tu padre nunca te obligará a nada, pero aquí las cosas son diferentes.
Quiero que todo el mundo piense que nosotros dos estamos juntos.
¿Puedes hacer eso por mí?
No quiero que ninguno de esos malditos ahí abajo ponga los ojos en ti.
Yo te reclamaré como mía…
a no ser que sí quieras conocer a los interesados.
Me detengo después de haber bajado tres escalones.
—¿Qué quieres decir con eso?
¿Esta cena mi padre la organizó con la intención de casarme con uno de sus socios?
La cara de Peter se transforma en una de horror.
—Tu padre jamás te haría eso, acabo de decirte que él no te obligaría a nada, pero tampoco puede impedirles a otros hombres que quieran acercarse a ti.
La decisión siempre es tuya.
Peter se frustra.
—Maldición, Roisin.
Me cabrea que Declan no te haya dicho esto y mucho más haber estado todo el día afuera.
No hay tiempo ahora, pero por favor, solo dime.
¿Quieres conocer a alguien más?
Sacudo la cabeza y tomo su mano con fuerza, nuestros dedos se entrelazan y nuestros ojos se encuentran otra vez.
Los suyos muestran miedo, los míos…
no sabría decirlo, pero también me asusta que un desconocido se me acerque con intención de pedir mi mano en matrimonio.
Eso es lo que Peter quiere hacerme entender sin decirlo.
—No, no quiero que nadie me pida matrimonio.
—Bien, cariño, engañemos a la mafia.
Cuando ya estamos casi al final de la escalera, Peter toma mi mano y nuevamente entrelaza sus dedos con los míos.
Mi padre está hablando con un hombre a pocos metros y, al verme, este sonríe.
Declan observa el punto en que nuestras manos se unen y, al llegar al pie de la escalera, enarca una ceja.
—Cariño, ¿por qué tardaste tanto en bajar?
—.
El hombre que acompaña a mi padre observa la escena con curiosidad.
—Culpa mía.
Perdón, no pude evitarlo.
—Peter se mueve a mi espalda y me rodea con sus brazos, besa mi cuello con delicadeza, pero lo que está haciendo es marcar territorio.
Tal cual dijo que haría, yo solo tengo que seguirle la corriente—.
Quería un momento con mi chica a solas.
—Y mía, padre.
Tuve un pequeño mareo y Peter se quedó conmigo hasta que pasó.
Declan frunce el ceño, pero se ablanda.
Da tres pasos y toma mi mano con una dulzura que no combina con el traje de tres piezas ni con el aura de autoridad que lo rodea.
Peter sonríe por la mentira que acabo de improvisar y rompe su abrazo con delicadeza para alejarse.
—Gracias, Peter —dice Declan con sequedad.
Él se va sin decir nada más, cruzando la entrada con un cigarro sin encender entre los dedos.
Mi padre vuelve a mí con una sonrisa casi tierna.
—Vamos, cariño, tengo que presentarte a algunas personas importantes de nuestra organización.
El salón principal ya no parece el mismo lugar al que llegué hace unos días.
Lo han transformado por completo.
No hay flores, ni arreglos románticos, ni nada que intente suavizar el ambiente.
Es una escenografía cuidadosamente diseñada para impresionar —o intimidar— según quién la mire.
Agradezco a mi sentido común por elegir mi calzado.
Estar de pie últimamente se volvió una pesadilla.
Veo a mi alrededor y…
no veo a ninguna mujer.
Todos son hombres en trajes elegantes, desde ancianos hasta jóvenes de mi edad.
Todos ellos son amables, se presentan, dejan un “Presente” para mí y felicitan por el siguiente heredero de la familia Prescott.
Me asombran los regalos que me ofrecen, y no es porque nunca haya visto cosas como estas, solo que me sorprende que me los den a mí, soy una desconocida.
Joyas, cuadros y lo más loco hasta ahora: un título de propiedad en Italia y un lujoso yate que cuenta con helipuerto.
Esta gente está loca.
O tienen tanto dinero que no les importa gastarlo en la hija de la cabeza de la organización a que pertenecen.
Son pasadas las ocho de la noche y al fin nos acercamos al último hombre que nos queda por saludar.
He escuchado con atención los nombres de cada uno, cuáles son los territorios que manejan para mi padre.
Si voy a estar en este mundo, tengo que aprender.
—Edward, veo que elegiste el mejor lugar para descansar del viaje.
El anciano debe tener al menos ochenta años, más o menos.
Tiene el cabello blanco y está junto al fuego.
Sonríe con amabilidad y le tiende la mano a mi padre.
—Ya estoy viejo para soportar tanto tiempo de pie, hijo.
—Me observa, y la calidez de su mirada me agrada más que la que tuve la obligación de recibir durante la última hora—.
Tu hija es más hermosa de lo que pensé, Declan.
Si no fuera porque ya estoy casi pudriéndome, te pediría su mano para que reine Chicago conmigo.
Declan se ríe con gracia por las ocurrencias del anciano, y este lo acompaña.
—Cariño, él es Edward Harris.
Es quien tiene el control de Chicago hasta que su reemplazo esté listo en unos meses.
También es quien me entrenó cuando era joven.
El anciano sonríe, como si su mente se hubiera trasladado a esa época.
Declan suelta una carcajada grave, y Edward lo acompaña.
No se me escapa el detalle de que este hombre es quien tiene el control de Chicago.
Justo a donde Peter dijo que se iría.
Hasta que su reemplazo esté listo en unos meses.
—Y espero que sea pronto, porque después de tantos años, me lo merezco —dice Edward con una sonrisa cansada.
Sus ojos, a pesar de la edad, todavía brillan con vida—.
Declan, espero que no tomes como una ofensa la demora de mi nieta.
Me avisaron hace un momento que su auto tuvo un inconveniente, pero ya está en camino.
Ya sabes cómo son estas rutas tan alejadas de la ciudad.
Tomo nota.
A mi padre no le gusta que lleguen tarde.
Y llegar tarde, aquí, es una falta de respeto.
Disimuladamente, busco con la mirada a Peter.
No está.
Se supone que es el heredero de mi padre.
¿No debería estar a su lado en este tipo de eventos?
No me siento cómoda rodeada de tantos hombres.
Y mucho menos con las miradas discretamente lascivas que algunos me lanzan.
He pillado a más de uno mirando mi vientre después de felicitarme, como si les costara procesar la idea de una mujer embarazada en medio de todo esto.
Si Declan se diera cuenta, estoy segura de que más de una cabeza rodaría hasta la parte de atrás de la mansión.
—Sí, Edward, los accidentes pasan y con mucha frecuencia.
Lo que no entiendo es por qué aún no entra a la maldita casa para que podamos pasar al comedor, si ella llegó hace quince minutos.
Siento un tirón en el estómago y, disimuladamente, desvío la mirada hacia la puerta principal buscando a Peter.
Otra vez.
Estamos por ingresar al comedor, caminando lento para acompañar al anciano, cuando una risita femenina suena a nuestras espaldas.
Mi padre y yo nos giramos al mismo tiempo.
Frente a nosotros aparece una mujer hermosa, alta, rubia, con un vestido rojo que se le pega como segunda piel.
La abertura lateral deja ver su muslo derecho.
Le sonríe a Peter, conozco esa sonrisa.
Esta coqueteándole.
Él ni siquiera la toca, camina con las manos en los bolsillos y me guiña un ojo.
Entran juntos, pero deja claro con la distancia que no están juntos.
No hay gesto afectivo.
No después de haberme rodeado con sus brazos en la escalera delante de todo el mundo.
Le sonríe a Peter.
¿Ya lo dije?
No puedo quitarle la mirada de encima.
No sé quién diablos es, pero ya la odio.
Mientras apuñalo con la mirada a la rubia, ellos se acercan, despreocupados como si la maldita cena no se hubiera retrasado por su culpa.
Ella le coquetea como si fueran viejos conocidos.
Aparto la mirada y busco los ojos de mi padre.
—Lo siento tanto, Declan —dice, y con eso ya me sangran los oídos.
¿De verdad lo llama por su nombre?—.
Una rueda estalló y tuve que esperar, por eso me demoré un poco.
—Vuelve a sonreírle a Peter, que ahora la mira con esa cara seria que les pone a todos—.
Al llegar, me encontré con Peter fumando en la puerta, y también se me antojó uno.
Espero no te moleste que lo haya retrasado unos minutos.
Lo he echado mucho de menos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Jesica_Quintero ¿Seguis ahi?
Me gustaria que me cuentes que te parece la historia.
Tanto silencio me da panico escenico jajaa Besos…
Jess
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com