Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 26
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26: Casi.
26: Casi.
Salgo de la cama, me cubro con una bata y no me tomo la molestia de ponerme algo en los pies, no quiero perder tiempo.
Peter entiende lo que intento hacer y antes de que saque mi cuerpo de la habitación, me detiene tomándome del brazo.
—Espera a que tu padre venga.
Declan no hará nada sin antes hablar contigo, no te obligará a nada.
—Su gesto enfadado se suaviza.— de eso puedes estar seguro.
No escucho lo que me dice, solo poso mis ojos en la mano que sujeta mi brazo mientras la corriente eléctrica de su contacto me recorre entera.
— Nuestras miradas vuelven a encontrarse y mi cuerpo entero exige acercarse más.
Lo hago sin darme cuenta.
Mis manos se apoyan en su pecho, firme y cálido bajo la tela de su camiseta, y levantan la cabeza un poco más para ver sus ojos, su boca.
Lucho con todas mis fuerzas para no ceder.
Peter es enorme, casi dos metros de pura presencia, con ese aire de vikingo imposible de ignorar.
Su cabello color miel cae desordenado sobre la frente y sus ojos, verdes con destellos ámbar, me observan con una intensidad que hace que todo lo demás desaparezca por un momento.
Sus tatuajes asoman por debajo de la manga y sé que cualquiera que no lo conocería se apartaría del camino al verlo entrar en una habitación.
Estamos cerca, muy cerca, y él se agacha apenas para acortar la distancia entre nosotros.
Su respiración roza mi piel.
Lo necesito.
Quiero besarlo y cerrar los ojos cuando hagamos contacto, pero… —Si yo fuera tú, no haría eso.
Aléjate de mi hija si no quieres que te apuñale con esta cuchara.
La voz de Declan cae como un cubo de agua helada sobre nosotros.
Está apoyado en el marco de la puerta, agitando una cuchara de plata con absoluta tranquilidad mientras cierra la puerta con el pie.
A sus cuarenta y dos años parece apenas de treinta y cinco.
Alto, ancho de hombros, musculoso como alguien que jamás dejó de entrenar, con el cabello pelirrojo ligeramente desordenado y una barba corta, perfectamente recortada.
Sus ojos azules nos observan con un brillo divertido que desmiente la amenaza.
Si alguien entrara ahora mismo a la habitación, pensaría antes que nada que es mi hermano mayor, no mi padre.
Peter se separa apenas de mí, lo justo para que el aire vuelva a circular entre nosotros, pero no del todo.
Inclina la cabeza hacia mi oído y me susurra, con una sonrisa apenas contenida.
—Te lo dije, es un maldito espectro… Solo espero que luego continuemos donde lo estamos dejando.
Asiento y después me hago la tonta, porque la mirada que Declan nos lanza empieza a incomodarme.
Mi padre sigue en el umbral de la puerta con un pote de helado de chocolate con chispas y tres cucharas.
Eso me dice que sabía perfectamente que encontraría a Peter aquí.
Le quito el pote y volvo a la cama finciendo que aquí no pasó nada.
—Qué bueno que me trajiste el helado, pa… —me corrijo—.
Declan.
Él me lo quita sin esfuerzo y lo destapa, cargando en la cuchara una cantidad exagerada.
Se me hace agua la boca y Aiden dentro de mi vientre protesta por el recipiente que ya no está en mis manos.
Declan ya no lleva la chaqueta del traje ni la corbata.
Las mangas de su camisa están enrolladas hasta los codos, dejando ver antebrazos fuertes, y su cabello pelirrojo sigue siendo el mismo desastre indisciplinado de siempre.
Se traga otra cucharada y le tiende una de las cucharas a Peter.
Ahora el pote está en su poder y la mirada cómplice entre ambos empieza a sacarme de quicio.
—¿Por qué tenemos invitados?
¿Acaso William Russo le tiene fobia a los hoteles?
—pregunto con un aire irritante.
Peter sonríe, esa sonrisa tranquila que siempre aparece cuando algo le resulta interesante, y me entrega el pote como si me estuviera premiando por haber hecho la pregunta correcta.
Sus ojos se mueven un segundo hacia Declan.
Él también quiere esa respuesta.
Yo ya sé qué quería la familia Russo.
Solo espero que Declan no me desilusione como lo han hecho todos hasta ahora.
Me llevo a la boca una cucharada tan grande como las que se comió él y, milagrosamente, los demonios que se habían escapado del averno dentro de mí, regresan a su sitio sin protestar.
Aiden se mueve feliz dentro de mi pancita y aprovecho para mirar a Declan, que se hace el loco y no dice nada.
Ya sé de quién lo heredé.
— ¿Vas a responder o seguirás con cara de idiota y sin decir nada?
Porque en cualquier momento la que va a enterrarte la cuchara voy a ser yo, papi.
Declan me sonríe con una calma peligrosa.
—Me encanta cómo suena esa palabra viniendo de ti, hija.
Y hoy la has usado mucho.
Ya no me llamas por mi nombre tan seguido como antes.
Pero bueno, después de que me hayas tomado por sorpresa con eso de “papi, padre, papá”… también lo hiciste con ese “tal vez él no te mate, pero yo sí”.
Se apoya contra el respaldo de la cama, cruzando los brazos.
—Podría seguir enumerando momentos de la noche en los que me dejaste con la boca abierta, pero lo que realmente se lleva el broche de oro… Sus ojos azules se mueven lentamente entre Peter y yo.
—…es el casi beso que casi te das con mi casi sucesor.
Levanta una ceja.
—¿Algo que decir, niños?
Nos mira a ambos y yo finjo que no tengo la menor idea de qué diablos están hablando.
— —Lo único que tengo para decir es que, si no hubieras interrumpido ese “casi” beso, lo habríamos concretado.
—Me encojo de hombros y Peter sonríe de oreja a oreja—.
Eres muy inoportuno, y ridículo al amenazar a alguien con una cuchara.
Ahora diez centavos, ¿cuánto te ofrecieron por mí?
Peter cambia de expresión automáticamente, como si alguien hubiera presionado un interruptor.
La sonrisa desaparece y su postura se aguanta, los hombros se tensan y su mirada se fija en Declan con una intensidad peligrosa.
—Veo que vas entendiendo cómo funciona esto.
¿O fuiste tú, demonio?
—Declan mira a Peter con una ceja levantada.
Peter niega con la cabeza una sola vez, lento.
Declan sonríe.
—Bien.
William se quedará unos días porque compró una propiedad aquí cerca.
Se establecerá por un tiempo, ya que la Interpol lo está buscando y aquí no lo encontrarán.
Además, expresó su interés por ti y te acepta con tu hijo.
Hasta se ofrece a hacerse responsable de él, dándole el apellido Russo.
Peter suelta un gruñido bajo, áspero, como si acabaran de escupirle el peor insulto posible.
Su mandíbula se tensa y su mirada se oscurece mientras fija los ojos en Declan.
—Si aceptas unirte en matrimonio para una alianza entre las dos familias más poderosas, uniendo Gran Bretaña e Irlanda, seremos imparables.
No negaré que es un buen negocio.
—Bien.
¿Y qué les dijiste a los Russo?
Le paso el pote de helado y Peter abandona el asiento para ponerse de pie junto a mi cama.
Da un paso hacia adelante y se queda allí, inmóvil, mirando a Declan desde arriba.
Así, con su casi metro noventa y tantos de músculo y tatuajes, es terriblemente intimidante.
Solo que a mi padre no lo intimida ni Dios ni el diablo.
—Les dije que mi hija no es un objeto.
Si William te quiere, que te conquiste como un hombre.
Declan le sonríe a Peter, y esa sonrisa tiene algo provocador.
Peter no le devuelve el gesto.
Se limita a sostenerle la mirada, los hombros tensos, como si estuviera conteniendo algo que preferiría resolver de una forma mucho menos diplomática.
—Los terrenos ya se negociaron y serán entregados mañana temprano, por lo que se irá de aquí más tardar al mediodía.
Que no sueñe con quedarse bajo mi techo dos semanas como esperaba para andar de abejorro contigo.
Ahora fija su mirada en Peter.
—¿Sabes cómo son las reglas, no?
Peter asiente apenas y entonces aparece en su rostro una de esas sonrisas que asustan.
Oscura.
Casi depredadora.
Él conoce las reglas.
Yo no.
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