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Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 De cara a la realidad
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4: De cara a la realidad 4: De cara a la realidad Volví a Londres porque no podía dejar la empresa que mi madre había construido a manos de este hombre.

Por eso no escapé…

¿Valió la pena?

No lo sé, pero voy a intentarlo.

John toma mi mano y me muestra la joya que adorna mi dedo anular, y entonces lo comprendo.

¿Quiere que me case con él?

No, ni muerta.

—¿Esto no fue un regalo de tu parte el día que me enviaste al extranjero, verdad?

—pregunto al ver el anillo en mi dedo, su rostro enrojecido por la rabia—.

¿Quieres casarte conmigo?

Porque no lo haré.

Él sonríe.

La misma sonrisa oscura y cargada de malicia a la que me tiene acostumbrada desde que murió mamá.

—¡Por supuesto que no fue un regalo de mi parte!

Pacté tu compromiso mucho antes de que te fueras.

Esa joya en tu mano es el anillo de tu compromiso con Alexander Harrington.

Tomo una respiración de alivio al entender que no es con él con quien debo casarme, pero mi alivio se desvanece cuando escucho con quién sí.

Alexander.

Palidezco al escuchar el nombre de ese desgraciado.

Alexander Harrington es el ser humano más vil y despiadado que he conocido en mi vida.

Sus padres fueron íntimos amigos de mi madre, y tuve la desgracia de pasar tiempo con su hijo toda mi infancia y adolescencia cuando venían de visita.

Nora, su madre, es un encanto; su esposo, el señor Harrington, también.

Pero su hijo es la personificación de todo lo que está mal.

Busco con la mirada a la familia mencionada y los encuentro en una de las esquinas, conversando como si nada.

—¿Por qué él?

No puedo creer que me hagas esto.

¿Qué clase de padre vende a su hija así, nada más?

Porque eso es lo que has hecho, John: me vendiste.

La acusación lo divierte y lo expresa como si no le importara.

Una carcajada de John es suficiente para que todos los ojos en el salón se posen sobre nosotros.

La familia Harrington se acerca al notar mi presencia; me sonríen, creo que son los únicos felices de verme otra vez.

En cambio, Alexander lo hace sin ningún apuro.

Despreocupado, con las manos en los bolsillos y la expresión soberbia de siempre, de mirada altanera.

Es el sueño de cualquier mujer que solo se fija en lo físico, porque es un hombre hermoso… hasta que abre la boca y lo arruina todo.

¡Lo detesto tanto!

Pero la voz de John me devuelve al presente, y me concentro en él, detestándolo más que a Alexander.

—Nunca quise hijos propios.

¿Qué te hace pensar que te quiero como a una?

Solo eres una fina pieza de mucho valor que salvará la empresa de la quiebra.

—Abro mucho los ojos al escuchar que lo que mi madre me dejó pende de un hilo—.

La unión de las dos familias es la única condición que Alexander exigió para los millones que recibí esa noche que te di su anillo.

Hoy recibiré la segunda parte.

¿Quieres que perdamos todo, Bárbara?

¿O vas a casarte con esa mina de oro que camina hacia ti?

Soy un maldito trueque.

—No quiero hacerlo.

—Le suplico en voz baja—.

Cualquier cosa que me pidas la haré, pero no me obligues a casarme con ese miserable.

Trato de que mi ritmo cardíaco se calme y mi respiración se normalice.

—Me importa muy poco lo que quieras.

No tienes opción.

Ahora compórtate como sabes que debes hacerlo, o te haré la vida un infierno si decides oponerte.

Además, los otros no estaban dispuestos a ofrecer tanto como él.

Escucho con horror que la familia Harrington no fue la primera opción, mientras Alexander se para frente a nosotros, inexpresivo, con sus ojos azules recorriendo mi cuerpo de arriba abajo.

La mueca que hace me confirma que no le gusto.

Nunca lo hice, realmente.

¿Entonces por qué diablos acepta esto?

Mientras mis futuros suegros hablan de lo bella que me veo y de cuánto he cambiado con mi padrastro, Alexander me ignora.

Mi padrastro conversa con el señor Harrington sobre alianzas comerciales y deudas pendientes, pero todo lo que escucho es el sonido de las cadenas que están a punto de atarme a una vida de miseria y tristeza.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que estoy sola, rodeada de extraños dispuestos a venderme por un puñado de monedas de oro.

El precio de la obediencia se ha vuelto más alto de lo que jamás hubiera imaginado, y sé que no hay escapatoria del futuro que me espera.

Y así, mientras la habitación da vueltas a mi alrededor y las miradas de todos caen sobre mí, me enfrento a un futuro incierto y a algo aún peor, porque no voy a recuperar nada y el legado de mi madre se perderá para siempre.

Debí quedarme en Berlín… o mudarme al Congo.

Nora, la madre de Alexander, se acerca con una expresión cálida en su mirada.

Siempre ha sido una mujer agradable conmigo.

Ahora, a pesar de mis lindos recuerdos con ella, solo quiero alejarme de ella lo más posible.

Es cómplice de toda esta locura.

—Qué preciosa te ves en ese vestido, cariño.

Estos cuatro años en el extranjero te han sentado de maravilla y te convertiste en una mujer preciosa.

Eres digna de mi hijo, tienes todo lo que necesitas para ser su esposa: bella, delicada, obediente y educada.

Obediente.

La mujer que le dio la vida al ser miserable que se encuentra frente a mí dice sus palabras con cariño.

Ha estado conmigo después de que mi madre murió.

Ellas eran amigas íntimas y me ha protegido, hasta que John se interpuso, prohibiéndole las visitas hasta que un día dejó de insistir.

John no puede evitar su zalamería, intentando quedar bien.

Acaricia mi cabeza en un gesto cariñoso que podría parecer creíble a ojos de desconocidos.

No lo es; solo actúa para su beneficio.

—Así es, Nora, es digna del apellido Harrington.

Podemos comenzar cuando ustedes quieran; el juez aguarda en mi despacho.

—Comenta John, afanado por cerrar el negocio de su vida.

Quito sin delicadeza su mano de mi cabello como si un bicho quisiera picarme, Alexander lo nota enseguida y sonríe como un demonio que disfruta de mi enojo e incomodidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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