Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Contrato verdades y una boda forzada
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5: Contrato, verdades y una boda forzada 5: Contrato, verdades y una boda forzada Mi movimiento sorprende a los Harrington y John disimula como si nada hubiera pasado.
—Supongo que son nervios de novia, lleva años esperando este momento.
¿Verdad, hija?
¿Ahora resulta que sí soy su hija?
¿Esperaba esto hace años?
—Quiero un abogado.
—Digo lo primero que me viene a la mente, pero mi padrastro suelta una risita.
— Lo exijo, ya mismo.
Lo repito con total seguridad cuando soy ignorada, aunque estoy asustada hasta la mierda.
John me aparta una vez más, pidiéndoles un segundo a la familia que parece no entender lo que realmente está pasando, y susurra sus amenazas.
—No tendrás ningún abogado.
Revisarás los documentos y, te guste o no, los firmarás sin objeciones ni pataletas de malcriada, o te haré la vida miserable, Bárbara.
¿Quieres eso?
—Sonríe malicioso, sus dientes amarillentos por el cigarro y el licor.— Siempre puedo superarme para joderte o hacerte sufrir.
John, quien se supone debería ser quien me protegiera de personas como él mismo o de Alexander, me presiona de la peor manera.
Agacho la cabeza sin decir una sola palabra.
No tengo opción.
Nos movemos con discreción hacia el despacho, pero todos sus invitados nos miran con expectación.
Algunos sonríen, otros beben y nos ignoran.
Un hombre, a quien conozco como el abogado de mi padrastro, y otro que jamás he visto en mi vida —supongo que es el juez que hará legal el matrimonio— se encuentran en la habitación cerrada con los Harrington.
El aire es pesado, opresivo.
—Bienvenida a casa, señorita.
—Estrecho la mano del abogado de la rata de mi padrastro, quien me da la bienvenida, y repito la acción con la mano del juez.
Alexander se sienta en la silla dispuesta junto a la mía, con expresión aburrida.
Sus padres lo regañan con una mirada de advertencia.
Me inclino hacia el escritorio y tomo los documentos.
Leo con cuidado cada palabra estipulada en el contrato previo al matrimonio.
Las condiciones de Alexander dicen que: Tengo derecho a disponer de la fortuna de mi futuro esposo siempre y cuando no haga mal uso de ella.
—Como si fuera una despilfarradora.
No lo hice con mi dinero, menos lo haré con uno que no es mío.Tengo prohibidas las salidas al extranjero o fuera de la ciudad sin la compañía de mi esposo.
—No tengo más familia y mis amigos están en Alemania.Tengo que estar casada con Alexander al menos dos años para pedir el divorcio.
Así lo estipula el contrato pactado entre ambas familias.No puedo estudiar ni trabajar.
—Administración de empresas fue lo que estudié en la mejor universidad de Berlín, una pérdida de tiempo, ya que me van a prohibir meter las narices en mi empresa.
¿Cómo la esposa del magnate Alexander Harrington haría algo tan mundano como trabajar?
Eso arruinaría su perfecta imagen en la sociedad.
Los siguientes puntos me importan un rábano; es más de lo mismo: prohibiciones y demás ridiculeces.
Pero lo último sí me pone a la defensiva.
En el periodo de dos años, debo concebir al menos un heredero para la familia Harrington o no podré pedir el divorcio hasta dar a luz.
No quiero tener un hijo con Alexander, que me ponga una mano encima, que me toque; solo pensarlo me da náuseas.
Traer un bebé al mundo en un matrimonio sin amor no está en mis planes, ni lo estará nunca.
—Firma los documentos.
—Me apresura la alimaña que usa el apellido de mi madre como si fuera suyo.
Lo que más me indigna de todo esto es que no hay cláusulas, condiciones ni restricciones para Alexander.
Él puede hacer lo que le dé la gana los dos años que dure nuestro matrimonio.
—No veo que sea un acuerdo justo.
Aquí no hay nada más que condiciones y restricciones para mí.
¿Qué hay de Alexander?
¿Él solo tendrá derecho sobre mi persona y yo debo aceptarlo así nada más?
—Dejo los documentos sobre la fría madera del escritorio y me cruzo de brazos.
La voz fría de Alexander entra en mis oídos como agujas.
—Exacto, tú serás mi esposa por dos años mínimo, me darás un hijo y luego podrás irte con una gran cantidad de dinero a donde se te antoje.
—Los ojos fríos de Alexander me congelan cuando me habla directamente, como si estuviera haciendo una propuesta de negocios.— El acuerdo es solo para ti.
Yo haré lo que me venga en gana, como lo he hecho toda la vida, pero tú no me pondrás en ridículo.
—Sonríe, esta vez con diversión.— Seré discreto con mis actividades fuera del matrimonio, no te preocupes por eso, jamás te pondré en una situación en la que te veas envuelta por rumores de mis…
indiscreciones.
—Firma.
—Exige mi padrastro otra vez.
Los Harrington se ven avergonzados y yo…
solo quiero que los siguientes dos años se pasen volando.
John no deja de presionar y yo no tengo opciones.
Solo serán dos años, pero ¿hijos?
Me niego a traer al mundo a un niño para que me sea arrebatado de los brazos.
Eso nos haría rehenes, a mi hijo y a mí.
Un matrimonio de por vida con este idiota es mejor que una vida de tormento con John.
—No tendremos hijos.
¡Soy estéril!
—Miento y le sonrió al dios del infierno cuan do termino de firmal el maldito contrato.
Alexander firma el acta y el juez prepara el certificado de matrimonio.
No sonríe, no me mira, pero dice lo que me congela en el acto.
—No eres estéril.
Te pusiste un dispositivo en Alemania hace dos años y te lo quitarás hoy mismo.
No habrá barreras entre nosotros dos.
Mierda.
—¿Cómo sabes que tengo un dispositivo?
¿Desde cuándo sabes lo que hago o lo que no hago con mi cuerpo?
Alexander hace silencio por unos largos segundos, pero finalmente me deja claro lo que había ignorado por muchos años.
Con voz helada, carente de emociones dice: —Lo supe cuando comenzaste a vivir “la vida loca de una universitaria”.
Eras mi maldita prometida; si te movías, yo estaba informado de que lo hacías.
Nunca tuve libertad como creía, solo me dejó hacer lo que yo quisiera, pero fui vigilada todo el tiempo por él.
—¿Por qué dejaste que hiciera lo que me diera la gana todos estos años entonces?
—Mi voz ahora rota, la angustia en mi garganta, mis ojos llenándose de lágrimas.
El simplemente se encoje de hombros, despreocupado.
—Porque quería que tuvieras una vida normal antes de atarte a mí.
Agradéceme eso, al menos.
John quería casarnos antes de que te fueras.
—Lo mira, y este finge que no está hablando de él.— El infeliz está desesperado por el resto del dinero o seguro se muere por sacarte de su vida de una vez por todas, no eres más que una molestia para todos aquí.
¿Verdad, John?
Él sonríe y extiende su mano para tocar un mechón de mi cabello, y John, al ser expuesto finge amnesia.
—No dejaré que me toques, tenlo presente.
— Le quito mi cabello de la mano.
Su mirada se oscurece más y sé que lo que dirá cortará mi piel.
—No tenía pensado tocarte todavía, pero no descarto que tú sola te metas en mi cama.
¿Por qué me toma?
No soy una de las tantas mujeres que se arrastran por él solo por su dinero o su apariencia de semidiós griego.
Porque sí, es un hombre hermoso, pero con solo abrir la boca arruina todo lo que su impresionante aspecto muestra.
—No sucederá, pero ten presente que esta es la peor inversión que has hecho en toda tu vida.
Si mi vida se convierte en un infierno peor del que ya me pertenece, ten por seguro que haré de la tuya uno mucho peor.
Firmo el acta, con un nudo en la garganta.
Por dos años, seré la Señora Harrington.
Oficialmente estoy casada con mi trauma de la infancia.
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