Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 6
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6: Señora Harrigton 6: Señora Harrigton —Felicidades, señor y señora Harrington.
El juez estrecha la mano con Alexander y los hombres que nos acompañan.
Nora, la madre de Alexander y..
ahora mi suegra, se ve afligida.
Al parecer, no tenía idea de que esto pasaría, en cambio su esposo, actúa con naturalidad.
El apellido y el “Señora” hacen eco en mi mente.
Señora Harrington…
qué asco.
Me llamo Bárbara Caparano, tengo 22 años y juro que no les haré la vida tan sencilla a estos bastardos.
Alexander toma mi mano y rápidamente me arrastra sin delicadeza por la mansión.
Al salir, nos detenemos frente a un automóvil.
Sube primero y me fulmina con la mirada por tardarme en subir.
El vestido es ajustado y limita mis movimientos.
Pero claro, a él no le importa.
Cuatro camionetas con hombres de traje oscuro nos siguen por la carretera, sin que yo tenga idea de a dónde demonios me llevan.
¿Qué pasó con todas esas personas en la mansión?
La verdad, no me importa.
Ninguno de ellos me quería ahí, solo celebran los millones de libras que recibieron esta tarde.
Alexander no me ha echado ni una mirada ni tampoco me dice una sola palabra en todo el camino.
Una hora después, baja del vehículo cuando nos detenemos frente a una lujosa propiedad.
Yo, al menos, espero que por cortesía me ayude a bajar, ya que el vestido es incómodo y pesado.
No lo hace.
Se adentra en una mansión aún más grande que la de mi familia y cierra la puerta con tanta fuerza que el ruido me hace dar un pequeño salto en el asiento.
Me quedo quieta, inmóvil, sin tener la menor idea de qué hacer.
Pasan unos segundos y, finalmente, uno de sus hombres se acerca.
Viste un traje a medida que parece robado de una pasarela de Armani, pero su mirada intensa, casi amenazante, le arruina el glamour.
Abre la puerta con una cortesía tan pulida que me desconcierta y me tiende la mano con elegancia.
—La ayudo, señora.
El contraste me descoloca.
Afuera, todo parece sacado de un maldito cuento de hadas: jardines interminables, perfectamente cuidados, salpicados de flores rojas que estallan por todos lados.
Un paraíso en el infierno.
Hermoso, sí, pero a estas alturas, ¿a quién le importa el aspecto de mi prisión?
—Gracias, lo aprecio.
—Respondo tomando la mano del modelo siniestro que hace de seguridad o matón, no lo tengo claro aún.
—Permítame acompañarla a su habitación, señora Harrington.
Otra vez esa palabra.
—Solo llámame Bárbara, sin formalidades.
No me digas señora, mucho menos uses en mí el asqueroso apellido de tu jefe.
El hombre niega con la cabeza y, cuando iba a decir algo, lo corto levantando la mano.
—Agradezco que me ayudes, al parecer, mi esposo olvidó que estoy aquí.
¿Cómo te llamas?
—Jack, señora.
—Ruedo los ojos al darme cuenta de que no dejara de llamarme así.— Lamento no poder llamarla por su nombre, si el señor Alexander se entera, podría despedirme.
Caminamos hasta la puerta de entrada.
La abre y me deja pasar primero.
Todo lo que hay aquí grita “Dinero viejo”.
Pero a mí, esas cosas no me impresionan.
—Solo dime dónde queda mi habitación e iré sola.
No hace falta que me acompañes.
El guardaespaldas asiente y lo sigo hasta el pie de la escalera.
—Tercer piso, primera puerta a la izquierda.
—Me indica el camino y le agradezco con una sonrisa.
—Gracias, Jack.
—De nada, señora Bárbara.
—Sonríe por primera vez y subo las escaleras.
—Sonríe más seguido, Jack.
Resalta tu belleza masculina.
Él asiente y desaparece de mi vista.
Subo la escalera peleando con el vestido que me dificulta el ascenso, y lo primero que hago es quitarme los malditos zapatos hasta llegar a la tercera planta de la impresionante mansión de mi poco querido —o apreciado— esposo.
Ninguna de las dos.
Lo detesto.
Alexander ya se encuentra adentro.
No pensará que compartiré la habitación con él, ¿verdad?
—Bueno, esposa, el asunto entre los dos será así.
—Se quita la chaqueta del traje y la deja sobre la cama.— Tú y yo somos un matrimonio, eso quiere decir que irás conmigo a reuniones familiares, eventos sociales y, en ocasiones, a la empresa para que las personas te conozcan.
Te diré todo lo que necesitas saber durante el vuelo.
No lo miro.
Recorro la habitación con la vista y tengo que reconocer que el interior es precioso.
Entra mucha luz y el aire fresco que entra por las ventanas me relaja.
—¿Escuchaste lo que te acabo de decir o…?
Me giro y se calla, observándome con una ceja enarcada.
¿Lo incomodo?
¡Perfecto!
—¿De qué vuelo hablas?
—lo interrumpo.
—El vuelo que nos llevará a nuestra luna de miel.
Tenemos que aparentar, ¿qué esperabas?
—Juro que quiero partirle la cara con el tacón de mi zapato.
— Tendremos todo un mes para nosotros solos en la isla Harrington.
Alexander se desprende botón por botón de su camisa, despacio, sin prisa y sin quitarme los ojos de encima.
No mentiré, es malditamente atractivo.
Sus brazos fuertes y gruesos amenazan con desgarrar la tela, y su abdomen parece una escultura de algún dios griego.
Sus ojos azules son dos glaciares que amenazan con congelarme.
Y ni hablar de sus labios: apetitosos, abultados.
Su mandíbula perfilada.
Es perfecto, una lástima que sea un completo imbécil.
Donde sea que miren mis ojos me detengo a ver lo perfecto que es el malnacido.
Alexander es lo que toda mujer desearía tener.
—¿Tienes que hacer todo tan dramático, Alexander?
Podrías haberte cambiado en el vestidor o en el baño como una persona normal.
¿Ahora eres stripper?
Exagero en un tono sarcástico, olvidando por completo lo de la luna de miel.
Me distrae… demasiado.
Sonriendo de manera arrogante, sigue con la tarea de quitarse la camisa.
—¿Y perderme el placer de tu reacción?
No, gracias.
Además, ¿no deberías estar agradeciéndome?
Después de todo, estás presenciando un espectáculo que muy pocas tienen el privilegio de ver.
Con la fama de “folla y deja” que tiene, dudo mucho que lo vean mucho tiempo vestido.
Finjo indiferencia.
No le demostraré que me gusta la vista.
Lo bueno que está no compensa lo maldito, idiota y arrogante que es.
—Oh, sí, claro.
Un espectáculo de vanidad masculina.
¡Qué suerte la mía!
Es una pena que no seas mudo, en ese caso serías el hombre perfecto.
—Si no te gusta lo que ves, simplemente cierra los ojos.
Pero, como siempre…
mientes.
Tus ojos negros brillan, y eso es porque les gusta lo que ven.
Siempre te he gustado.
Reconocerlo, no te hará daño.
Lo miro fijamente, con odio.
Los cuatro años que estuve sola en Alemania —aunque no lo parezca— me han ayudado a forjar mi carácter.
Ya no soy la niña tonta a la que amedrentaba cuando éramos niños.
—¿De verdad crees que a alguien le importa tu exhibicionismo?
Ni siquiera llamas tanto la atención como el ex novio que dejé en Berlín.
Se detiene por un momento con actitud desafiante y… hay algo nuevo en sus ojos.
No sé qué será, pero definitivamente no le gustó mi comentario.
¿Celos?
¿O solo le molesta saber que alguien más toco mi cuerpo?
—Si vas a mentirme en la cara, procura que tus expresiones sean convincentes, calabacita.
—Detesto el apodo que me dio cuando éramos niños.
— Y sobre ese chico, Antón… más bien diría que se vio forzado a abandonarte al saber que el anillo en tu dedo era mío.
Quedaste como una mentirosa con ese idiota.
¿Acaso no lo sabías?
¿No te dijo que se sintió engañado?
¿Que se llevó un cheque con cinco ceros solo por dejarte ir?
¿Te dijo que ya no te quería?
Porque así se lo exigí.
¿Lloraste mucho después de que te dejara?
No llore tanto como el imagina, pero ahora con Alexander frente a mi, intentando provocarme como hace años, me hace olvidarlo todo.
¿Por qué?
no lo se, es un jodido misterio.
Siempre fue igual…
pierdo el cerebro no se donde cuando estoy en su presencia.
Serán unos largos dos años.
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