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Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Mansión Harrington
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7: Mansión Harrington 7: Mansión Harrington Me pica la mano por reventarle la mejilla de un guantazo.

Respiro hondo guardándome para mí misma mis emociones y sonrió como si lo que acaba de decirme no me afectara.

Lo hace.

La sonrisa que me muestra después de decirme que Antón aceptó un cheque por dejarme me golpea como un ladrillazo en el pecho.

—¡¿Qué acabas de decir?!

¡Mientes!

—Suelto una risita amarga mientras camino por la habitación fingiendo observar los muebles, aunque el temblor de mis manos me delata y me cruzo de brazos para que no las vea.

Su camisa termina sobre la cama.

Ahora Alexander mira su propio abdomen marcado y acaricia el tatuaje de dragón que serpentea desde sus costillas hasta perderse en su cadera, escondiéndose más abajo bajo sus pantalones.

Es ardiente.

Demasiado.

Me distrae, más y más, y caigo como una maldita tonta.

—No te desenfoques, Bárbara.

Estamos hablando de algo importante y me observas como a un pedazo de carne.

Y no, no miento.

—Su voz es firme, cortante.

— Personalmente le dije que te dejara o lo iba a pasar mal por estar con una mujer comprometida.

Ahora entiendo por qué me dejó.

Solo me dio una excusa barata.

Pasé horas enteras preguntándome qué demonios hice mal, qué había dicho o hecho para que me cortara de esa manera.

Me dijo que se había acabado, que ya no me quería.

Y yo lo creí.

—¿Pensaste que te dejaría ir y no iba a saber qué hacías, con quién dormías y a dónde ibas?

—Se lleva las manos a la hebilla del cinturón y la manipula despacio, con esa calma que me hiela la sangre y calienta en partes iguales.

— Ese tipo no tuvo oportunidad de nada cuando me vio llegar a su apartamento el día antes de exigirle a John tu regreso.

Le dejé una suma considerable por “cuidar de ti” los últimos dos años y con eso olvidó todo el amor que supuestamente te tenía.

No te amaba realmente, Barbara.

—¿Por qué te tomaste tantas molestias por alguien a quien supuestamente odias?

¿Antón trabajaba para ti?

—mi voz tiembla de rabia.

Si descubro que se burló de mí, que se rio de cada beso, cada caricia, de los dos malditos años juntos, juro por dios que no dudaré en volver a Berlín solo para cortarle las malditas bolas.

—No, ese idiota no trabajaba para mí jamás le pagaría a alguien para que toque lo que es mío.

—Alexander sonríe con suficiencia mientras suelta la hebilla de su cinturón.

— Ahora cámbiate, tenemos que salir en una hora.

Y sobre mi físico, reconoce que ni en tus sueños él está mejor que yo.

Es un flacucho lleno de pecas.

Lo odio.

Lo odio tanto.

Pero mis ojos no dejan de recorrer ese cuerpo deforme de perfección.

—Que Antón no tenga el físico de un adicto al gimnasio y al sexo no lo hace un flacucho, pero eso es lo de menos, follaba como un dios del sexo y tenía unos ricos 23 cm que me llenaban de maravilla.

— Le guiño un ojo, segura de haberlo enardecido.

— Jamás lo olvidare, aunque sea un idiota igual que tú.

—No me importa, ahora, en este momento, se nota que te gusta lo que ves, esposa.

—Se pasa el pulgar por la comisura de su labio, divertido.

— Tienes un poco de baba… límpiatela.

Lo ignoro, aunque tenga ganas de reírme, pero siento el calor subiendo a mis mejillas, obligándome a mirar cualquier cosa menos a él.

Maldito presumido.

No me quitaré el vestido delante de él.

Ni siquiera tengo que hacerlo… Y sí, me gusta lo que veo, pero no pienso admitirlo en voz alta; eso solo elevaría su ego.

—No iré a ningún lado contigo.

Tienes un ego gigantesco y un cerebro diminuto.

Apuesto a que, si hiciera lo mismo que tú y me desvistiera como una desnudista, también me mirarías igual.

Alexander, con una sonrisa burlona, da un paso adelante y se planta frente a mí, demasiado cerca para mi gusto.

Creo… no sé, siempre me pone nerviosa.

—No eres mi tipo.

Eres tan… común.

Pero si quieres, puedes seguir fingiendo que no te gusto, esposa.

—Me recorre de arriba abajo.

No con desdén como esperaba, sino como si él también estuviera mintiendo.

No soy su “tipo”.

Mentiroso de porquería.

No quiero esos malditos ojos de pervertido sobre mi cuerpo.

Solo serán dos malditos años.

Me animo a mí misma, aunque con Alexander no estoy segura de sí podré soportarlos.

Si quiere un hijo, que rente un vientre y deje de fastidiarme.

No pienso elevarle más el ego a este simio.

—Perfecto.

Ahora vete de mi habitación.

¿No tienes algo mejor que hacer que molestarme con tus estupideces?

—No realmente, pero siempre puedo encontrar algo más interesante.

¿Alguna sugerencia, querida esposa?

¿Consumar el matrimonio, tal vez?

—Se quita el pantalón quedando solo en bóxer.

—Y para que sepas, no es tu habitación, es nuestra habitación.

Ahora estamos casados.

Tiene la facilidad de soltar cosas que me dejan perpleja y pasar a otra como si nada.

Como si no las hubiera dicho.

Consumar nuestro matrimonio.

Lo detesto, pero después de verlo casi desnudo…

Sacudo la cabeza borrando la imagen en mi mente.

Todavía me pregunto cuántos espejos rompí a lo largo de mi vida para terminar casada con este hombre.

—Sí, tengo una sugerencia.

Puedes buscarme algo para cambiarme.

¿Podrías ir a París a comprar ropa?

Mientras más lejos de mí, mejor.

Exhibe su cuerpo con movimientos perezosos, orgulloso de sí mismo.

Yo solo lo veo como carne bien formada y nada más…

¡A quien quiero engañar!

¡El arruina infancias esta como dios manda!

Me giro hacia la ventana.

Las rosas rojas del jardín delantero no logran capturar mi atención como él… aunque hago un esfuerzo.

—Tienes ropa suficiente en el vestidor, todo de tu talle y número de calzado, incluso lencería.

Mi color favorito es el rojo.

Lo detesto tanto… Sonrío, ese es un color que no usaré.

Nunca.

Jamás en la vida.

El vestidor, tan grande como mi habitación… bueno, mi antigua habitación en casa.

Hay maquillaje, vestidos, ropa casual, formal, vestidos, zapatos y… toda la maldita lencería es roja.

Soy el claro ejemplo del refrán que dice: “El pez por la boca muere” Me quito el vestido y respiro hondo.

—Bonito tatuaje.

—Dice detrás de mí.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Alexander?

—Lo miro, molesta.

Él solo sonríe travieso.

—Solo estoy asegurándome de que mis esfuerzos valgan la pena y estes feliz con todo, querida esposa.

¿Te gusta todo lo que compré para ti?

—¿Tus esfuerzos?

¿Comprar lencería de tu color favorito cuenta como esfuerzo?

Lo demás es tan común como tú.

—Y el arte en tu espalda es impresionante.

—Ignora mi comentario.—No eres la niña boba de antes.

Ese tatuaje lo demuestra.

Y debo decirlo… es mi diosa favorita.

Me gusta.

Es Diana, el tatuaje muestra a la diosa romana de la caza, disparando su arco.

Dolió como la mierda.

Entre mis omóplatos, veinticinco centímetros de puro dolor convertido en arte.

—Apreciaría más que dejaras de invadir mi privacidad.

¿Por qué demonios miras?

Alexander sonríe, encogiéndose de hombros.

—No puedo evitarlo.

Ahora tienes un cuerpo sexy.

Y, además… ¿a quién demonios le importa la privacidad cuando estoy viendo a mi propia esposa?

No es acoso, estoy en todo mi derecho.

Trato de respirar hondo para calmarme.

Esto no será fácil.

—No me importa lo que pienses.

Retrocede y déjame en paz.

—Si insistes.

Pero recuerda: esto es solo el comienzo.

Hay mucho más por venir.

Esboza una sonrisa.

No es cálida ni amable… hay malicia en ella.

Luego se retira, cerrando la puerta.

Media hora después, estamos a bordo de su avión privado rumbo a la isla Harrington.

No sabía que tenían una.

Fanfarrones.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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