Princesa de la Mafia Irlandesa - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Estoy harto de ser tu maldito niñero
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8: Estoy harto de ser tu maldito niñero.
8: Estoy harto de ser tu maldito niñero.
Los Harrington tienen tanto dinero como para comprar una isla y ponerle su maldito nombre.
Son una familia distinguida, tienen empresas en todo el mundo y también son cercanos a la realeza.
Alexander se sienta junto a mí y cierra los ojos.
Si no fuera porque odio volar, también lo haría.
Me froto el brazo por la molestia que siento, ya que antes de subir al avión me han quitado el dispositivo anticonceptivo de manera fácil y rápida.
Solo tuve que esperar que la anestesia hiciera efecto para que lo quitaran.
No hay nada que pueda hacer, de todas formas, con o sin él, no me dejaré tocar por Alexander.
Solo le ruego a los dioses, demonios o entidades que me estén oyendo en este momento, que no me dejen caer en la tentación.
La isla Harrington es un paraíso, pero la casa que nos recibe es espectacular.
Afortunadamente nos acompaña un clima agradable y sonrío, porque tomaré mucho sol y me broncearé como siempre he querido, aunque el resultado final sea una piel enrojecida y afiebrada.
La maldición de todos los pelirrojos de piel blanca y delicada.
Alexander carga con ambas maletas.
Afortunadamente dormiremos en habitaciones separadas.
Mis ruegos fueron escuchados.
No hay empleados a la vista y supongo que se debe al horario.
Es de madrugada.
Solo un puñado de guardaespaldas que vinieron con nosotros para hacerse cargo de la seguridad, incluido el amigable Jack que me observa a distancia.
La casa playera cuenta con dos plantas, tres habitaciones con baño privado, un lujoso comedor conectado a la cocina perfectamente equipada donde el acero y el mármol predominan.
Una sala de estar, biblioteca, un despacho y una piscina en el patio trasero.
¿Quién demonios instala una piscina cuando tiene un océano para él solo?
Un Harrington, claramente.
Lo primero que hago al llegar es recorrer la propiedad, luego me encierro en mi habitación y me ducho para dormir.
He viajado de Berlín a Londres y desde ahí hacia la isla que sabe Dios en qué parte del mapa se encuentra.
Estoy agotada y Alexander me ignora, como lo hizo en todo el vuelo.
Tres días después camino sola por la playa bajo la luz de la luna.
No mentiré, el lugar es precioso, no hay personas, solo nosotros dos y los vigilantes.
Bebo de la botella de ron cubano directamente del pico —lo que he estado bebiendo desde el primer día— y tropiezo cayendo a la arena húmeda por culpa de una pequeña roca sobresaliente, para después reírme como una desquiciada.
Estoy ebria.
¿Y por qué?
Porque en estos tres días, Alexander me ha demostrado que, cuando quiere, no es un cretino.
De hecho, se ha mostrado atento, aunque distante.
No hemos hablado, solo hay miradas fugaces entre ambos que se desvían en cuanto nuestros ojos se encuentran.
En la piscina, por ejemplo, si yo estoy, él no se aparece; en la cocina, solo para las comidas.
Si nos encontramos, no tarda en alejarse.
Como si tuviera la peste negra o algo así.
Mis ojos se fijan en él, gracias al cuerpo espartano que tiene, y los suyos, claramente por el asco que me tiene, me evitan.
¿Para qué carajos exigió casarse conmigo si me detesta tanto?
Es… contradictorio.
Y emocionalmente…
agotador, frustrante y doloroso.
Tres semanas y llevamos la misma rutina.
Despierto tarde y con resaca, no recuerdo cómo demonios termino en mi cama cada madrugada, ni cómo hago para que mi ropa aparezca doblada en los pies de la cama.
¿Soy una borracha ordenada?
Quizá sí lo sea.
Nos queda un poco menos de una semana para regresar y no quiero volver a Londres.
Viviría muy feliz en esta isla, lejos de todos.
La resaca me está matando, creo que me bebí todo el alcohol que teníamos en la preciosa isla Harrington.
Bajo las escaleras ya aseada y encuentro en la cocina a Alexander, preparando el almuerzo…
para los dos.
Me salté el desayuno.
Desde que llegamos, él se ha ocupado de la comida, de la limpieza y de mantener todo ordenado.
Es un maldito controlador, todo tiene que ser como él lo quiere y no me ha permitido hacer nada para ayudarlo, porque según él no lo haré como le gusta y tendrá que hacerlo él mismo de todos modos.
Se ha mantenido ocupado todas estas semanas, un trabajo bastante pesado, pero todo sea por estar lejos de mí.
¿No?
Me da igual, pero hoy…
no tiene playera, está desnudo de la cintura para arriba, descalzo y solo usa un pantalón viejo y desgastado que lleva cuando limpia la casa.
Su cabello luce húmedo y el aroma a sándalo de su jabón me dice que acaba de ducharse.
Rico… muy rico.
Aunque jamás lo admitiré en voz alta, ese hombre es un pecado con piernas.
Completamente embobada con la vista, camino hacia la mesada de mármol y me siento en la silla alta con respaldo.
Mis ojos no dejan de observarlo.
Si no fuera un completo imbécil, si no me hubiera obligado a casarme con él, tal vez me hubiera esforzado en conocerlo un poco más.
Estas tres semanas en la isla, Alexander ha sido agradable la mayor parte del tiempo, al menos en las horas de la comida.
Desde que llegamos no ha dicho nada inapropiado, ni hiriente, ni tampoco recurrió a sus viejas costumbres de provocarme para que yo estalle y le responda con la misma malicia.
Nada.
Solo está, pero no dice nada.
Solo esquiva mi mirada y se aleja.
—Tómala.
—Me entrega un analgésico y un vaso de jugo de naranja recién exprimido.
Exhala molesto y sigue con lo suyo.
—Gracias.
Lo necesitaba yo… —Me mira por encima del hombro, silenciándome con el ceño apretado.
—Toma la pastilla, Bárbara.
Estoy harto de ser tu maldito niñero.
—Me interrumpe, señalándome con su dedo acusador, y yo… me tomo el medicamento.
—Tienes resaca.
Te bebiste todo el licor que había en la casa estas tres semanas.
No me gusta lo que haces, no quiero una esposa que me avergüence en público porque no se sabe controlar a la hora de beber, ni tampoco quiero volver a llevarte a la cama otra vez, como cada maldita noche.
La próxima vez, te juro que te dejaré durmiendo en la arena húmeda para que te piquen los cangrejos o tomes un merecido resfriado por borracha.
Tal vez así aprendas que no debes beber hasta quedar inconsciente.
No volví sola a la cama.
Todo el tiempo fue él quien me recostó y dobló mi ropa.
No digo nada, esperé por días a que me hablara, que dijera algo, y lo que consigo es un regaño.
Merecido.
Se ve furioso.
¿Será por eso que me miraba con desaprobación cada mañana los últimos días?
—Solo espero que no te hayas aprovechado de mí mientras estaba vulnerable.
—No sé por qué demonios le respondo con esa basura; mi cerebro aún está borracho y él no sería capaz de hacerlo.
Yo… lo habría notado.
Alexander ignora la estupidez que acabo de decir y se da vuelta con platos en las manos.
—Come algo, tu estómago necesita algo más que licor.
Me sirve un plato con más proteína y grasas de las que acostumbro a comer.
Después deja otro con frutas tropicales picadas y recarga mi vaso con más jugo exprimido.
No digo nada, no quiero discutir.
No tengo cómo defenderme tampoco, y eso me molesta aún más.
—No te toqué un solo cabello, si es lo que te preocupa.
—Su mirada me atraviesa, dura y seria—.
Las mujeres me gustan en sus cinco sentidos.
Me mira a los ojos.
Algo brilla en el azul de los suyos que amenaza con arrastrarme al fondo del océano.
—¿Por qué me miras así?
—pregunto, sintiéndome terriblemente incómoda.
Él se sirve su comida y se sienta frente a mí.
Después de un largo momento de silencio incómodo, se digna a hablar.
—¿No recuerdas nada de lo que pasó anoche?
Es decir, ¿no recuerdas nada de lo que me dijiste?
Abro mis ojos de par en par.
Ni siquiera recuerdo que anoche estuviéramos hablando.
Mis ojos traicioneros se fijan en sus labios cuando pasa su lengua barriendo los restos de jugo que acaba de beber.
—No recuerdo nada.
¿Qué te dije?
Él no me mira, mantiene los ojos en su plato de comida.
Hasta que termina y se levanta a recoger todo.
Entonces sí, sus ojos buscan los míos para apuñalarlos como cuchillas.
—¿Vas a decirme o no?
—pregunto algo molesta, porque detesto el silencio que viene con la intriga.
Su rostro se muestra inexpresivo, pero sus ojos se oscurecen poco a poco y los músculos de sus brazos tensándose no me dicen lo mismo.
¿Qué carajos le habré dicho para que se ponga así?
—No.
—Dice a secas, listo para retirarse e ignorarme hasta la cena.
—¿Por qué no?
Me gustaría saber si dije algo inapropiado y, de ser así, espero que te haya ofendido gravemente.
Desde que apareciste en mi vida, solo me has hecho pasar momentos desagradables y, si ebria logré irritar tu maldita sangre azul, me encantaría saberlo.
¿Qué te dije que te tiene tan molesto?
Sonrío como una idiota adolescente después de decir esa nueva estupidez, porque esta es la primera vez en tres semanas que nos dirigimos la palabra y mantenemos una “conversación”.
Al menos estando yo consciente.
—Me pediste que te follara.
¿Siempre que bebes te lanzas así?
—Enarca las cejas y sonríe de lado.
Otro silencio incómodo nos envuelve.
—Y también me dijiste que estabas molesta conmigo porque no te hablo.
La burla en su voz otra vez.
Es el mismo Alexander Harrington que conozco.
Me levanto de la silla y le sonrío.
No soy capaz de haberle pedido tal cosa a este idiota.
Lo detesto, ¿no?
Pero si no recuerdo nada cada mañana, ¿cómo voy a saber si me está mintiendo?
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