Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 115
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- Capítulo 115 - 115 Capítulo 115 La vida de un traidor
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115: Capítulo 115: La vida de un traidor 115: Capítulo 115: La vida de un traidor Jaxon
Sentía que iba a hacer un agujero en el suelo de tanto pasearme de un lado a otro.
Tenía los nervios destrozados y los músculos tensos.
Sentía que apenas podía ver con claridad.
Cada vez que sonaba el teléfono o escuchaba pasos, pensaba en Sara y mi desesperación empeoraba.
—Jaxon, creo que tengo algo que requiere tu atención —declaró Max, entrando en la habitación como una tromba.
Mis ojos se clavaron en él, pero no dejé de pasearme.
—¿Qué está pasando?
—exigí.
Max me dedicó una sonrisa avergonzada.
—Con toda nuestra… purga, creo que he encontrado al verdadero topo que trabaja para Marino.
Está en la fábrica ahora mismo, los chicos lo tienen retenido.
—¿Este es el pedazo de mierda que ayudó a secuestrar a Sara?
—Ya estaba cogiendo la chaqueta y las llaves.
Seguí a Max rápidamente por donde había entrado y salimos hacia su coche.
—Este es el principal, sí.
Tenía otros ayudantes y también están retenidos.
Max conducía como un loco por la carretera en su camioneta monstruo elevada.
No dejaba de apretar y soltar los puños.
Solo podía pensar en golpear a ese traidor hasta que me llevara a Sara.
Quería darle puñetazos hasta reventarle la cara.
—¿Cómo lo descubriste?
—pregunté, bruscamente.
—Actuaba de forma extraña y ocultaba algo, claramente.
Uno de mis hombres le oyó hablar con Marino y pedirle protección —respondió—.
Costó un poco sacárselo, pero al final confesó.
Llegamos a la fábrica y yo ya estaba casi fuera del coche antes de que Max pudiera aparcar.
Irrumpí en la fábrica y seguí las indicaciones de la gente, que no dejaba de señalarme la dirección correcta.
Me dirigí a la sala del fondo y vi al hombre que buscaba encadenado a la mesa.
—¿Christian?
¿En serio?
Esperaba más de ti —dije rápidamente al entrar en la sala.
Me acerqué y le di un puñetazo directo a la mandíbula.
—Lo siento, Jaxon.
Lo siento.
—Christian ya estaba casi llorando.
No lograba sentir ni una pizca de lástima por él.
En vez de eso, volví a pegarle.
La nariz empezó a sangrarle.
Definitivamente, había lágrimas en sus ojos.
Debía de haberle roto la nariz.
—No solo me traicionaste a mí, sino también a Sara.
Ahora Sara está encerrada con ese maníaco a saber dónde por tu culpa.
Tú dejaste que esto pasara.
Ayudaste a destruir todo lo que tenemos aquí.
¿Valió la pena?
Christian negó con la cabeza, sin siquiera intentar ocultar su vergüenza o su miedo.
Qué cobarde.
Intenté obligarme a sentir piedad por él, pero no pude.
Todo lo que sentía era odio y asco.
—Dime dónde está.
¿Cuál es el plan de Marino?
¿Dónde la tiene retenida?
Me sorprendió lo tranquila y serena que sonaba mi voz.
Quería tomarme mi tiempo y hacer pedazos a este niñato.
Sabía que a quien realmente quería hacer daño era a Marino, pero Christian tendría que servir hasta que pudiera encontrarlo.
Después de todo, si algo le pasaba a Sara, él era tan culpable como Marino.
La idea de que estuviera herida o mal me enloquecía y no podía soportarlo.
Me moví y le di una bofetada rápida en la cabeza.
—¡No lo sé!
Dijo que tenía un plan mejor para tomar el control.
Dijo que me ayudaría, que no me pegarían palizas y que yo podría ser el que ganara dinero.
—Las palabras de Christian, ahogadas por las lágrimas, eran difíciles de entender del todo.
Eso solo me enfureció más.
Sentía que me iba a salir de mi propia piel.
—Si tenías un problema, Christian, deberías haber venido a mí.
No puedo arreglar las cosas si no sé que hay un problema.
Seré muchas cosas, pero no adivino el pensamiento.
—Tiré de su silla hacia atrás y le di una patada rápida en los huevos.
Christian soltó un chillido agudo.
Se encogió sobre sí mismo mientras la cara se le ponía roja.
—Lo siento —apenas murmuró.
Le temblaban los labios y el cuerpo le temblaba casi como si estuviera convulsionando.
Puse los ojos en blanco.
Seguía sin sentir nada más que ira.
—Un «lo siento» no me devuelve a mi mujer, ¿verdad?
Dime dónde está, qué está haciendo con ella.
Joder, Christian, dime lo que sea.
—¿Vas a matarme?
—Su voz era infantil y sus sollozos, intensos.
—Si fueras yo, ¿te dejarías vivir?
¿Hay alguna razón válida para perdonarte la vida?
Me mentiste, me traicionaste y, potencialmente, has hecho que maten a mi mujer.
—En realidad, no había pensado en matarlo.
Solo había pensado en causarle el mayor dolor posible.
Pero imaginarlo muerto sí que me producía una sensación de satisfacción diferente.
Era imposible que pudiera volver a confiar en él lo suficiente como para dejarlo vivir.
No después de esto.
—Dijo que no le haría daño… Y-yo ayudé a convencer a otros de que, si ayudaban, Marino los… protegería… P-pirateamos el correo de Sara y así supimos que tenía una reunión esa noche con Tori.
¡Marino juró que no iría a por ella!
Dijo que solo quería… llamar tu atención.
¡Solo quiere hablar!
—Los gritos de Christian eran agudos y estridentes.
Escucharlos era más que molesto.
—¿Adónde se la llevó?
—¡No lo sé!
¡No lo sé, lo juro!
Solo dijo que se la llevaría fuera de tu jurisdicción.
Por favor, Jaxon.
Por favor —suplicó Christian.
Sus patéticos intentos de apelar a mi lado sensible eran irritantes.
No consiguieron ablandarme en absoluto.
Le di una patada directa en la mandíbula y salió volando hacia atrás, perdiendo el conocimiento.
Puse los ojos en blanco e hice un gesto a los otros hombres de la sala para que lo despertaran.
—Max, empieza a investigar todas las localizaciones en las afueras de la ciudad.
Cualquier sitio donde pueda estar escondido —ordené, arremangándome.
—¿Y qué hay de los otros que trabajaban con Christian?
—preguntó.
—Vamos a dar ejemplo con ellos.
Reúne a todo el mundo en la sala principal y luego ve a buscar a mi mujer.
Max asintió rápidamente y salió de la sala.
Christian estaba despierto de nuevo y atado a la silla.
Uno de los hombres le había puesto un paño sobre la cara, mientras el otro sostenía un cubo de agua.
Ambos esperaban mi orden.
Asentí y empezaron.
Christian gorgoteaba y se ahogaba con el agua.
Luchó en vano contra sus ataduras y yo me limité a observar.
No servía de nada, por mucho que quisiera verle sufrir.
Volví a asentir y se detuvieron.
—¿Qué más puedes decirme, Christian?
—Por favor —se ahogó.
Intentó decir algo más, pero las palabras no se entendían.
No paraba de negar con la cabeza y gemir.
Finalmente, saqué la pistola que llevaba en la parte trasera de la cintura y le pegué un tiro justo entre los ojos.
Dejó de temblar, llorar y farfullar al instante.
La fuerza del disparo empujó la silla hacia atrás y dejó un interesante patrón de sangre en la pared.
—Limpiad eso, por favor —exigí mientras guardaba la pistola.
Abrí la puerta de un empujón y marché rápidamente por el pasillo hasta la sala principal.
Los otros dos que ayudaron a Christian estaban siendo sujetados por dos hombres leales.
Todos los demás estaban de pie, presas del pánico.
—Claramente hemos tenido algunos problemas aquí para recordar quién está al mando.
Solo hay un capitán en este puto barco.
Si tenéis algún problema con eso o estáis pensando en desertar, largaos ahora —desafié.
Los miré a todos y se quedaron quietos.
Intenté ver cuántos de ellos empezaban a preocuparse de verdad y a mirar a su alrededor, pero todos los ojos permanecieron fijos en mí.
Me sentí un poco aliviado al pensar que quizá Max de verdad se había deshecho de todos los malos.
—A partir de ahora vamos a hacer las cosas un poco diferentes.
Ha habido demasiada libertad por aquí.
Claramente, muchos de vosotros no podéis manejar tanta libertad.
Estos dos, por ejemplo —dije, señalando a los dos hombres que seguían atados.
Oí a varias personas contener la respiración bruscamente.
—No toleraré este tipo de comportamiento.
No importa lo que os prometa nadie, traicionarme no acabará bien para vosotros.
Saqué la pistola de nuevo y seguí paseando despreocupadamente delante de los dos prisioneros que tenía detrás.
—Mi mujer ha desaparecido.
Marino se ha infiltrado en mi organización, y Max ha hecho la mayor limpieza desde lo de Ridgers hace quince años.
No estoy contento.
Y cuando no estoy contento, la gente sufre.
Esto es lo que va a pasar: vamos a recuperar a mi mujer, a eliminar a Marino y a su gente, y luego haremos algunos cambios por aquí para apretar las tuercas.
No estoy de humor para tolerar ni perdonar.
Será mejor para todos vosotros que no os crucéis en mi camino.
Pasé por detrás de los dos prisioneros y le disparé a cada uno a quemarropa en la nuca.
Me impresionó que nadie se inmutara.
Observé en silencio por un momento mientras los hombres que sujetaban a los prisioneros arrastraban sus cuerpos.
—Los negocios seguirán como de costumbre.
Limpiad vuestros equipos.
Max pasará por aquí con mucha regularidad para asegurarse de que todo funciona como debe.
Si tenéis alguna idea sobre mi mujer, sobre dónde encontrarla o cómo destruir a Marino, más os vale decírmelo.
Cualquier información que descubráis, decídmela directamente.
Consideraré el no hacerlo como un acto de traición y será tratado como tal.
Esta vez no esperé a ver cómo reaccionaba todo el mundo; simplemente me di la vuelta y salí del edificio.
Quería conducir por los límites de la ciudad, registrar cada lugar que no estuviera en mi jurisdicción hasta encontrarla.
Pero sabía que eso solo me pondría en la posición vulnerable y aislada que Marino probablemente esperaba.
Gruñí para mis adentros.
Llamé a mi chófer para que me recogiera en la fábrica y esperé fuera, paseándome de un lado a otro.
Saqué el móvil de nuevo y le envié un mensaje a Max:
*Avísame en cuanto averigües algo.*
Sentía los nervios a flor de piel y apenas podía soportar estar en mi propia piel.
Una parte de mí quería encerrar a todo el mundo en la fábrica y prenderle fuego, simplemente empezar de nuevo con gente y operaciones nuevas.
Pero todo eso sonaba a un derroche y era agotador.
En realidad, nunca disfruté quitando una vida; era una parte necesaria de mi cargo.
Quería llamar a Sara.
Quería oír su voz.
Por supuesto, no respondía.
Probablemente, los secuestradores le habían quitado el teléfono.
Quería destruir a Marino.
Max estaba buscándolos, pero ni Sara ni Marino aparecían por ninguna parte.
Mi chófer llegó y me arrastré dentro del coche.
—¿Adónde, señor Deverioux?
—preguntó, con indiferencia.
Suspiré.
—Solo lléveme a casa.
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