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Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 117

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117: Capítulo 117: Famosas últimas palabras 117: Capítulo 117: Famosas últimas palabras Jaxon
Estaba sentado en mi despacho destruido, rumiando mis pensamientos en la oscuridad mientras pensaba en Sara.

Había roto prácticamente todo lo de la oficina, salvo el escritorio y las sillas.

Había tenido ataques de ira desde que Marino se llevó a Sara.

No me había molestado en reemplazar los muebles, ya que solo iba a romperlos de nuevo.

Pasaba la mayor parte de mis días solo en esta casa, entre reuniones para trazar planes de acción.

No podía comer, no podía dormir y no podía evitar pensar en todas las cosas horribles a las que Marino pudiera estar sometiéndola.

La había tenido prisionera durante tanto tiempo que solo podía esperar que siguiera viva.

Nunca me detenía mucho en esa preocupación porque no quería creer que estuviera muerta.

Muerta no le serviría de nada, así que confiaba bastante en mi valoración de que seguía con vida.

Lo que me torturaba casi todas las noches era si seguía o no de una pieza.

Había tenido pesadillas en las que recibía partes de su cuerpo en cajas de regalo: un dedo de la mano, uno del pie, etcétera.

Todo lo que sabíamos de Marino me llevaba a creer que sería capaz de algo así.

No parecía haber nada que ese hombre no fuera capaz de hacer.

Por primera vez desde que estábamos juntos, le había fallado a Sara.

Había fracasado en mantenerla a salvo y ahora había fracasado en encontrarla y traerla a casa.

Cada día que pasaba era un día más en el que fracasaba como marido.

¿Cómo podría compensarla por esto?

¿Qué podía hacer para arreglarlo?

Primero tenía que recuperarla y luego pasaría el resto de mi vida compensándola.

Tenía a León y a James trabajando horas extra para encontrar a Sara o a Cynthia.

Buscaban una pista, una filtración, una fuente, cualquier cosa…

cualquier cosa que me llevara hasta mi esposa para poder traerla a casa sana y salva.

Hasta ahora, no dejábamos de toparnos con los mismos obstáculos y callejones sin salida, pero era solo cuestión de tiempo.

Encontraría a Sara y encontraría a ese hijo de puta.

El timbre de mi móvil me sacó de mis oscuros pensamientos.

Fruncí el ceño al ver el número oculto y contesté.

Esperaba que fuera alguien con buenas noticias.

—¿Quién es?

—Tu persona favorita —rio Cynthia—.

¿He oído que me estabas buscando?

—¡Zorra!

—gruñí con furia mientras ella seguía riendo—.

¿Qué coño quieres?

—Deberías portarte bien —dijo Cynthia con petulancia—.

Si no, ¿cómo vas a averiguar dónde está tu pequeña pobretona?

—Estás sorprendentemente envidiosa de alguien a quien consideras inferior a ti —repliqué mientras respiraba hondo para calmarme.

No serviría de nada gritarle a Cynthia.

Tenía que hacerme con la ventaja y averiguar dónde estaba Sara.

Necesitaba que se enfadara ella en lugar de perder yo los estribos.

Estaba seguro de que, así, revelaría algo sin querer.

—¡No estoy envidiosa de ella!

—espetó Cynthia, acalorada—.

Tú mismo lo dijiste.

Es inferior a mí.

Ninguna cantidad de dinero la convertirá en otra cosa que no sea lo que es.

No hay absolutamente nada que me pueda amenazar.

—Y, sin embargo, hiciste todo esto para conseguir lo que ella tiene —dije con una risa seca—.

No me engañas, Cynthia.

Hay algo en ella que de verdad te saca de quicio.

¿Qué es?

¿Estás resentida porque te cambiaron por un modelo más joven?

Cynthia bufó.

—Anda, por favor.

No es que tú seas un premio, Jaxon, y ella tampoco.

A eso no se le puede llamar mejorar, aunque me hubieras cambiado por ella.

—No parecías pensar eso hace cosa de un mes —señalé con una risa divertida—.

Estabas intentando convencerme de que yo era el padre de tu pequeño bastardo, ¿recuerdas?

—¡No te flipes y no hables así de mi bebé!

—espetó Cynthia, con la voz cargada de veneno—.

Quiero la corona, no al hombre que la lleva.

Eres lo que siempre has sido: un medio para conseguir un fin.

—Ya veo —dije con sorna—.

No pudiste conseguir el premio gordo, así que te conformaste con escoria de la peor calaña.

Has caído más bajo que nunca, incluso para ti.

Te has lucido, de verdad.

¿Qué te prometió?

—Yo nunca me conformo.

Ni lo he hecho ni lo haré —declaró Cynthia con firmeza—.

Él no es un segundo plato, va a ocupar tu lugar y a darme lo que quiero, lo que merezco.

Tú siempre has sido un hombre de pocas miras, pero Antonio entiende lo que hay en juego.

Me reí, incrédulo.

—¿De verdad te crees eso?

Está claro que no tienes ni puta idea de con quién te has metido en la cama.

—No, el que no tiene ni idea de con quién se está metiendo eres tú —espetó Cynthia—.

Estás viejo y acabado.

Este día tenía que llegar.

No eres immortal ni invencible, por mucho que te lo creas.

Antonio va a ser más poderoso de lo que tú has sido jamás, y yo tendré el poder que siempre he merecido.

No me duele nada decirte que Antonio es mejor que tú en todos los sentidos imaginables: más joven, más listo y en camino de ser más poderoso de lo que tú lo has sido nunca.

No pude evitar poner los ojos en blanco mientras Cynthia seguía con su larga perorata sobre lo genial que era Antonio Marino.

Para mí era obvio que yo había metido el dedo en la llaga, y ahora ella intentaba hacer lo mismo.

La diferencia entre nosotros era que a mí me importaba una mierda lo que Cynthia pensara de mí, mientras que ella todavía buscaba mi aprobación.

—¿He mencionado ya lo animal que es?

—preguntó Cynthia con una risa de autosatisfacción que me hizo hacer una mueca de asco—.

Hay que reconocer las ventajas de un semental joven frente a un viejo pellejo reseco.

Dicho esto, al menos yo no me he rebajado a ser una asaltacunas.

Puse los ojos en blanco mientras Cynthia disfrutaba del sonido de su propia voz.

Su tendencia a regodearse siempre había sido una de las cosas que más odiaba de ella; eso y su falta de visión.

Creía que tenía la sartén por el mango en esta situación, pero no se daba cuenta del peligro que corría con su nuevo cómplice, sobre todo cuando yo fuera a por ellos.

En ese momento, noté que quería que me arrastrara y le suplicara, seguramente para poder restregármelo por la cara después.

Creía que me tenía a su merced, pero siempre había tenido el pequeño problema de subestimarme.

Esbocé una sonrisa de superioridad mientras ella seguía con su perorata; era evidente que probablemente podría provocarla para que me dijera algo incriminatorio o útil.

—¡¿Sigues ahí, Jaxon?!

—chilló Cynthia con voz estridente, claramente molesta ante la idea de que no estuviera pendiente de cada una de sus palabras.

Abrí la boca para responder y mis ojos se abrieron como platos al oír un fuerte disparo al otro lado del teléfono, seguido de un golpe sordo.

No sabía si oía pasos que se acercaban o si era el sonido de mi propio corazón, que me retumbaba en los oídos.

—¡Cynthia!

—grité al teléfono, pero solo obtuve silencio como respuesta—.

¡Cynthia!

—No, soy Antonio —respondió una voz socarrona al cabo de unos instantes—.

Cynthia no puede ponerse al teléfono…

nunca más.

—No lo has hecho…

—musité, incrédulo, incapaz de comprender que acababa de escuchar el asesinato de Cynthia.

Marino acababa de pegarle un tiro sin previo aviso.

Estaba claro que había pensado lo mismo que yo: que era inevitable que se le escapara algo importante.

Marino soltó una risita.

—No finjas ahora que te importa, Deverioux.

Ambos sabemos que era un grano en el culo.

Por un momento, me sentí casi triste.

Cynthia me había traicionado, pero habíamos compartido buenos momentos juntos; una vez, incluso habíamos compartido una vida.

Ahora ya no estaba.

—Creía que trabajabais juntos —dije con frialdad, con la mente aún aturdida.

Marino tenía razón sobre Cynthia, pero no esperaba que su vida terminara de forma tan abrupta.

Al final, la única culpable de su propia muerte era ella misma.

Se había metido en un juego demasiado peligroso con una bestia muy diferente a las que estaba acostumbrada.

—Lo estábamos, pero ya no —respondió Marino, sin más—.

Es una pena que no supiera mantener la boca cerrada.

Le venía bien a mi ego.

Será una molestia tener que reemplazarla.

En fin.

—No tienes ningún tipo de moral —dije con asco—.

Una mujer embarazada…

No hay nada que no seas capaz de hacer.

Marino suspiró al otro lado de la línea antes de responder en un tono que sonaba casi arrepentido: —No es así como habría elegido terminar nuestro acuerdo, pero me ha obligado…

Te equivocas en una cosa: no le he disparado a una mujer embarazada.

Su mocoso ya ha nacido, aunque eso no cambia nada en tu situación actual…

Sara te manda recuerdos.

—¡Hijo de puta!

—bramé, furioso, mientras me ponía en pie de un salto, con la mano libre cerrada en un puño—.

¡Dime dónde está mi mujer.

AHORA!

—Voy a proponerte algo mejor —ofreció con un tono que denotaba una sonrisa de superioridad—.

Te devolveré a tu mujer.

Solté una risa amarga.

—¿Dónde está el truco?

No te la llevaste solo para devolvérmela.

—Soy un hombre razonable —respondió Marino—.

Y creo que tú también lo eres, así que sí.

Te la devolveré, sin más.

Lo único que tienes que hacer es entregarme las llaves del reino.

Tu tiempo ya ha pasado.

Es hora de que te hagas a un lado y te jubiles con tu bella esposa.

Llévala de vacaciones y tened hijos o algo por el estilo.

—Por encima de mi cadáver —bramé, furioso.

—O quizá por encima del de Sara, tú eliges —respondió con una risita antes de colgar.

Lancé el teléfono con rabia al otro lado de la habitación.

El sonido del aparato al estrellarse contra la pared me llegó como algo lejano mientras, frustrado, volcaba mi pesado escritorio de roble.

Me tiré del pelo con desesperación mientras su amenaza retumbaba en mi cabeza.

El hecho de que acabara de matar a Cynthia a sangre fría, allí mismo, sin el menor aviso, me estaba volviendo loco.

Si era capaz de tratar así a Cynthia, era de suponer que su amenaza contra la vida de Sara iba en serio.

Mi imperio o mi mujer…

¿qué era más importante para mí?

¿Qué clase de vida podría darle a Sara sin los recursos que me proporcionaba ser el rey del bajo mundo?

Marino tenía razón en una cosa.

Tenía que llevar a Sara de vacaciones después de esto.

Haberla traído a mi mundo había puesto el suyo patas arriba.

Quizá sacarla de él sería la mejor decisión para ella, pero nadie iba a obligarme a hacerlo.

Seguía decidido a salvar a Sara y a rescatar lo que pudiera de mi organización, ahora que la plaga de Marino había aniquilado a tantos de mis hombres.

Por encima de todo, quería matar a Antonio Marino con mis propias manos.

Se arrepentiría del día en que osó posar su mirada en mi trono.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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