Propiedad del Rey Multimillonario de la Mafia - Capítulo 216
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Capítulo 216: Capítulo 216: Amigos en los bajos fondos
Sara
Jaxon estaba desolado porque nuestro plan para salir no iba muy bien hasta ahora, podía notarlo. Nunca lo admitiría, era el arquetipo de tipo duro, pero yo sabía que era verdad. Sabía que se sentía culpable por lo que él consideraba su fracaso en arreglar la situación de inmediato, y no quería que se sintiera así. No era su culpa en absoluto. Lo había intentado y se había topado con un muro, pero ese muro era un obstáculo temporal. No iba a impedir que alcanzáramos nuestro objetivo. Solo necesitaba demostrárselo.
—Oye, cariño, no pasa nada —le dije, y le di un suave beso en la boca—. Piénsalo de esta manera. No te convertiste en el Rey del Submundo de la noche a la mañana, ¿verdad? —. De hecho, lo vi detenerse a pensar en mi pregunta y tuve que reprimir una risa.
—Claro que no —respondió, obviamente sin entender adónde quería llegar—. Me llevó años de duro trabajo. Tuve que hacer un montón de mierdas en las que no me gusta pensar, incluso a día de hoy. ¿Qué tiene que ver eso con nada?
—Lo que tiene que ver es que, si no llegaste ahí de la noche a la mañana, entonces podría llevar un tiempo que abdiques del trono, es todo lo que digo —repliqué con suavidad—. Tu red se extiende por todas partes. Tienes amigos en las altas esferas, amigos en los bajos fondos, socios por doquier, ¿no? Llevó años construir tu imperio. No puedes abandonarlo en un día. No es posible. Solo tenemos que idear un plan para salir gradualmente de esta vida. No será fácil y no será rápido, pero sé que podemos hacerlo.
—Supongo que tienes razón —gruñó, y sirvió otro chorrito de bourbon en su vaso—. Es que ya no quiero lidiar con esta mierda, para nada. Estoy harto, y de verdad esperaba que la respuesta de Tatiana fuera más, no sé… ¿positiva?
Comprendía por qué quería que así fuera, pero su optimismo al respecto, aunque encantador, estaba completamente fuera de lugar.
—Jaxon, piénsalo: tal como ella lo ve, al irte, estás impidiendo que gane miles de dólares. ¿Tengo razón? —le pregunté, y asintió a regañadientes—. Quizá incluso millones. Y, vamos, ¿describirías necesariamente a Tatiana como una persona empática?
Tuvo que reírse de eso, lo que demostró que yo tenía razón.
—Sí, ya lo sé, no es más que una perra sedienta de poder, dinero y sangre —respondió, y se agarró el pelo con frustración—. ¡Pero esa es una de las razones por las que quiero largarme de este puto negocio! ¡No quiero tratar más con ella, ni con gente como ella! ¡Estoy hasta las narices de esta mierda!
Vi que consideraba lanzar el vaso, y me sentí orgullosa de que no sucumbiera a la tentación de hacerlo. En lugar de eso, dio otro sorbo y soltó un largo suspiro.
—Pero ese es precisamente el problema —continué—. Siendo ella como es, ¿de verdad pensaste que aceptaría disolver vuestra sociedad así sin más? ¿Cuál es su motivación para hacerlo? Si no va a ser por la bondad de su corazón, ¿entonces por qué?
—Esa es una gran pregunta, y todavía no sé la respuesta —respondió—, pero tienes razón, como obviamente no podemos contar con su buena voluntad, vamos a tener que pensar en otra cosa.
Sabía que al final encontraríamos un plan mejor, y que no necesitaba preocuparse tanto, ni sentirse tan culpable. Pero también sabía que decírselo sin más no iba a arreglar la situación. Así que decidí distraerlo y le di un suave beso en la boca.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó, a la vez confuso y complacido por mis acciones—. La he cagado. No nos he sacado de aquí. ¡De hecho, no nos he llevado a ninguna parte!
—Ha sido porque te quiero —susurré, dándole a continuación otro beso apasionado—, y porque te estás esforzando mucho por construir una vida para nosotros. Y porque sé que lo vas a conseguir. Y, simplemente, porque sí.
Gimió y me rodeó con sus brazos, y sentí cómo mis sentidos cobraban vida.
—Yo también te quiero —susurró y me devolvió el beso—. Te quiero más que a nada. —Me levantó en brazos y me llevó a nuestra cama, y me di cuenta de que lo necesitaba de inmediato. Jaxon empezó a desabrocharme la blusa con cuidado, y yo negué con la cabeza con una sonrisa. Delicadeza no era lo que necesitaba en ese momento.
—Rásgala —susurré—. Date prisa. Te necesito dentro de mí. ¡No quiero esperar!
Se rio y obedeció, rasgando la tela con facilidad, lo que me excitó. Volví a besarlo, trazando una línea con la lengua por su pecho, lo que le hizo gemir. Le desabroché el cinturón rápidamente y lo sentí, perfecto y listo para mí al instante.
—Por favor, Jaxon, ahora —susurré con urgencia, y cuando entró en mí, solté un agudo jadeo de placer—. Te quiero, cariño.
Nos movimos juntos, frenéticos, apasionados. Estábamos hambrientos el uno del otro y no podíamos saciarnos. Y cuando ambos alcanzamos el máximo placer juntos, fue todo lo que quería y necesitaba.
***
Al día siguiente, no podía dejar de pensar en el problema. Me sentía rejuvenecida por nuestra noche de pasión, y parecía haberme despejado la mente. Me pareció que Jaxon solo necesitaba un pequeño empujón en la dirección correcta. Me di cuenta de que, si de verdad íbamos a hacer esto, yo iba a tener que tomar la iniciativa. Mi marido había vivido así toda su vida. Para él, literalmente, nunca hubo un antes de la mafia; simplemente siempre estuvo ahí. Probablemente no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo, y no era culpa suya. Pero, por suerte para ambos, yo tenía mucha experiencia viviendo sin ella.
Jaxon había salido por negocios, a resolver algo en uno de sus clubes de striptease. Había mascullado algo sobre entrevistar a más porteros y se había marchado temprano esa mañana. Llamé a Teddy y respondió al primer tono.
—¡Hola, Sara! ¿Cómo va todo? —exclamó—. ¡Nunca consigo hablar contigo sin que Jaxon ande merodeando por ahí! ¿Cómo te trata la vida?
Sabía que Teddy bromeaba, pero también había algo de verdad en lo que decía. En realidad, nunca hablaba con él a solas. Nunca lo había necesitado. Pero tenía una idea y pensé que si alguien podía ayudarme con ella, era Teddy. Si mi plan no funcionaba, se lo diría a Jaxon más tarde. Y si funcionaba… nos ayudaría a los dos, así que parecía razonable intentarlo.
—Teddy, ¿conoces a alguien que haya logrado salir con éxito del negocio de la mafia? —le pregunté, con cautela—. Estoy trabajando en algo y necesito hablar con alguien así para obtener información.
No iba a decirle a Teddy que nosotros mismos estábamos pensando en irnos. Y también sabía que Jaxon acudía a Teddy con todo tipo de peticiones locas y aleatorias. Una vez le hizo localizar el paradero de un ganador de un concurso profesional de comer perritos calientes. A día de hoy no tengo ni idea de por qué necesitaba esa información, pero sí sabía que Teddy lo había conseguido para él. Siempre lo hacía.
—Pues de hecho, sí —respondió alegremente, y pude oírlo teclear, con música clásica de fondo—. Se llama Dominick Luciano, o Gran Dom. Solía ser un gran estafador en Vegas en los años setenta. Hubo un tiempo en que no podías entrar en ningún sitio de la ciudad sin tratar con al menos una de sus personas.
Recordaba haber oído algo sobre Gran Dom en una de las historias de Jaxon sobre su madre, pero no podía recordar ningún otro detalle, solo el nombre. Parecía el tipo que estaba buscando.
—Eso es genial, Teddy —repliqué con cautela—. ¿Tienes un nombre o una dirección suya? Solo quiero hacer un poco de reconocimiento.
Esperaba que Gran Dom, quienquiera que fuera, ya no viviera en Vegas. Sería difícil conseguir una reunión con él, suponiendo que siquiera aceptara, sin decírselo a Jaxon. Simplemente no quería ilusionarlo. Preferiría volver con las manos vacías y explicar lo que había intentado hacer, o volver con información que pudiera ayudarnos. No quería que mi marido se decepcionara de nuevo tan pronto.
—De hecho, Gran Dom no vive lejos de vosotros —respondió Teddy, y pude oír lo sorprendido que estaba por la información—, a la vuelta de la esquina, en realidad. Y también tengo un número aquí. Pero una advertencia: no lo llames Gran Dom a menos que él te lo diga. Es el señor Luciano hasta que él diga lo contrario.
Tenía sentido. Quienquiera que fuera, este tipo era probablemente de la vieja escuela si había estado activo en los setenta. Y lo último que quería era hacerlo enfadar, por diversas razones.
—Gracias por la información y por el consejo —repliqué después de que me diera lo que necesitaba—. ¿Y, Teddy? ¡No tenía ni idea de que te gustara la música clásica! ¡Eso es genial!
Lo era. Cuando era pequeña no siempre estuve expuesta a las cosas buenas de la vida, pero sí recordaba a mi madre poniendo música clásica en casa cuando era niña. Oírla de nuevo me hizo sonreír ante el agradable recuerdo de la infancia.
—Oh, gracias —respondió, y pude oír su sonrisa a través del teléfono—. Me gusta… Me ayuda a mantenerme tranquilo y concentrado, dos cosas que necesito para hacer este trabajo, ¿sabes a qué me refiero? Pero, por favor, no se lo digas a Jaxon ni a los chicos. ¡Nunca me dejarían en paz!
Sabía exactamente a qué se refería, en todos los sentidos.
—Te prometo que guardaré tu secreto, Teddy —le aseguré—. Lo que los chicos no sepan no les hará daño. Aunque, para que conste, no creo que Jaxon se burlara de ti por eso. En realidad es más culto de lo que ninguno de los dos pensábamos.
—Gracias, Sara —respondió Teddy aliviado—. Te lo agradezco. Y, solo, ten cuidado con este tipo. Por lo que sé, no ha estado activo desde principios de los noventa, pero nunca se sabe con gente como esa.
Le aseguré que tendría cuidado y marqué el número que me había dado. Estaba nerviosa, pero también emocionada. ¡Quizá era esto! ¡Una salida!
—Habla el señor Luciano —me informó una voz ronca—. ¿Con quién hablo?
Ignoré las mariposas en el estómago y respiré hondo antes de responder.
—Señor Luciano, soy Sara, la esposa de Jaxon Deverioux —repliqué con cautela—. Me preguntaba si podría hablar con usted. Tengo un asunto sobre el que entiendo que podría aconsejarme. —No iba a ser más específica por varias razones. Si no quería hablar, lo cual comprendía, no iba a comprometer la seguridad de mi familia por un callejón sin salida.
—He oído hablar de usted y de su marido —respondió, y luego suspiró profundamente—. De acuerdo, podemos hablar. Pero solo si viene a mi casa, y tiene que venir sola. Sin séquito, ni siquiera un chófer. Si consigue eso, entonces quizá pueda ayudarla.
Estaba nerviosa, pero acepté. Sabía que este hombre era probablemente mi mejor baza para conseguir lo que deseaba desesperadamente. Solo esperaba estar haciendo lo correcto. A veces sentía que a Jaxon y a mí se nos estaban acabando las opciones.
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