Puedo Copiar Y Evolucionar Talentos - Capítulo 752
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Capítulo 752: Ilógico
La espada de Northern se abría paso entre las grotescas abominaciones con una precisión despiadada, y sus movimientos eran engañosamente fluidos. En un momento, apenas se movía —un giro casi imperceptible de su muñeca—. Al siguiente, un arco de acero limpio y sin esfuerzo rebanaba tendones y huesos.
No había vacilación. Ningún movimiento desperdiciado.
Una criatura se abalanzó. Él la ensartó en el aire. Otra retorció sus extremidades rotas hacia él; su espada le cercenó la cabeza antes de que su mandíbula malformada pudiera cerrarse de golpe.
Una tercera abominación tuvo la mala suerte de acercarse demasiado. Esta vez, Northern ni siquiera se molestó en usar su espada.
Llamas negras brotaron de su mano libre, envolviendo su antebrazo en un calor abrasador y antinatural. La impulsó hacia adelante, directa a través del pecho de la criatura.
Un instante después, las llamas detonaron, borrando su torso por completo en un momento. Su brazo atravesó los restos que se disipaban y emergió por detrás, goteando un icor crepitante y a medio quemar.
Con un tirón violento, liberó su espada de otro cadáver y giró, su hoja partiendo la mandíbula de una monstruosidad que saltaba con la esperanza de tomarlo por sorpresa. Cayó al suelo en un montón espasmódico.
Sus sentidos se expandieron; podía sentir que los demás seguían luchando, manteniendo sus posiciones, a duras penas.
La chica se estaba adaptando. Se había despojado de la lentitud que casi la había matado dos veces. Sus ataques eran más rápidos, más decididos, más refinados.
Pero aun así… no era lo bastante rápida.
«¿Es este su límite?»
¿O es que todavía se estaba conteniendo?
No todo el mundo podía ser como él.
Poder era algo que le sobraba, tanto que ya casi no consideraba los límites. Mientras que otros tenían que conservar su esencia, racionar su fuerza y equilibrar sus habilidades, él podía permitirse ser imprudente.
No tenía ninguna necesidad de contenerse.
Y, sin embargo, seguían negándose a marcharse.
La irritación de Northern bullía en su interior, y sus ataques se volvieron más afilados, más crueles. Partió a otra criatura con un movimiento casi resentido.
«¿Por qué son tan estúpidos?»
¿Acaso pensaban que quería sacrificarse?
O peor: ¿creían que de verdad corría el riesgo de morir?
No podía entenderlos. No podía comprender su insistencia.
Entonces se le ocurrió una idea.
«Quizá es que no saben lo fuerte que soy».
Quizá necesitaban verlo por sí mismos.
Para entender que no eran aliados.
Eran obstáculos.
Un estorbo.
Y una vez que se dieran cuenta, por fin se apartarían de su camino.
Una sonrisa lenta y perversa se dibujó bajo su máscara.
«Pongamos a prueba esa teoría».
Una abominación se abalanzó.
Northern la recibió de frente, blandiendo su espada en un único movimiento sin esfuerzo. La hoja atravesó limpiamente su abdomen, una disección casi casual.
Y no se detuvo ahí.
Su mano libre se agitó hacia adelante y el suelo se inundó de oscuridad, líquida y retorciéndose como tinta consciente que se filtraba en la tierra. Se extendió con una velocidad antinatural, reptando como venas a través de la piedra agrietada.
Gareon y la chica se tensaron, y sus cuerpos retrocedieron alarmados. Habían estado manteniendo la línea, espalda contra espalda, pero ahora… ¿esto? Esto era otra cosa.
La chica le lanzó una mirada a Northern.
—¿Esto es cosa tuya?
Northern levantó la cabeza, su voz emergiendo, fría y absoluta.
—Presenciad esto.
Sus dedos chasquearon; un sonido agudo y antinatural que pareció ondular en el aire.
—No os pedí que os marcharais porque yo sea incapaz de irme.
Su voz se hizo más grave, reverberando como un temblor lejano.
—Lo pedí porque yo solo me basto y me sobro para encargarme de estos insectos.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Y entonces comenzó la masacre.
Del suelo ennegrecido, brotaron irregulares lanzas de un lustroso acero negro que empalaron a las criaturas de un solo golpe. Chillaron, se retorcieron, destripadas como carne en un pincho.
Llovió sangre. Un icor granate se derramó como ríos, inundando la oscuridad que avanzaba, absorbido como si las sombras estuvieran hambrientas.
Un único instante. Un único chasquido de dedos.
Y cientos de criaturas yacían destrozadas.
Un silencio sofocante se tragó el campo de batalla.
Las montañas permanecieron inmóviles, como si contuvieran la respiración.
Los ojos de la chica estaban muy abiertos, congelados. Gareon dejó escapar una exhalación lenta y profunda y entonces, a pesar de la tensión, a pesar de lo absurdo, sus labios se curvaron en una mueca crispada.
—Bueno… que me parta un rayo.
Las manos de la chica temblaban ligeramente a sus costados. No era miedo, solo incredulidad.
Existían vagabundos con poder destructivo. Sí. Eso se sabía. Pero esa gente eran leyendas. Reyes de la batalla. Los cielos inalcanzables.
Un mercenario, un errante mundano, podría vivir mil vidas y no presenciar jamás semejante despliegue de poder.
¿Ver a un Paradigma? Eso era casi imposible.
¿Pero un Sabio?
Un Sabio era la cima de una montaña, todavía a la vista, todavía al alcance, pero imponente, intocable.
Por un instante fugaz, Gareon se preguntó…
Se giró, con la garganta seca, su mente todavía procesando.
—Blanco… —su voz era cautelosa—. No tienes que responder, pero… ¿tu rango?
Northern apenas le dedicó una mirada.
—Soy un Sabio.
Gareon y la chica retrocedieron por puro reflejo, sus cuerpos sacudiéndose como si acabaran de oír una orden de ejecución.
Northern frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Por qué los dos ponéis cara de que os acabo de decir que el cielo se está cayendo?
Gareon soltó una media risa, casi histérica.
—Ah… ah… ¿un Sabio? ¿Así sin más? ¿Cómo demonios eres un Sabio? ¡Ni siquiera aparentas treinta años!
La chica asintió enérgicamente, con los ojos todavía como platos.
—Los Sabios no se parecen a ti. Son viejos. Siempre viejos. O por lo menos… ¡por lo menos de sesenta años!
La expresión de Northern se ensombreció ligeramente.
—¿Y qué tiene que ver mi edad con nada?
La chica farfulló.
—¡Porque sí! ¿Cómo puede un plebeyo…, no, cómo puede alguien tan joven…?
Northern exhaló bruscamente. Esta era una conversación inútil.
—Creed lo que queráis.
Masculló, dándose ya la vuelta hacia la grieta.
La grieta en el espacio bullía, y más criaturas ya se abrían paso a zarpazos.
Entrecerró los ojos.
—Ahora, marchaos. Ya habéis visto suficiente. Yo me encargo de esto. Volved a la caravana, ya me reuniré con vosotros más tarde.
Su voz era terminante. Inapelable.
Pero entonces…
—¡No!
La expresión de Northern se volvió gélida al instante. Se giró ligeramente, su mirada atravesándola como una cuchilla.
—¿Estás loca?
La chica plantó los pies en el suelo, con postura desafiante.
—Me niego.
Gareon asintió, apretando la mandíbula.
—La señorita tiene razón. Que seas un Sabio es una razón de más para no poder dejarte aquí.
La voz de Northern bajó de tono.
—¿Estáis los dos realmente locos?
Gareon no vaciló.
—No, Blanco. Estamos perfectamente cuerdos —apretó los puños—. Tu vida vale un millón, no, diez millones de veces más que la de dos vagabundos. Que puedas sobrevivir no significa que debamos dejarte luchar solo.
La chica levantó la barbilla.
—Yo no soy una errante, pero te diré una cosa: no te dejaré aquí solo porque seas fuerte. Si lo hago… —su voz bajó un poco—. Me odiaré a mí misma. Así que no lo haré.
Northern se quedó mirando. Atónito.
«¿Pero qué demonios? Esto no es nada lógico».
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