Puño del renacer - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 El Secreto de la Velocidad Divina
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10: El Secreto de la Velocidad Divina 10: El Secreto de la Velocidad Divina El grupo avanzaba a través del bosque, dejando atrás los restos de la batalla contra el lagarto oscuro.
Aunque el ambiente seguía tenso, James no podía dejar de pensar en lo que había sucedido.
Había esquivado un ataque imposible.
Había golpeado a una criatura que incluso Ronald tenía problemas en enfrentar.
Y, lo más sorprendente de todo, se había movido a una velocidad inhumana.
Sentía un hormigueo en el cuerpo, especialmente en sus piernas.
No era solo el cansancio, sino algo más.
Ronald caminaba en silencio a su lado, observándolo con atención.
Finalmente, rompió el silencio: —Lo que hiciste allá atrás…
no es algo que cualquiera pueda hacer.
James levantó la mirada, esperando una respuesta.
—¿Qué significa eso?
Ronald suspiró y miró hacia el cielo.
—Las técnicas relámpago no son algo que cualquiera pueda dominar.
En este mundo, la mayoría de las personas ni siquiera pueden acercarse a este poder.
Y la razón es simple…
no fueron bendecidos por los cielos.
James frunció el ceño.
—¿Bendecidos?
—Así es.
—Ronald asintió—.
Solo aquellos con un talento excepcional, aquellos que poseen un potencial oculto más allá de lo normal, pueden siquiera intentar utilizar la energía del relámpago.
Pero incluso entre ellos, hay niveles.
El caballero hizo una pausa antes de continuar.
—Para la mayoría, las técnicas relámpago son imposibles de aprender.
Son demasiado rápidas, demasiado poderosas, demasiado exigentes para el cuerpo humano.
Yo soy el único que puede usarlas libremente porque mi cuerpo está en completa armonía con la velocidad y la electricidad.
—Entonces…
—James tragó saliva—, ¿lo que hice fue una técnica relámpago?
—Sí y no —respondió Ronald—.
No usaste la energía del rayo como yo lo hago.
Pero…
tu velocidad se acercó peligrosamente a la mía.
El caballero hizo una breve pausa, midiendo sus palabras.
—Existe una técnica entre mis habilidades que muy pocos han visto en acción.
Una habilidad que solo yo puedo usar sin restricciones…
la Velocidad Divina.
James sintió un escalofrío al escuchar ese nombre.
—¿Eso es lo que usaste para derrotar al lagarto?
—Exacto.
—Ronald asintió—.
Es una habilidad que me permite moverme tan rápido que incluso los ojos entrenados no pueden seguirme.
La mayoría de las personas ni siquiera pueden percibir cuando ataco.
James recordó cómo, en medio de la batalla, había logrado ver cada uno de los movimientos de Ronald.
—Pero…
yo pude verte —dijo, casi sin darse cuenta.
Ronald lo miró con una expresión seria.
—Lo sé.
El silencio entre los dos se volvió pesado.
—La Velocidad Divina es única porque solo alguien con un talento extremadamente raro puede siquiera intentar usarla.
Y aun así, hay un límite.
Alguien con un potencial inmenso podría usarla…
pero solo dos veces.
James abrió los ojos sorprendido.
—¿Dos veces?
Ronald asintió.
—Después de usarla una vez, el cuerpo sufre un desgaste físico tremendo.
Especialmente en las piernas.
La fatiga y el dolor pueden ser insoportables.
La segunda vez…
es aún peor.
Puede dejarte sin poder moverte durante días o incluso semanas.
—¿Y qué pasa si se intenta usar más veces?
—preguntó James con curiosidad.
Ronald se detuvo y lo miró directamente a los ojos.
—Si alguien intenta usarla una tercera vez sin tener mi capacidad…
su cuerpo simplemente colapsará.
Sus músculos se desgarrarán por dentro y perderán la movilidad por completo.
James sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Entonces…
—Por eso te digo esto ahora, James.
—Ronald interrumpió—.
No sé cómo lo hiciste, pero en ese momento, te moviste con una velocidad que no debería ser posible para alguien como tú.
Y si eso significa que tienes el potencial para usar la Velocidad Divina, también significa que estás en peligro.
James bajó la mirada, sintiendo la presión del momento.
—No quiero que lo intentes de nuevo sin preparación.
Podría costarte muy caro.
James apretó los puños.
Sabía que lo que decía Ronald era cierto.
Su cuerpo aún dolía, especialmente sus piernas.
Pero dentro de él, algo ardía.
No era solo la adrenalina de la batalla.
Era algo más profundo.
Una sensación que le decía que esto era solo el comienzo.
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