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Puño del renacer - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 El peso de las memorias
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18: El peso de las memorias 18: El peso de las memorias El sol del mediodía iluminaba con fuerza el cielo despejado, mientras Max se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.

El sonido del impacto de sus puños contra los troncos secos resonaba por todo el campo de entrenamiento.

Boulder lo observaba con los brazos cruzados, su mirada firme, como si con solo ver pudiera evaluar el esfuerzo de Max.

—Aún te falta más resistencia —dijo Boulder con voz grave—.

Si quieres proteger a los que amas, debes ser más fuerte de lo que eres ahora.

Max jadeaba, sus manos temblaban, pero sus ojos brillaban con determinación.

—No me detendré hasta lograrlo —respondió, esforzándose por mantenerse de pie—.

Si tengo que romperme los huesos, lo haré…

pero no quiero volver a ser débil.

Boulder asintió lentamente, su expresión se suavizó apenas.

—Esa determinación…

me recuerda a alguien —murmuró, casi para sí mismo.

El silencio se apoderó del lugar mientras la brisa fresca movía las hojas de los árboles cercanos.

Max aprovechó para sentarse sobre una roca, dejando escapar un suspiro de agotamiento.

—Oye, Boulder…

¿alguna vez te has preguntado por qué algunos decidimos ser fuertes?

—preguntó, mirando el suelo—.

No es solo por querer pelear…

a veces lo hacemos porque tenemos miedo de perder lo que amamos.

Boulder lo miró fijamente, como si esas palabras hubieran tocado algo dentro de él.

El caballero de tierra se acercó y se sentó junto a Max.

—Tienes razón…

—dijo en voz baja—.

La fuerza verdadera nace de lo que queremos proteger…

no de lo que queremos destruir.

Max miró a Boulder con curiosidad.

—¿Tú también perdiste algo, verdad?

—preguntó con cautela.

Boulder guardó silencio por unos segundos, su mirada se perdió en el horizonte.

Entonces, con voz profunda y pausada, comenzó a hablar.

—Hace muchos años…

yo tenía una familia.

Mi esposa, Alma, y mis dos hijos, Talia y Marco.

Éramos felices…

vivíamos en una pequeña cabaña cerca de las montañas.

Cada día era una bendición…

pero esa paz no duró para siempre.

Max se mantuvo en silencio, atento a cada palabra.

—Una noche…

volví a casa después de ir al pueblo por provisiones.

Cuando llegué, encontré la puerta abierta…

—su voz se quebró ligeramente, pero se obligó a continuar—.

Mi familia estaba en el suelo…

sin vida.

Cubiertos de sangre…

asesinados por una sombra sin rostro…

un ser oscuro.

Max sintió un nudo en la garganta.

Podía ver cómo los ojos de Boulder se humedecían, aunque el caballero hacía todo lo posible por contener las lágrimas.

—Intenté luchar contra él…

lo di todo…

pero no fui lo suficientemente fuerte.

Me dejó vivo solo para que cargara con ese peso por el resto de mi vida.

El silencio se hizo pesado, solo roto por el murmullo del viento.

Boulder cerró los ojos por un momento, como si reviviera aquel dolor una vez más.

—Desde ese día…

hice una promesa frente a sus tumbas.

Seré fuerte…

para proteger a los que aún puedan ser salvados…

para que nadie más pase por lo que yo pasé.

Max apretó los puños, sintiendo una profunda empatía por Boulder.

Sus propias cicatrices parecían insignificantes en comparación con el dolor que había escuchado.

—Tienes razón…

la fuerza verdadera viene del corazón —susurró Max—.

Yo también quiero proteger a alguien…

mi abuela.

Boulder lo miró sorprendido, como si no esperara que Max compartiera su propia historia.

El joven tomó aire y comenzó a hablar.

—Mi abuela me crió desde que nací…

mi madre murió al darme a luz…

y mi padre…

simplemente desapareció.

Ella se convirtió en todo para mí.

Trabajaba en una pequeña tienda para mantenernos…

pero un día unos tipos intentaron robarle.

Quise protegerla…

pero no era lo suficientemente fuerte.

Me golpearon…

y no pude hacer nada.

Boulder escuchaba en silencio, asintiendo lentamente.

—Desde ese día…

prometí volverme fuerte para que nadie más la lastimara.

Entrené todos los días…

hasta que conocí a James.

Él me enseñó lo que era la verdadera fuerza…

no solo la de los músculos, sino la del espíritu.

Max levantó la mirada, con los ojos llenos de determinación.

—Y cuando esos tipos volvieron…

esta vez pude defenderla.

Pero mi abuela me enseñó algo más importante…

me enseñó a perdonar.

Incluso después de todo lo que le hicieron, ella los perdonó…

porque dijo que el rencor solo encadena el alma.

Boulder sonrió levemente.

—Tu abuela es una mujer sabia…

—dijo con admiración—.

La fuerza no solo está en los puños…

sino en el corazón que sabe perdonar.

El viento sopló suavemente, como si la misma naturaleza reconociera la sinceridad de esas palabras.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, contemplando el paisaje.

—Gracias por compartir tu historia, Max —dijo Boulder al fin—.

Hoy no solo has demostrado ser fuerte…

también has demostrado tener un alma noble.

Max sonrió levemente, sintiendo que el vínculo entre ambos se había fortalecido.

—Gracias a ti, Boulder…

ahora sé que no importa cuánto duela el pasado…

lo que realmente importa es lo que decidimos hacer con ese dolor.

Boulder asintió, con una sonrisa melancólica.

—Así es…

al final, todos llevamos cadenas…

pero depende de nosotros si las dejamos rompernos o si las usamos para forjar nuestra verdadera fuerza.

Ambos se levantaron lentamente, listos para continuar con el entrenamiento.

El sol comenzaba a ponerse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados.

El peso de las memorias aún ardía en sus corazones…

pero en ese campo de entrenamiento, dos almas marcadas por la tragedia encontraron en su dolor una nueva razón para seguir adelante.

Las cadenas del pasado no se romperían fácilmente…

pero juntos, estaban aprendiendo que incluso las cicatrices podían ser el principio de una nueva fuerza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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