Puño del renacer - Capítulo 22
- Inicio
- Todas las novelas
- Puño del renacer
- Capítulo 22 - 22 La Maldición de la Sangre de Hierro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: La Maldición de la Sangre de Hierro 22: La Maldición de la Sangre de Hierro En un pequeño pueblo humilde, la tranquilidad era parte del día a día.
Pero en las sombras de la historia de ese lugar, se ocultaba una tragedia que aún pesaba sobre los hombros de un hombre.
Caleb, el Caballero del Metal, observaba su reflejo en el agua de un río cercano.
Su rostro estaba cubierto de sudor; había estado entrenando arduamente para lo que estaba por venir.
Sin embargo, su mente no estaba en el presente, sino en el pasado que lo atormentaba.
— El Pasado de Caleb Caleb nació en un pequeño pueblo pacífico, lleno de gente humilde y trabajadora.
Desde su infancia, su padre, un caballero del metal, le enseñó que su linaje era especial.
Sus antepasados eran guerreros con la bendición del Metal, pero también con una terrible maldición: aquellos que usaban demasiado su poder terminaban perdiendo la razón, volviéndose despiadados asesinos sin control.
A pesar de la advertencia, Caleb idolatraba a su padre, creyendo que él era diferente, que tenía el control.
Sin embargo, un día todo cambió.
El reino al que pertenecía el pueblo decidió expandir sus territorios y ordenó la eliminación de cualquier aldea que no pudiera aportar riquezas o soldados.
Un grupo de mercenarios fue enviado a arrasar con todo.
Caleb y su padre pelearon para proteger su hogar, pero fue en ese momento que la maldición se manifestó.
Su padre, al liberar todo su poder, perdió el control y, en su frenesí, no solo mató a los invasores, sino también a los aldeanos.
Incluso la madre de Caleb murió en la masacre.
—¡Padre, detente!
¡No son enemigos!
—gritó Caleb, con los ojos llenos de desesperación, viendo cómo su padre acababa con todo a su paso.
Pero el hombre que una vez lo protegió ya no estaba allí.
En su lugar, había un monstruo envuelto en acero.
—¡Esto no puede estar pasando…!
—susurró Caleb, sintiendo su cuerpo temblar.
Su padre se giró hacia él, con una mirada vacía y asesina.
La maldición lo había consumido por completo.
Caleb sintió el filo de una cuchilla de metal pasar cerca de su rostro.
Su propio padre intentaba matarlo.
Paralizado por el miedo y la desesperación, Caleb vio cómo su padre se lanzaba contra él con una furia inhumana.
En un último acto de supervivencia, Caleb despertó su propio poder y asesinó a su propio padre, atravesándolo con sus cuchillas de metal.
El silencio fue aterrador.
Su padre cayó al suelo, con los ojos entrecerrados, pero antes de morir, pareció recuperar la conciencia por un breve instante.
—C-Caleb…
—susurró su padre con un hilo de voz—.
No te conviertas…
en esto…
Y así, el hombre que lo había criado se apagó para siempre.
Desde ese día, Caleb adoptó un código estricto: nunca permitiría que el mal reinara, ni siquiera en él mismo.
Se entrenó sin descanso, siempre consciente de la maldición que corría por su sangre.
Usa la violencia para castigar a los malvados, pero en el fondo, teme que algún día termine como su padre.
Por eso, cada vez que mata a un criminal, reza por su alma, no solo por piedad, sino porque espera que alguien haga lo mismo por él cuando llegue su hora.
— De regreso en el presente, Caleb escuchó gritos de preocupación a lo lejos.
Sin perder el tiempo, se dirigió hacia el origen de los gritos.
Al llegar, vio a unos sujetos maltratando a unas jóvenes mujeres.
Antes de que pudieran hacer más, escucharon a alguien tararear detrás de ellos.
—Monster, oh, you turned me to a monster…
—cantaba Caleb en un tono sereno y serio mientras miraba al suelo—.
Lord protect me from the wicked…
Let me let ‘em know your name…
Los sujetos lo miraron con terror.
Su voz era inquietante, como si estuviera disfrutando el momento.
Intentaron provocarlo, pero Caleb continuó repitiendo la misma estrofa una y otra vez.
Hasta que, finalmente, lo atacaron.
Con un movimiento rápido, Caleb creó dos cuchillas en forma de cadenas y los amarró, atravesándolos con ambas.
Los cuerpos cayeron al suelo mientras él los miraba con frialdad.
—Que Dios los guarde en su gloria…
—dijo con una sonrisa perturbadora.
Uno de los hombres, agonizando en el suelo, logró murmurar con sorpresa: —Tú…
tú eres Caleb…
el Caballero del Metal…
Y con esas palabras, murió.
Las mujeres estaban agradecidas, pero a la vez asustadas por la aura amenazante de Caleb.
Sin embargo, él simplemente sonrió y les dijo: —Vayan a su casa…
y no le cuenten nada a nadie.
Mientras se alejaba, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
Algo no estaba bien.
—Mierda…
—susurró al ver cómo los cuerpos de los criminales comenzaban a evaporarse en un polvo oscuro.
No era normal.
Él los había atravesado con sus cuchillas, los había sentido morir…
y aun así, se desvanecían como si nunca hubieran existido.
—¿Qué demonios está pasando aquí…?
—murmuró, sintiendo que algo más grande estaba por suceder.
Mientras tanto, en las montañas, Ronald, Aria y James terminaban su entrenamiento y se preparaban para volver.
Faltaban solo dos días para que el torneo comenzara.
Sin embargo, mientras descendían de la montaña, un cuervo los observaba desde la distancia, como si alguien estuviera vigilando cada uno de sus movimientos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com