Puño del renacer - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 El Rugido del Guerrero
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26: El Rugido del Guerrero 26: El Rugido del Guerrero El polvo flotaba en el aire mientras James se reincorporaba lentamente, su cuerpo adolorido pero su espíritu intacto.
El gigantón, con una sonrisa sádica, crujía los nudillos mientras lo miraba desde arriba.
—¡Vaya, sigues en pie!
Me gusta…
me gusta aplastar a los que no saben rendirse —gruñó el guerrero de Black, avanzando con pasos pesados.
Desde las gradas, Lina y Max observaban con tensión.
—Maldita sea, ese grandulón es una bestia…
—murmuró Lina, con el corazón acelerado.
—Tranquila —dijo Max con una sonrisa confiada—.
James no es de los que caen fácilmente.
Ronald y Caleb, por su parte, seguían analizando cada movimiento.
Algo no les cuadraba.
—Este combate no es normal —comentó Caleb en voz baja—.
Lo pusieron contra uno de los más fuertes en la primera ronda…
esto no es una coincidencia.
Ronald asintió, cruzándose de brazos.
—Alguien está moviendo los hilos desde las sombras.
Mientras tanto, James flexionó los dedos dentro de sus guantes y esbozó una sonrisa desafiante.
—No te emociones demasiado, grandote.
Aún no he mostrado todo lo que puedo hacer.
El gigantón rugió y se lanzó contra él como un toro desbocado.
James esquivó el primer golpe con rapidez, deslizándose a un lado y respondiendo con un gancho al costado del oponente.
Sin embargo, su golpe parecía apenas hacerle cosquillas.
—¡Jajajaja!
¡Golpeas como un niño!
—se burló el gigantón antes de contraatacar con un puñetazo descendente.
James logró esquivarlo por poco, pero el impacto del golpe contra el suelo hizo temblar toda la arena.
La multitud gritó impresionada.
—Vamos, James, sé más rápido —se dijo a sí mismo, exhalando profundamente.
Max, desde las gradas, le gritó: —¡Bro, recuerda la pelea de Kengan!
¡Velocidad sobre fuerza!
James sonrió.
Era cierto.
Si no podía vencerlo en poder, debía usar su velocidad.
—Gracias por el consejo, Max —murmuró, acomodándose en posición de combate.
El gigantón atacó de nuevo, pero esta vez James se movió más rápido, deslizándose entre sus ataques como una sombra.
Sus puños comenzaron a brillar con un leve resplandor dorado.
—Hora de probar algo nuevo.
De repente, James se impulsó con la velocidad divina, apareciendo en el flanco del gigantón y conectando un golpe directo a su costado.
La energía de los guantes se activó y el impacto resonó con una onda de choque.
El gigantón gruñó y se tambaleó.
—¡Ohhh!
¡Lo hizo retroceder!
—exclamó uno de los espectadores.
Pero la alegría duró poco.
Con una sonrisa llena de odio, el gigantón se enderezó y tronó el cuello.
—Nada mal, chico.
Pero ahora te aplastaré.
Antes de que James pudiera reaccionar, el gigantón le dio un manotazo brutal, lanzándolo varios metros y estrellándolo contra el suelo con un estruendo.
La multitud contuvo la respiración.
Lina se levantó de su asiento.
—¡James!
El polvo se disipó y, para sorpresa de todos, James seguía en pie.
Respiraba con dificultad, pero sus ojos ardían con determinación.
Fue entonces cuando sintió algo diferente dentro de él.
Una energía extraña recorrió su cuerpo.
Los guantes comenzaron a brillar con una luz más intensa.
Ronald abrió los ojos sorprendido.
—Esto…
no puede ser.
James levantó la mirada y sus pupilas reflejaron un brillo dorado.
—Creo que finalmente entiendo…
lo que puedo hacer con estos guantes.
El gigantón frunció el ceño.
—¡Tsk, no me interesa!
¡Voy a aplastarte de una vez por todas!
El coloso cargó contra él con toda su fuerza, pero James, con una velocidad sorprendente, se movió a su alrededor, dejando destellos de luz a su paso.
—No esta vez.
Con una combinación de movimientos rápidos, James lanzó una serie de golpes imbuidos en energía de luz.
Cada impacto creaba ondas de choque, empujando al gigantón hacia atrás.
Finalmente, con un último golpe impulsado con toda su fuerza, James impactó el rostro del gigantón.
El guerrero de Black salió disparado hacia atrás, chocando contra el suelo con violencia.
La arena quedó en completo silencio.
El gigantón intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon y cayó de rodillas.
Luego, su cuerpo se desplomó, inconsciente.
—¡E-Es imposible!
—dijo un espectador en shock.
El silencio se rompió con un estruendoso grito del público.
—¡El ganador es James!
—anunció el rey de fuego.
Lina y Max celebraron con entusiasmo.
Ronald y Caleb intercambiaron miradas.
—Lo logró —dijo Ronald, con una sonrisa.
—Sí…
pero esto apenas empieza —murmuró Caleb, con una expresión seria.
Mientras James levantaba los puños en señal de victoria, no pudo evitar notar algo inquietante: en una de las gradas superiores, una figura encapuchada lo observaba con una mirada penetrante.
El torneo recién había comenzado, y las sombras ya estaban en movimiento.
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