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Puño del renacer - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 El peso del fuego y las mentiras
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30: El peso del fuego y las mentiras 30: El peso del fuego y las mentiras El coliseo rugía con vida.Miles de voces coreaban el nombre de los combatientes, pero entre ese estruendo, solo el sonido de los golpes dominaba la escena.Roniel y su oponente se movían como sombras danzantes, sus cuerpos envueltos en sudor, polvo y energía.

Cada choque de sus puños era un trueno que hacía vibrar las gradas.

El joven caballero respiraba con fuerza, su mirada concentrada en aquel hombre de mirada pétrea y rostro curtido por las cicatrices del pasado.Roniel giró sobre su eje, lanzando una patada envolvente que cortó el aire.

—A pesar de estar viejo, no has perdido el toque —dijo con una sonrisa confiada.

El hombre bloqueó la patada con el antebrazo, apenas moviéndose un paso atrás.

Su voz resonó grave, cargada de experiencia y cierto desprecio: —Y tú, a pesar de ser más débil que tu hermano mayor, no peleas mal…

mocoso.

Roniel se detuvo.El comentario golpeó algo más profundo que su cuerpo.El nombre de su hermano —aquel que siempre había sido el favorito, el más fuerte, el más digno— aún ardía en su mente como una herida abierta.

—No me compares con él…

—murmuró, su voz temblando de ira contenida.

El veterano sonrió con sorna.—Entonces demuéstralo.

Ambos se lanzaron al ataque.Los puños chocaban con fuerza inhumana, levantando ráfagas de viento.

El suelo se agrietaba bajo sus pies.

Cada golpe que Roniel daba parecía empapado de orgullo, de frustración, de años intentando salir de la sombra de su familia.

Desde los túneles subterráneos, Ronald y Caleb observaban en silencio a través de una abertura en la piedra.El sonido de la multitud llegaba amortiguado, pero el choque de poder era claro como el trueno.

—¿Cómo es posible que ese tipo mantenga el ritmo con Roniel?

—preguntó Caleb, sin apartar la vista.—Ese hombre es demasiado calmado, demasiado calculador… Ronald cruzó los brazos, serio, con los ojos fijos en el combate.

—No es cualquier hombre —respondió con voz grave—.

Ese sujeto… es uno de los portadores de la Atadura Celestial.

Caleb abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué…?

¿La Atadura Celestial?

Pensé que eso era solo una leyenda… Ronald negó lentamente.

—No lo es.

Es una marca del equilibrio.

Un castigo, o una protección, según cómo se vea.Los portadores no pueden manipular los elementos, ni acceder al poder espiritual.

Pero a cambio… su cuerpo se convierte en un templo de fuerza pura.Su límite es mucho más allá del de un humano común.

—Entonces… —Caleb tragó saliva—.

Ese hombre…

—Fue uno de los pocos que pudo pelear contra mi padre y salir con vida —interrumpió Ronald—.

Y aunque no tenga magia, te aseguro que su fuerza…

es monstruosa.

En la arena, los combatientes se separaron por un instante.Ambos jadeaban, pero la diferencia era clara: Judas, el veterano, aún tenía el control.Su respiración era firme, sus pasos medidos.Roniel, en cambio, comenzaba a resentir el peso del orgullo.

El hombre lo observó en silencio, con una mirada que contenía tanto juicio como compasión.

Luego habló, y sus palabras fueron como veneno: —Sigues siendo un niño malcriado.Y por tu culpa…

tu padre murió.

Roniel se congeló.El mundo pareció detenerse.Su respiración se entrecortó, y por un segundo, el fuego que lo rodeaba se extinguió.

—¿Qué…

dijiste?

—su voz temblaba, casi inaudible.

Judas avanzó un paso, mirándolo con severidad.

—Tu padre te protegió hasta el final, cuando tú…

tú no fuiste capaz de controlarte.

Esa imprudencia fue lo que lo llevó a la muerte.

Siempre te lo dije: tu fuego no era una bendición… era una maldición.

Roniel apretó los dientes con tanta fuerza que le sangraron los labios.Sus manos comenzaron a arder, pero no por decisión propia.—¡Cállate!

—gritó con furia, lanzándose hacia él.

El intercambio fue brutal.Roniel atacaba como una bestia desatada; Judas bloqueaba con precisión milimétrica.El sonido de sus golpes retumbaba como cañonazos.El público observaba, sin aliento, aquella danza entre el orgullo juvenil y la experiencia curtida.

Desde lo alto, Boulder observaba la pelea con el ceño fruncido.—Ese chico…

está perdiendo el control —murmuró.Su mirada se movió hacia las gradas, donde varias figuras encapuchadas comenzaban a moverse entre la multitud.—¿Qué hacen esos tipos…?

—susurró, apretando los puños.

Algo en el aire no estaba bien.

Mientras tanto, lejos del coliseo, Aria, Lina y Marina cabalgaban por los caminos del bosque.

La luz del atardecer teñía los árboles de un tono rojo intenso.De repente, un rugido familiar resonó entre los arbustos.Aurelius, el lobo de Aria, emergió entre la maleza.

Su pelaje plateado brillaba con el reflejo del sol poniente.

—Justo a tiempo, amigo —dijo Aria, acariciando su cabeza—.

Llévanos al anillo.El lobo gruñó suavemente y comenzó a correr entre los árboles, guiándolas hacia un pasadizo oculto bajo el castillo.Lina miró hacia atrás, preocupada.—Siento algo extraño… como si alguien nos observara.

Aria asintió con el rostro serio.—No estás equivocada.

El poder de Black se mueve… y está más cerca de lo que pensamos.

En el coliseo, la tensión alcanzaba su punto máximo.

Judas esquivó un golpe de Roniel y lo contraatacó con un puñetazo directo al abdomen.El impacto fue seco, brutal.Roniel cayó de rodillas, jadeando, con los ojos vidriosos.

El veterano lo miró desde arriba, su sombra cubriéndolo como un juicio final.

—¿Lo ves?

—dijo con voz fría—.

Sigues siendo el mismo niño frágil… el que nunca fue suficiente.Tu padre tenía razón.Eres el peor… de los tres.

Roniel levantó la vista lentamente.Su respiración era un temblor de fuego.Su mente se llenó de imágenes de su infancia: su padre observando desde lejos, su hermano mayor recibiendo las alabanzas, su propio rostro reflejando frustración y soledad.“¿Por qué nunca fui suficiente?” Las lágrimas se mezclaron con el sudor y la ceniza.Su pecho ardió, literalmente.Una chispa surgió…

y el fuego respondió a su ira.

—¡BASTA!

—rugió.

El aura de Roniel estalló en un torbellino de fuego abrasador.Las llamas se elevaron tan alto que parte del coliseo comenzó a agrietarse.El calor era insoportable; algunos espectadores retrocedieron, cubriéndose el rostro.

Roniel avanzó, cegado por su furia.Cada golpe que daba estaba cargado de dolor, cada puñetazo era una herida del pasado hecha visible.Judas apenas alcanzaba a defenderse.Una lluvia de fuego cayó sobre la arena mientras el caballero gritaba, desatando toda su rabia contenida.

Finalmente, un último golpe lo lanzó al suelo.Judas cayó, sangrando, con una sonrisa amarga.

—Tu padre… tenía razón… —susurró con dificultad—.

Eres… el peor… de los tres… Roniel lo miró con los ojos rojos, temblando.—No… no digas eso…Pero Judas ya no respiraba.

El silencio se apoderó del coliseo.El fuego comenzó a disiparse, dejando a Roniel arrodillado frente al cadáver de su oponente.Sus manos temblaban.

Su mirada estaba vacía.Por primera vez, un caballero sagrado había matado en el torneo.

El público murmuraba, confundido, horrorizado.Las palabras de Black resonaron en sus mentes, como si su voz se filtrara entre la multitud: —¿Y esos…

son nuestros héroes?

Roniel cerró los puños, sintiendo las lágrimas correr entre sus dedos cubiertos de ceniza.Su respiración era pesada.Todo su orgullo, todo su deseo de probar su valía…

se había convertido en culpa.

—¿Qué…

hice…?

—susurró.

Muy lejos, en un sendero cubierto por la oscuridad, Black caminaba entre la neblina.Su sonrisa era tan tranquila como escalofriante.—Todo va según el plan… —murmuró con voz baja y melódica—.El fuego del orgullo…

siempre es el más fácil de manipular.

A lo lejos, el castillo se alzaba entre las sombras.Black alzó la vista justo cuando Aria, Lina y Marina entraban en la sala central.Su silueta se fundió con la penumbra, y su voz retumbó como un eco demoníaco.

—Ya es tarde…

para ustedes.

Continuará…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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