Puño del renacer - Capítulo 31
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31: La Bestia Desatada 31: La Bestia Desatada El ambiente en el coliseo se había vuelto pesado, sofocante.
El aire olía a ceniza, sudor y miedo.
La multitud, que minutos atrás celebraba con euforia el combate, ahora se encontraba en silencio absoluto, observando con horror el cuerpo inmóvil de Judas tendido sobre la arena.
La sangre se mezclaba con el polvo, formando un rastro oscuro que parecía marcar el inicio de algo mucho más grande.
Las antorchas parpadeaban inquietas, como si hasta el fuego temiera presenciar lo que acababa de ocurrir.
El nombre de Black corría entre los murmullos.
Algunos lo pronunciaban con temor, otros con odio, y otros simplemente con resignación.
Había logrado lo que quería: sembrar la duda.
Roniel caminaba lentamente hacia los túneles, con el cuerpo cubierto de ceniza y el corazón hecho pedazos.
Su respiración era entrecortada, su mirada vacía.
Cada paso resonaba como un eco hueco, un recordatorio de lo que acababa de hacer.
Las palabras de Judas, moribundo, no dejaban de atormentarlo: “Eres… el peor… de los tres…” Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.—¿De verdad soy eso?
—susurró con voz quebrada—.
¿Solo una sombra… un error…?
La ira y la culpa se mezclaban dentro de él, retorciéndose como fuego en el pecho.
En las gradas superiores, Caleb, Boulder y Ronald seguían con la mirada fija en la arena.
—Hay demasiados encapuchados moviéndose entre la multitud —gruñó Boulder, sus ojos de soldado analizando cada rincón—.
Esto no es una simple coincidencia.
—¿Crees que vayan a atacar?
—preguntó Caleb, con el corazón acelerado.
Ronald permaneció en silencio, sus ojos entrecerrados observando el túnel donde su hermano había desaparecido.
Finalmente, dijo en voz baja: —No… esto no es un ataque.
Es una distracción.
Boulder lo miró sorprendido.—¿Distracción?
¿Entonces qué…?
Ronald no respondió.
Su pecho se oprimió, una sensación conocida lo golpeó: algo estaba por romperse.
En la oscuridad del pasillo, una figura emergió con pasos tan suaves que apenas se oían sobre el suelo de piedra.
Selene, con su cabello plateado brillando bajo la tenue luz lunar, se acercó a Roniel.
—Mi valiente caballero… —susurró con una voz tan dulce como venenosa.
Roniel apenas alzó la mirada.
Sus ojos estaban vacíos, su espíritu fracturado.
—Selene… todo se está viniendo abajo —murmuró—.
Mi padre… mis hermanos… yo… no sé quién soy.
Ella sonrió.
Una sonrisa tranquila, casi maternal.Lo abrazó suavemente, deslizando su mano por su espalda.
—Shhh… no digas más.
—Su voz se tornó seductora, peligrosa—.
No cargues más con esas cadenas.
No mereces ese peso.
Roniel cerró los ojos, y por un instante, encontró paz en sus palabras.
Pero luego vino el susurro que encendió su perdición.
—Deja que la bestia despierte, Roniel.
Deja que el fuego que tu padre temía… arda sin control.
Con un movimiento sutil, Selene presionó su mano sobre la nuca de Roniel.
Su energía, oscura y seductora, fluyó dentro de él.
En ese momento, las imágenes comenzaron a bombardear su mente:Su padre gritándole.
Ronald mirándolo con decepción.
El hermano menor llorando mientras él fallaba una y otra vez.El desprecio.
La humillación.
La soledad.
Selene lo miró directamente a los ojos.—Mírame… —dijo con una voz que sonaba como un hechizo—.
Hoy dejarás de ser una sombra.
Hoy serás fuego.
Hoy serás la bestia.
Los ojos de Roniel se encendieron con un brillo carmesí.
Una llamarada lo envolvió, expandiéndose como un rugido de dragón.
La piedra del túnel se resquebrajó bajo su poder.
—¡RONAAAALD!
—gritó, y el eco resonó por todo el coliseo.
En la arena, el caos estalló.
Los encapuchados comenzaron a liberar bestias oscuras, criaturas deformes que atacaban sin control.
El público corría, gritando.
Algunos eran derribados por las criaturas, otros desaparecían entre la multitud.
—¡Maldita sea!
—rugió Boulder, saltando desde las gradas para enfrentar a las bestias.—¡Protéjanlos!
—gritó Caleb, invocando su energía para crear una barrera luminosa.
En medio del caos, una columna de fuego se levantó desde el túnel.
De ella emergió Roniel.Su cuerpo estaba cubierto por un aura de fuego ardiente, y sus ojos brillaban con furia inhumana.
Ronald lo vio aparecer y su corazón se detuvo.—No… —susurró—.
Selene… ¿qué le hiciste?
Roniel alzó la vista, su voz temblaba de rabia y dolor.—¡RONAAAAAALD!
Corrió directo hacia su hermano, las llamas marcando su camino.
Cada paso dejaba grietas en la piedra.
Ronald bloqueó el primer golpe, pero el impacto lo lanzó varios metros atrás.
El suelo se partió bajo sus pies.—Hermano… escúchame —dijo entre jadeos—.
No eres tú.
Pero la mirada de Roniel era la de una bestia.Las palabras de Selene aún resonaban en su mente: “Muéstrales quién eres.
Eres el fuego que consume.
Eres más fuerte que todos ellos.” Roniel rugió, lanzando una llamarada gigantesca.
Ronald la bloqueó con su energía de rayo, pero el fuego comenzó a superarlo.
—¡DETENTE, RONIEL!
—gritó, desesperado.
Los demás Caballeros observaban desde lo alto.
James, Max y Sylas combatían contra las bestias que invadían las gradas, pero no podían apartar la vista del duelo entre los hermanos.
—¿Ese… es Roniel?
—preguntó James, impactado por el fuego oscuro que lo rodeaba.
Sylas, con el rostro sombrío, respondió:—Ese no es su fuego… eso es corrupción.
El caos… ha comenzado.
En otro punto del reino, muy lejos del rugido del coliseo, Aria, Lina y Marina se movían con sigilo por los pasillos del castillo.
El lobo Aurelius las guiaba, gruñendo de forma inquieta.
—Aurelius, encuéntralo —ordenó Aria, mientras sentía cómo su corazón latía al ritmo del fuego que ardía en la distancia.
Bajaron por escaleras ocultas hasta llegar a una cámara subterránea.
Allí, entre sombras y ecos, una risa resonó.
—¿Qué demonios fue eso?
—preguntó Lina, empuñando su daga.
Cuando se asomaron, vieron a Black descendiendo por una escalera secreta, con su capa ondeando y su sonrisa siniestra brillando bajo la luz roja de los cristales del anillo.
—Ahí está… —susurró Marina.
Aria apretó los dientes.—Debemos detenerlo ahora… o todo este reino caerá.
Mientras tanto, de vuelta en la arena, los hermanos chocaban una y otra vez.El fuego y el rayo se cruzaban en un estallido cegador.El público que quedaba miraba horrorizado cómo dos Caballeros Sagrados estaban a punto de destruirse entre sí.
Roniel gritaba, una mezcla de dolor y furia:—¡Nunca fui suficiente!
¡Nunca fui nada para ustedes!
Ronald, con lágrimas en los ojos, bloqueó otro golpe.—¡Tú siempre fuiste más que suficiente!
¡Pero estás dejando que el fuego te consuma!
El fuego de Roniel creció aún más.Su cuerpo se estremecía.
Sus ojos se nublaban.La voz de Selene lo guiaba desde algún rincón del coliseo: “Destrúyelo, Roniel.
Solo así serás libre.” El suelo comenzó a colapsar.
El coliseo temblaba.Y en medio del caos, Ronald bajó la guardia, dejando que su energía se apagara por un instante.Caminó hacia su hermano, incluso mientras las llamas lo quemaban.
—Si debo arder contigo… lo haré.
Pero no dejaré que te pierdas.
Roniel lo miró, temblando.
Su fuego titiló.
Una lágrima cayó de sus ojos.
Y por un instante… el fuego se calmó.
El silencio reinó.Solo el sonido del viento, las llamas moribundas, y el eco de una voz en la distancia: —Todo está ocurriendo… como debía ser —susurró Black, desde la cámara oculta.
CONTINUARÁ…
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