Puño del renacer - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 El Eco del Dolor y la Furia
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37: El Eco del Dolor y la Furia 37: El Eco del Dolor y la Furia Unas horas antes del contraataque Las ruinas humeantes del Reino de Fuego quedaban atrás como cicatrices abiertas sobre la tierra.
La resistencia, deshecha pero no vencida, se había replegado al Reino del Trueno, donde el aire olía a tormenta y ceniza.El sol apenas se atrevía a brillar entre las nubes grises, como si incluso la luz temiera presenciar lo que estaba por venir.
Miles de hombres y mujeres —caballeros, magos, aldeanos, soldados, y hasta mercenarios— se reunían en la gran plaza frente a la fortaleza de piedra.
Los estandartes desgarrados de los reinos ondeaban como recuerdos de un pasado que ya no existía.Y en lo alto de las escaleras, Sir Ronald, con su capa dorada agitándose al viento y su armadura marcada por mil batallas, alzó la voz que hacía temblar corazones: —¡Nos arrebataron familias, hogares, amigos!
—rugió—.
Algunos ya no tienen nada… pero aún respiramos.
¡Aún resistimos!
¡Y mientras quede aliento en nuestros cuerpos, seguiremos de pie!
Un murmullo de emoción se expandió entre la multitud, creciendo como un fuego imposible de apagar.
—Black quiso dividirnos —continuó Ronald, con la mirada encendida—.
Quiso sembrar miedo, quebrar nuestra unión, arrancar la esperanza de nuestros corazones.
¡Pero falló!Porque hoy, más que nunca, no somos un solo reino… ¡somos un solo espíritu!
No por sangre, no por bandera… sino por voluntad.¡Porque la oscuridad jamás reinará sobre corazones que no se rinden!
El rugido que siguió fue ensordecedor.
Espadas alzadas, lanzas golpeando el suelo, escudos chocando al ritmo de la esperanza.
La plaza entera tembló bajo aquel grito unánime de resistencia.
Ronald entonces extendió su brazo, y sus ojos se posaron en el joven que aguardaba unos pasos detrás: James.
—Y no estamos solos —declaró—.
Entre nosotros hay alguien a quien el destino eligió.
Un portador de un legado que trasciende mundos.Un alma que lleva en sus manos la luz de todos los caballeros sagrados.
James avanzó lentamente.
El reflejo del sol se quebró sobre los guantes del Caballero de la Luz, aquellos que alguna vez sellaron la oscuridad.
Ahora, respondían solo a él.La multitud lo miraba con respeto, aunque entre las filas alguien gritó: —¡Él no es de nuestro mundo!
Un silencio tenso se extendió… hasta que Max dio un paso adelante.
—Tal vez no —respondió con voz firme—.
Pero su espíritu… vale más que el de muchos de nosotros.
James levantó su puño.Los guantes brillaron con un destello dorado que rompió la penumbra del cielo.Y el eco de su luz se sintió como un juramento silencioso: la guerra aún no estaba perdida.
Bosque del Trueno – Más tarde ese día La lluvia caía ligera entre los árboles.
James caminaba solo, escuchando el crujir de las hojas bajo sus botas.
Los guantes vibraban levemente, como si tuvieran un pulso propio, una respiración antigua.Cada paso lo acercaba más al destino… y a la duda.
Se sentó sobre una roca húmeda, observando las chispas doradas que danzaban en sus manos.
—¿Y si… no soy suficiente?
—susurró.
Una voz suave, casi maternal, rompió el silencio.
—Entonces aprenderás a serlo —dijo Aria, emergiendo de entre los árboles.Su túnica azul se mecía con el viento, y sus ojos reflejaban calma.
—El miedo no te hace débil, James.
El miedo te mantiene despierto.
James suspiró, bajando la mirada.
—Black tiene el anillo… y yo apenas entiendo cómo usar esto —dijo, mirando los guantes—.
Si me equivoco, si fallo… podría perderlo todo otra vez.
Aria se sentó a su lado.Su voz fue un susurro que se mezcló con el viento.
—Nadie espera que cargues con todo.
Ni siquiera esos guantes.
Ellos no te eligieron por poder, James… te eligieron por corazón.Porque solo alguien capaz de entender el dolor… puede manejar el poder que nace de la luz.
James cerró los ojos.Y por un instante, los guantes emitieron un resplandor cambiante: azul como el agua, dorado como el rayo, y finalmente… blanco como la pura esencia de la vida.La magia respiró con él.
Montañas de Ceniza – Noche anterior La oscuridad envolvía el mundo como un sudario.
Sobre una colina ennegrecida, Black observaba lo que quedaba de una aldea.
Las cenizas flotaban como nieve maldita, cubriendo los cuerpos de inocentes.
A su lado, Aurelius, su lobo convertido en criatura humanoide, miraba el paisaje con una mezcla de culpa y furia.
—¿Todo esto… tiene sentido?
—preguntó, su voz grave, quebrada.
Black caminó entre los cuerpos carbonizados.
No respondió al principio.
El anillo en su mano izquierda destellaba como una estrella muerta.
—No busques sentido —dijo al fin—.
El sentido es una ilusión.
En la guerra… solo sobrevive quien impone su voluntad.
Aurelius apretó los puños.
—¿Y los inocentes?
¿Los niños que gritaban en las casas?
—gruñó.
Black se detuvo.Durante un instante, su mirada fue la de un hombre, no la de un dios oscuro.
—Yo también lloré una vez… —murmuró—.
Y nadie vino a salvarme.
Un silencio pesado cayó entre ambos.Aurelius lo miró con tristeza.
—Entonces no eres un dios, Black… Solo otro monstruo herido.
Black giró su rostro lentamente.
Por un momento, su voz pareció cansada, humana.
—Quizás…Quizás lo soy.
Pero su mirada volvió a vaciarse.Y la oscuridad volvió a arder en sus ojos.
Puertas del campamento aliado – Noche actual Max y Caleb patrullaban la zona boscosa.
El aire estaba inmóvil, cargado de presagio.De repente, Caleb se tensó.
—¿Viste eso?
Entre los árboles, una silueta encapuchada avanzaba lentamente.
—¡Alto!
—gritó Max, desenvainando su espada.
La figura se detuvo.
Y cuando alzó la cabeza… el brillo de unos ojos lobunos los congeló.
—Aurelius… —susurró Caleb.
El lobo habló con voz ronca, quebrada.
—No vine a luchar.
Vine… a advertirles.
Black se mueve.
Y lo hará pronto.
Está más cerca de lo que creen.
Max mantuvo la espada en alto, dudando.
—¿Por qué deberíamos creerte?
—Porque su control… se está rompiendo —dijo Aurelius, retrocediendo—.
El odio lo está consumiendo.Y si no lo detienen ahora… el anillo abrirá algo peor.
Algo que devorará todo.
No quedará mundo que salvar.
Dio un paso atrás, la sombra lo envolvió.
—No me sigan.Solo… estén listos.El final se acerca.
Y desapareció entre la neblina.
Salón de Estrategia – Campamento aliado Los mapas estaban desplegados.
Las velas parpadeaban.
Los rostros eran sombras decididas.Ronald, Robin, Aria, Alvarion y James se reunían en torno al plan final.
—La debilidad de black es el poder dela luz —dijo Aria—.
Entonces el es la única esperanza.
Ronald cerró el puño.
—Entonces es el único lugar donde puede terminar esta guerra.Pero no enviaremos un ejército… Iremos solo los necesarios.
Una misión suicida.
James alzó la vista.
Su voz fue firme, sin titubeos.
—Entonces yo iré primero.
Si los guantes respondieron a mí… es porque la luz aún cree que tengo una oportunidad.
Ronald sonrió, apoyando su mano en su hombro.
—Entonces no irás solo, hermano.La luz no abandona a quien decide brillar… incluso en la oscuridad más profunda.
Afuera, el cielo se partió con un trueno.Los relámpagos iluminaron las caras decididas de los caballeros.El mundo contenía el aliento.
La oscuridad avanzaba…Pero la luz aún respiraba.Y estaba lista para contraatacar.
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