Puño del renacer - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Voces antes del rugido
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41: Voces antes del rugido 41: Voces antes del rugido Los pasos resonaban con decisión sobre la tierra húmeda.
El cielo estaba teñido de un gris sin alma, y los vientos arrastraban cenizas… Cenizas de batallas que aún no habían ocurrido.
El aire olía a tormenta, a hierro, a presagio.
James, Ronald, Aria, Boulder, Sylas, Max, Roniel, Marina, Caleb, Lina, Robin… Todos sabían lo que venía.
Y aun así, partieron.
No como héroes.
Sino como personas que se niegan a ver su mundo caer.
Al Norte El grupo liderado por Boulder avanzaba entre caminos destrozados y campos ennegrecidos.
Las hojas secas eran arrastradas por el viento como susurros del pasado.
El suelo estaba cubierto de ceniza, manchas de quemaduras y restos de estructuras derrumbadas.
—Démonos prisa —gruñó Boulder, apretando la mandíbula.
Las venas de sus brazos parecían tensarse como cuerdas—.
Si llegamos tarde, no quedará nada por proteger.
Sylas lo observó de reojo.
Normalmente, Boulder era rudo… pero nunca lo había visto tan sombrío.
—¿Estás bien, grandulón?
Te noto más serio que de costumbre —preguntó Sylas, intentando sonar casual pese a la tensión en su voz.
Boulder guardó silencio unos segundos.
Luego habló sin apartar la vista de la neblina grisácea del horizonte.
—No quiero que esa gente vuelva a sufrir… no otra vez.
Max, que caminaba detrás de ellos, bajó la mirada.
Sabía exactamente de qué hablaba.
Recordaba la aldea.
Recordaba la mujer que protegía a los niños.
Max suspiró.
“Así que sí te importa ella… grandulón sentimental.” Pero no lo dijo.
No en un momento como este.
—¡Max!
—gritó Sylas de pronto—.
¡Sujétate de mí!
¡Vamos a volar!
—¿Qué?
¿¡Vol…!?
Sylas ya había saltado.
Una corriente eléctrica surgió bajo sus pies, vibrante, feroz, viva como el mismísimo cielo.
—Mira bien, hermano —dijo Sylas mientras su energía explotaba en un estallido azul—.
Esta técnica me hace moverme como el viento… como el rayo mismo.
Un trueno partió el aire en dos.
El suelo desapareció bajo ellos.
El paisaje se deformó en un torbellino de luces.
En segundos, los tres surcaron los cielos como cometas de electricidad pura.
Cayeron en picada hacia un valle destruido.
El impacto sacudió la tierra.
Las rocas se partieron, el polvo se elevó, los árboles se doblaron… Y frente a ellos, dos figuras esperaban entre las llamas y el humo: Fang y Titán.
—Vaya, vaya… —rió Fang, mostrando sus colmillos serrados—.
Los héroes del norte finalmente llegaron.
Titán no rió.
Nunca reía.
Solo miró a Boulder con un odio tan frío que parecía cortar el aire.
Boulder adelantó un pie, su puño envolviéndose en energía marrón con destellos dorados.
—Max, evacúa a los aldeanos —ordenó sin mirarlos—.
Sylas y yo nos encargaremos de estos monstruos.
—Entendido —respondió Max, corriendo hacia las casas derrumbadas.
Sylas giró el cuello con una sonrisa feroz.
—Déjame al lagarto.
Este imbécil me debe una desde la última vez.
—Haz lo que quieras —replicó Boulder—.
Pero no te confíes.
No son simples bestias.
Los cuatro saltaron.
El aire se cortó.
El suelo tembló.
El choque encendió el norte como un amanecer brutal.
Rayo y piedra contra garras y fuego.
El norte ardía nuevamente.
En el Valle Más al centro, Roniel avanzaba con una llama imposible en los ojos.
Sus pasos dejaban marcas incandescentes en la tierra ennegrecida.
Cada golpe de su espada liberaba un torrente de fuego que iluminaba la oscuridad como si buscara devorarla.
A su lado, Marina giraba su lanza con precisión milimétrica, creando un baile de agua y acero que destruía cualquier sombra que se acercara.
Sus movimientos eran fluidos, gráciles, pero cada estocada llevaba la determinación de alguien que juró no perder a nadie más.
—¡Por nuestro mundo!
—rugió Roniel, envolviéndose en fuego puro.
Las sombras de Black parecían infinitas.
Garras negras, cuerpos deformes, ojos vacíos.
Hambre.
Brutalidad.
Muerte.
Pero la voluntad de ambos ardía más que cualquier oscuridad.
En los tejados en ruinas, Robin disparaba flechas imbuyéndolas con luz azulada.
Cada flecha explotaba en pequeños soles de energía pura que desintegraban a las sombras.
Lina, con la capa desgarrada y las manos temblorosas, corría entre los escombros guiando a los aldeanos.
—¡Por aquí!
¡Rápido!
¡No miren atrás!
—gritaba, empujando a una madre con su bebé hacia un refugio improvisado.
Robin la observó mientras tensaba otra flecha.
—No dejaremos que caiga ni uno solo… ni uno —susurró con determinación.
El valle era un infierno de fuego y sombra.
En la Colina – El Origen de Todo Sobre una colina azotada por el viento, Black observaba la escena con los brazos cruzados.
Su capa ondeaba como una sombra viva, hambrienta.
Una sonrisa casi humana —pero completamente cruel— se dibujó en su rostro.
—Por fin… están aquí —susurró.
A sus espaldas, Ronald, Caleb y Tharion emergieron entre la niebla, cada uno con expresión tensa.
El aire vibraba de tensión.
Casi podía cortarse.
Black levantó el rostro hacia el cielo gris.
—Entonces… que comience la caída.
Un trueno respondió como si el mundo mismo obedeciera su voz.
Al Sur – El Silencio de la Bestia James y Aria caminaban entre ruinas silenciosas.
Demasiado silenciosas.
No había gritos.
No había cuerpos.
Solo ceniza… y el sonido lejano, profundo, inhumano… de algo que respiraba.
—Esto no me gusta —murmuró James, poniéndose en guardia.
—¿Dónde están todos…?
—susurró Aria, mirando la sangre seca en el suelo.
Entonces, el rugido rompió el mundo.
Un aullido tan poderoso que hizo vibrar cada piedra, cada árbol, cada hueso.
Los pájaros escaparon.
La tierra tembló.
El aire se congeló.
El monstruo emergió entre la neblina: Un lobo bípedo colosal, con cicatrices quemadas en el pelaje, venas negras pulsando energía oscura, y ojos llenos de rabia… y dolor.
James retrocedió.
Aria no.
Sus ojos temblaron.
Sus labios se abrieron.
—¿Aurelio…?
—susurró con una voz que no parecía pertenecerle.
El monstruo se detuvo.
Por un instante, en su mirada hubo… humanidad.
Un destello.
Una memoria.
Pero desapareció.
El lobo rugió y se lanzó hacia ellos como un huracán de garras.
James rodó justo antes de que un golpe destruyera media calle.
—¡Aria, atrás!
¡No es él!
—gritó, encendiendo sus guantes, que se envolvieron en un aura azul de pura energía espiritual.
Pero Aria no se movió.
Sus manos temblaban.
Sus lágrimas caían.
—No… —susurró, con la voz rota—.
No puedes ser él… El lobo rugió de nuevo, y su voz partió el cielo.
El aire se llenó de relámpagos, fuego, oscuridad… y el comienzo de una guerra que cambiaría todo.
CONTINUARÁ…
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