Puño del renacer - Capítulo 52
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- Capítulo 52 - 52 Bajo un Cielo de Estrellas
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52: Bajo un Cielo de Estrellas 52: Bajo un Cielo de Estrellas El cielo, al fin, se despejaba.La oscuridad que había cubierto la tierra como un manto de muerte se desvanecía lentamente, dejando ver un firmamento profundo, inmenso, lleno de estrellas que brillaban con un resplandor renovado.
Era como si el mundo hubiera recuperado el aliento después de una pesadilla interminable.
Cerca de una gran fogata, guerreros, pueblerinos y viajeros se reunían en celebración.
Algunos cantaban, otros reían, otros simplemente se abrazaban, agradecidos de estar vivos.
Había heridas, sí, pero también sonrisas; había cansancio, pero más fuerte era la esperanza.
Robin y Roniel estaban entre ellos, compartiendo comida junto a un grupo de aldeanos.
Robin reía a carcajadas por alguna anécdota de batalla que uno de los guerreros contaba, mientras Roniel, más reservado, observaba la armonía que los rodeaba.
—Hace mucho que no veía algo así… —dijo Robin, mirando a la gente bailar—.
¿No te parece increíble, Hermano?
Roniel asintió con una pequeña sonrisa.—Sí.
Es… como si todo el dolor hubiera valido la pena solo por ver este momento.
En otro lado, Valeska se encontraba en pleno duelo de vencidas contra tres sujetos que habían decidido retarla al mismo tiempo.
El sudor le corría por la frente, pero su risa llena de fuerza no se apagaba.
—¡Vamos, cobardes, empujen más fuerte!
—gritó, con esa chispa que contagiaba valor.
Las risas resonaban a su alrededor, y por un momento, la guerra parecía algo lejano.
No tan lejos, Lina estaba recostada sobre una roca, con la mirada perdida en el cielo estrellado.
Sus ojos reflejaban un brillo melancólico, y sus labios susurraron palabras que apenas el viento alcanzó a escuchar.
—Espero que estén bien, James… Max… Su corazón estaba dividido entre la calma del momento y la incertidumbre de lo que vendría después.
Fue entonces cuando Marina apareció, con su serenidad habitual, cargando un plato de comida.
—Ellos están bien, eso te lo puedo asegurar —dijo con voz tranquila, ofreciéndole el plato—.
Por ahora, lo importante es que recuperes fuerzas.
Lina la miró con gratitud, tomando el plato.—Gracias.
Apenas puedo asimilar todo lo que ha pasado… Nunca imaginé que terminaría en medio de una guerra.
Marina soltó una risa ligera.—En este mundo, lo extraordinario sucede todos los días.
Lo aprenderás pronto.
Ambas se quedaron sentadas, disfrutando del cielo nocturno, compartiendo un silencio que no necesitaba palabras.
En el norte, el ambiente era igual de vibrante.
Los niños corrían jugando entre las tiendas, los adultos reían con carisma, y hasta los ancianos compartían historias de valentía.
Sylas estaba entre ellos, rodeado de aplausos y agradecimientos.
Aunque al principio se mostraba orgulloso y arrogante, poco a poco se inclinaba con humildad ante cada gesto de gratitud.
En su corazón, sentía que algo había cambiado dentro de él.
En una tienda cercana, Max permanecía en la entrada.
Su mirada se fijaba en Boulder, que salía con gesto preocupado.
Dentro, Fang yacía herido de gravedad.
—¿Cómo está?
—preguntó Max.
—Malherido, pero sobrevivirá —respondió Boulder con firmeza, aunque su mirada delataba la preocupación—.
Lo dio todo en la batalla… lo mínimo que podemos hacer ahora es cuidarlo.
En ese instante, apareció Marlyn, una mujer que había protegido a los niños durante el caos.
Llevaba en sus manos dos platos de comida.
Su sonrisa cálida parecía iluminar incluso más que las estrellas.
—Por favor, coman algo.
Han hecho demasiado por todos nosotros.
Estamos agradecidos… y lo más importante es que seguimos vivos.
Boulder recibió el plato con cierta torpeza, bajando la cabeza.—Gracias.
Tu comida nos ayudará a recuperar fuerzas… pero tú también deberías descansar un poco.
Hiciste mucho hoy.
Marlyn se sonrojó por el halago, desviando la mirada.—Sí… lo haré después de atender a los demás.
Entre ambos se creó un silencio incómodo, pero lleno de algo que ninguno se atrevía a nombrar.
Boulder intentó romperlo con una broma torpe.
—Em… bueno, te aseguro que me lo comeré todo.
—Eso espero —respondió ella con una risita tímida antes de marcharse.
Max, que había observado la escena, soltó una pequeña risa.—Boulder, recuerdo lo que me contaste en los entrenamientos… pero ¿no crees que ya es hora de intentarlo de nuevo?
El negó, bajando la mirada.—No lo sé, Max… Ella es gentil, brillante.
Yo solo soy un hombre cargado de problemas y peligros.
No creo que alguien como ella sea feliz conmigo.
Sylas, que llegaba en ese momento, intervino con una sonrisa burlona.—Nadie está preparado para nada, grandulón.
A veces solo se trata de dar el primer paso.
—¿Acaso escuchaste todo?
—preguntó Boulder, incómodo.
—Casi todo.
Y si no digo nada, con tu frialdad seguro la dejas escapar.
Max añadió:—Oye, Sylas, ¿desde cuándo eres experto en mujeres?
Boulder soltó una carcajada.—¡Ja!
Nunca lo fue.
Siempre lo ignoran por arrogante.
Sylas resopló.—Ríanse todo lo que quieran… Pero Boulder, poco a poco, bajó la voz.—Aun así… tengo miedo.
Miedo de fallar de nuevo, de perder… Como si todo lo que amo estuviera condenado a alejarse de mí.
El silencio cayó de golpe.
Nadie respondió, hasta que una voz cansada pero firme rompió el aire.
—¿Y por qué no lo intentas?
—dijo Fang, que había salido de la tienda apoyado en la pared.
—¿Fang?
—Boulder corrió hacia él—.
¡Deberías estar descansando!
El joven sonrió débilmente.—Lo sé.
Pero escuché lo que dijiste.
Y… mira, cuando nos conocimos, tú cambiaste mi forma de ver la vida.
Gracias a ti di un paso hacia algo nuevo.
Si yo pude… ¿por qué tú no?
Los ojos de Boulder se abrieron con sorpresa, pero luego sonrió con sinceridad.—Sabía que serías alguien grande, Fang.
El muchacho desvió la mirada, algo incómodo.—Solo estoy devolviendo el favor y aconsejarte.
Sylas lo miró con burla.—Qué dramático, señor agradecido.
—¡Tú cállate!
—respondió Fang, pero con una risa sincera.
Luego, Max tomó la palabra con seriedad.—Lamento lo de tu amigo, Fang.
Dio su vida por proteger a todos.
La sonrisa de Fang se apagó un poco.—Titan fue… el primer amigo de verdad que tuve.
Nunca lo olvidaré.
Boulder puso una mano en su hombro.—Su sacrificio no fue en vano.
Todos los que sacrificaron sus vidas… nos trajeron hasta aquí.
El silencio que siguió fue pesado, pero cálido.
Finalmente, Sylas alzó una jarra.—Entonces, ¿qué esperamos?
¡Comamos y bebamos como se debe!
—¡Eso me gusta!
—añadió Max.
—Tengo demasiada hambre para seguir hablando —rió Fang.
—¡Entonces celebremos!
—gritó Boulder, y por un instante, todos los dolores se olvidaron.
En un pueblo costero al sur, Aria descansaba junto a Aurelius en su forma de lobo.
Ella acariciaba suavemente su pelaje mientras escuchaba las risas y cantos de la gente del lugar.
—Había olvidado lo que se sentía escuchar a la gente ser feliz —susurró con nostalgia—.
Parece que el mal por fin se ha desvanecido, ¿verdad, Aurelius?
El lobo respondió con un leve movimiento de su cola, como confirmando sus palabras.
Aria cerró los ojos, disfrutando ese instante de paz.
En otro lugar, cerca de una fogata, James, Ronald, Caleb, Tharion y Selene descansaban.
Todos dormían… menos Ronald.
El caballero permanecía sentado, con el rostro cansado, pero los ojos atentos al horizonte.
“Por fin… un poco de paz”, pensó.
Sin embargo, en los sueños de James… la paz parecía algo lejano.
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