Puño del renacer - Capítulo 53
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53: Ecos de un juramento 53: Ecos de un juramento James corría agitado, jadeando mientras subía una colina empinada.
El sudor corría por su frente, y el corazón le latía con tanta fuerza que sentía que iba a romperle el pecho.
Al llegar a un claro, sus ojos se abrieron con horror: una silueta tendida en el suelo, rodeada de un charco de sangre.
—No… no puede ser… —murmuró con voz temblorosa.
Se acercó trastabillando, cada paso más pesado que el anterior.
Cuando por fin se inclinó sobre la figura, el mundo pareció detenerse.
Era Lina.
Su cuerpo estaba cubierto de sangre, pálido, sin fuerzas.
James se arrodilló, con las manos temblando al tocarla.—¡Lina!
¡LINAAA!
—gritó con desesperación—.
¡Por favor, no me dejes!
¡No te vayas, Lina, no…!
Su grito desgarró el silencio del lugar hasta que, de pronto, abrió los ojos de golpe.
El amanecer iluminaba tenuemente el campamento.
James se incorporó sobresaltado, respirando con dificultad, y al darse cuenta de que todo había sido un sueño, soltó un suspiro de alivio.
—Haa… solo… fue una pesadilla… El crepitar de la fogata y el suave murmullo del viento lo devolvieron a la realidad.
A pocos pasos, Ronald lo observaba en silencio.
Se acercó con paso tranquilo.
—Te importa esa chica, ¿verdad?
—preguntó, con una leve sonrisa que no ocultaba la seriedad de sus ojos.
James dudó un segundo, pero no podía ocultarlo.—Sí.
Lina es… es mi mejor amiga.
Ella es como una parte de mí.
Ronald se sentó junto a él, cruzando los brazos.—Lo noté.
No dejabas de repetir su nombre mientras dormías.
—Luego, con voz más cálida—.
Le tienes un cariño muy genuino.
James bajó la mirada, con los pensamientos revueltos.
Por más que quisiera convencerse de que fue un simple sueño, la inquietud no lo soltaba.
—Es que… —susurró—, ¿y si le pasa algo de verdad?
No podría soportarlo.
Ronald puso una mano en su hombro.—Tranquilo.
Una pesadilla no significa que vaya a suceder.
El muchacho respiró hondo, pero la preocupación seguía en sus ojos.
El fuego iluminaba sus rostros, proyectando sombras que parecían bailar con las dudas en su interior.
James guardó silencio unos segundos, hasta que decidió abrirse más.
—Ronald… cuando era pequeño, perdí a mis padres.
Creí que iba a quedarme solo para siempre.
Pero aparecieron personas que iluminaron esa oscuridad… una de ellas fue Lina.
Ella y Max me levantaron en los peores momentos.
Hizo una pausa, la voz le temblaba.—Ese día, cuando vi morir a mis padres, me juré que jamás volvería a perder a alguien que amara.
No si estaba en mis manos impedirlo.
Perderlos a ellos… sería como perderme a mí mismo.
Ronald lo escuchaba con atención, y sus ojos reflejaban un dolor contenido.
—James… —dijo con tono grave—.
Perder a quienes amamos es un peso que nunca desaparece.
Es inevitable… —Sus manos se cerraron en puños mientras bajaba la mirada—.
Pero aunque se hayan ido, siempre vivirán en nuestro corazón.
James lo observó, notando la melancolía en sus palabras.—Ronald… ¿tú… también perdiste a alguien?
El caballero guardó silencio unos segundos, como si buscara las palabras correctas.
Finalmente, habló.—Sí.
Vi con mis propios ojos cómo mi mejor amigo daba su vida para acabar con la oscuridad.
Él soportó cosas que nadie más hubiera aguantado.
Y aun así, eligió sacrificarse.
—Su voz se quebró por un instante—.
En ese momento… yo no pude detenerlo.
James se quedó callado.
Podía sentir la frustración de Ronald, un eco de una herida que aún sangraba.
El silencio fue interrumpido por Caleb, que había estado escuchando con atención.
—Sí… Aurelius nos cambió a todos —dijo, mirando las llamas—.
Si no hubiera sido por él, probablemente no estaríamos aquí.
James abrió los ojos, comprendiendo al fin de quién hablaban.—Debió ser un gran hombre.
Ronald asintió, con una sonrisa triste.—Más de lo que imaginas.
Y… no sé por qué, pero te pareces a él.
James arqueó las cejas.—¿En serio?
Caleb sonrió de lado.—De hecho, bastante parecido, jajaja.
Aunque no lo admitas, lo eres.
James negó con la cabeza.—No creo ser tan genial como él.
Seguro era fuerte… y yo apenas estoy empezando a comprender mi poder.
—Algún día lo dominarás —respondió Caleb, con firmeza—.
Y puede que seas incluso más fuerte que Aurelius.
James miró el cielo que ya clareaba.—Algún día… espero que sí.
En ese momento, Tharion, que había estado recostado contra una roca, abrió un ojo y se incorporó.—Vaya, vaya… no sabía que se estaban poniendo tan sentimentales.
—Bostezó y se levantó estirándose—.
Pero les diré algo: a veces los juramentos son lo único que nos mantiene en pie.
Yo también juré proteger a mi familia… aunque ya no pueda volver a verlos.
Sus palabras dejaron un eco silencioso.
Selene, que permanecía en la orilla del campamento observando el bosque, habló sin volverse.—Los juramentos son cadenas, pero también pueden ser alas.
Depende de si los llevamos como peso… o como impulso.
Todos quedaron en silencio un momento.
James, conmovido por esas palabras, sintió que algo se encendía dentro de él.
El sol finalmente asomó, tiñendo el mundo de dorado.
Ronald se puso de pie, sacudiendo el polvo de su armadura.—Bien.
Es hora de partir.
Aún tenemos problemas que resolver.
Tharion sonrió mientras miraba el horizonte.—Al menos tenemos esta vista.
Hacía mucho que no veía un amanecer tan limpio.
—Sí… —murmuró Ronald, con un brillo en los ojos que mezclaba calma y preocupación.
Selene dio un paso al frente.—Entonces no perdamos tiempo.
El mundo no esperará por nosotros.
Todos comenzaron a caminar juntos.
Estaban cansados, pero la sensación de paz y de haber sobrevivido los mantenía firmes.
El aire olía a esperanza, aunque en el fondo todos sabían que no duraría para siempre.
De pronto, un halcón descendió del cielo con un pergamino en sus garras.
Ronald lo tomó, desenrollando el mensaje.
Era una orden directa: —El rey del fuego nos convoca en su reino… inmediatamente.
Los caballeros se miraron en silencio.
La calma del amanecer se desvaneció, reemplazada por la certeza de un nuevo deber.
Ya tenían un nuevo destino.
Y lejos de allí, los demás caballeros recibían el mismo mensaje, preparándose para partir.
La guerra había terminado… pero la verdadera historia apenas comenzaba.
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