Puño del renacer - Capítulo 55
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55: El eco de la luz 55: El eco de la luz El sonido de martillos y órdenes resonaba en los pasillos del castillo.
Los caballeros, obreros y aldeanos trabajaban sin descanso.
En medio de aquel bullicio, el rey observaba desde el balcón principal los planos de reconstrucción, con una sonrisa cargada de esperanza.
—¡Por fin!
—exclamó con entusiasmo—.
La paz ha regresado.
Reconstruiremos el castillo, fortaleceremos los reinos… ¡y nadie volverá a sufrir bajo la oscuridad!
Los chicos acababan de llegar y el rey, al verlos, se levantó lleno de emoción.
—¡Ah, héroes!
¡Llegan justo a tiempo!
Tengo grandes aviones… Pero antes de que pudiera continuar, Ronald dio un paso al frente, con el ceño fruncido y la voz grave.
—Majestad, escúcheme… —dijo con firmeza—.
Me temo que esto aún no ha terminado.
El rey lo miró confundido.
—¿Qué dices, Ronald?
¿No fue destruido el enemigo?
—No del todo —respondió el caballero—.
La oscuridad aún se mueve… en el otro mundo.
En el mundo de James y sus amigos.
El silencio llenó la sala.
El rey apretó los puños con incredulidad.
— ¿Cómo es posible?
Todo parecía en calma.
Boulder, cruzado de brazos, intervino: —Alguien debió ayudar a escapar.
Un ser capaz de viajar entre dimensiones… pero aún no sabemos quién.
El rey bajó la mirada, su tono se tornó sombrío.
—Todo parecía demasiado bueno para ser verdad… Ronald se adelantó de nuevo.
—Ahora debemos centrarnos en encontrar la forma de llegar a otro mundo y detener la oscuridad antes de que cause más daño.
Mientras hablaban, James escuchaba en silencio.
Su mirada vacía, sus manos temblaban.
Dentro de su cabeza resonaba una sola frase: “Si tan solo hubiera sido más fuerte…
esto no estaría pasando.” Lina, a su lado, notó la tristeza reflejada en su rostro.
Sin decir palabra, puso suavemente su mano sobre la cabeza de James.
Él levantó la vista, sorprendido.
Ella le sonrió con dulzura.
—No cargues solo con todo, James.
No estás solo.
Esa simple frase le desarrolló un poco de calma.
El rey, entonces, exhaló profundamente y habló con pesar.
—Debo admitir… que gran parte de lo ocurrido fue culpa mía.
Nunca debí aceptar la propuesta de ese hombre.
Boulder lo miró con serenidad.
—Majestad, este no es momento para buscar culpables.
Debemos actuar.
Proteger ambos mundos, si es necesario.
Roniel, quien había permanecido callado, dio un paso adelante.
Puso su mano en el hombro del rey y dijo con voz cálida y firme: —“Mientras quede una chispa de luz, vale la pena luchar.” James levantó la cabeza al oír esas palabras.
Esa frase… era la misma que Ronald le había dicho la noche anterior.
Sus ojos se abrieron con asombro.
Ronald irritado, orgulloso de su hermano.
Marina tomó la palabra, rompiendo el silencio.
—El problema es… que no sabemos cómo cruzar al otro mundo.
Ni siquiera cómo Black lo logró.
Ronald avanzó con un gesto pensativo.
—Habrá una forma.
Solo debemos encontrarla… pero no será fácil.
El rey admitió lentamente.
—Entonces, hasta que encontremos la manera, ayuden a reconstruir.
Este reino les necesita…
y quizás entre su gente encontremos la respuesta.
Horas más tarde, el ambiente era distinto.
Los caballeros y los chicos trabajaban codo a codo con los aldeanos, levantando muros, reforzando puertas, cargando materiales.
James ayudó a un herrero, cargando enormes lingotes de metal sin esfuerzo.
El anciano lo miró impresionado.
—Tienes fuerza de sobra, muchacho.
¿De dónde vienes?
James sonoro, secándose el sudor.
—De un lugar… muy lejos de aquí.
Mientras ayudaba, su mente no dejaba de dar vueltas.
“¿Cómo volveré a casa?
¿Y si ya es demasiado tarde?” Terminó su tarea y, al levantar la vista, vio a Marina enseñando a un niño a controlar su elemento.
El niño, frustrado, lanzó una pequeña chispa de fuego que se apagó al instante.
—Tranquilo —dijo ella con voz dulce, arrodillándose frente a él—.
La fuerza no nace del ojo, sino del corazón.
Le corrigió la postura, le sonó y el niño volvió a intentarlo.
Esta vez, una pequeña llama danzó en su mano.
El rostro del niño se ilumina de felicidad.
James los observó en silencio.
En ese instante, se vio reflejado en aquel niño… temeroso, dudando de sí mismo, buscando una chispa de esperanza.
Inspirado, comenzó a practicar boxeo de sombra.
Sus movimientos eran fluidos, rítmicos, llenos de concentración.
Marina lo notó.
Se detuvo a mirarlo, fascinada por su técnica.
Cada golpe parecía una danza precisa, cada respiración estaba en armonía.
“Casi parece arte…” pensó mientras se acercaba.
—Seguro que en tu mundo eras muy famoso —le dijo con una sonrisa—.
Y muy fuerte, ¿no?
James soltó una carcajada leve.
—Quizás un poco… aunque a veces siento que mi fuerza no es suficiente cuando más se necesita.
Marina suspiro, cruzando los brazos.
—No estoy de acuerdo.
—Señaló hacia los niños jugando—.
Si no fuera por ti, ellos no estarían aquí, riendo así.
James la miró, algo avergonzado.
—Ustedes también hicieron mucho.
Pero… si hubiera sido un poco más fuerte… quizás como Aurelius… Ella lo interrumpió, sonriendo con ternura.
—Incluso él tuvo sus propias batallas.
Yo también dudé de mí misma.
Perdí a mis padres y creí que todo había terminado.
Pero Aurelius, Ronald, Boulder… ellos me enseñaron que la fuerza no es solo músculo o poder, sino creer en uno mismo.
— ¿Y lo lograste?
—preguntó James, intrigado.
—Sí —respondió—.
Porque ellos creyeron en mí antes de que yo lo hiciera.
James irritante, genuinamente conmovido.
—Vaya… ahora entiendo por qué todos los admiran.
Marina asistió.
—Y tú también eres digno de admiración, James.
Nunca lo dudes.
—Gracias… —dijo él, mirando sus manos con una pequeña sonrisa—.
Lo intentaré.
No muy lejos, Caleb observaba en silencio.
Sus brazos cruzados, su mirada fija.
Finalmente se acercó.
-James..
—¿Sí?
—preguntó él.
Caleb lo miró con seriedad.
— ¿Quieres ser fuerte?
¿Quieres saber si realmente lo eres?
James frunció el ceño, confundido.
—¿A qué te refieres, Caleb?
Sin responder, Caleb lo empujó con fuerza, haciendo retroceder varios metros.
Marina gritó alarmada: —¡¿Qué haces, Caleb?!
—Tranquila —respondió él, sin apartar la vista de James—.
Sé exactamente lo que hago.
James se reincorporó, desconcertado.
—¿Qué intentas probar?
Caleb no respondió.
Solo levantó su brazo derecho, que se transformó en metal puro.
El brillo plateado cubría su mano mientras adoptaba una postura de combate.
—Prepárate —dijo con tono decidido—.
La única forma de volver a tu mundo… es usar tu propio poder.
—¿Qué?
—preguntó James, sorprendido.
Marina exclamó: —¿Eso es posible?
Caleb no respondió.
Se lanzó hacia él con velocidad brutal.
James apenas tuvo tiempo de reaccionar, bloqueando el golpe con sus guantes.
Las chispas volaron.
Ambos comenzaron a intercambiar golpes con fuerza tremenda.
Los aldeanos se detuvieron, observando la pelea que levantaba polvo y energía por todas partes.
Lina corrió hacia ellos.
—¡Tengo que detenerlos!
Pero Ronald le puso una mano en el hombro.
—Tranquila.
No es una pelea de odio…
es una lección.
Los movimientos eran veloces, elegantes, poderosos.
James esquivaba, golpeaba, retrocedía, y Caleb respondía con ataques de metal endurecido.
El suelo temblaba bajo sus pies.
Ronald, observando, pensaba: “¿Qué planeas, Caleb?
¿Probar su límite o revelar algo más?” Ambos concentraron energía en sus puños.
James, con su luz dorada.
Caleb, con el brillo metálico.
Y en un instante, ambos se lanzaron uno contra el otro.
El choque liberó una onda expansiva monumental.
El aire se distorsionó, y por un segundo… una pequeña grieta luminosa se abrió frente a ellos, como un portal diminuto.
Pero desapareció al instante.
Ambos quedaron jadeando.
Caleb cayó de rodillas, llevándose la mano a la cabeza.
—Ah… todavía no controlo bien mi impulso… —dijo con una risa forzada.
Ronald se acercó.
—Eres audaz, Caleb.
Muy audaz.
Caleb se puso de pie con dificultad.
—Pero tenía razón… ya tengo una idea de cómo viajar al otro mundo.
James miró el punto donde había aparecido la grieta.
—¿Qué… fue eso?
Ronald explicó: —Cuando dos fuentes de energía opuestas chocan con la misma intensidad, pueden crear una distorsión… un tipo de portal.
Lina lo entendió de inmediato.
—Entonces, ¿con tu poder, James, podríamos regresar?
James ascendió, respirando agitado.
—Tal vez… pero el costo sería enorme.
Caleb está exhausto, y yo también.
Boulde añade.
—Al parecer, requiere una cantidad inmensa de energía.
Sylas, siempre confiado, levantó la mano.
—Yo podría hacerlo.
Me sobra energía.
Ronald negó con la cabeza.
—No es tan simple, Sylas.
Se necesita algo más que fuerza.
Marina lo miró.
—¿Y tú, Ronald?
¿Podrías hacerlo?
El caballero cruzó los brazos, serio.
—Tal vez… pero el riesgo sería alto.
No sé si ambos podríamos soportarlo.
James los miró con determinación.
—Déjenme intentarlo.
Puedo combinar varios elementos.
Lo lograré.
Ronald lo observó en silencio, luego asintió.
—De acuerdo… pero no si no lo puedes soportar pará.
Lina, preocupada, susurró: —Ten cuidado, James… Max, con su tono relajado, bromeó: —No intentes morir, hermano.
James sonrió.
—Gracias por el consejo, hermano.
Todos retrocedieron.
James respiró profundamente, concentrando su energía.
Sus guantes comenzaron a brillar, emitiendo chispas doradas y azules.
El aire a su alrededor vibraba con poder.
Los caballeros lo miraban con asombro.
Por un instante, todos recordaron a Aurelius… Esa misma luz, esa misma presencia.
Y mientras el poder crecía, una sensación los envolvió: el eco de una antigua promesa, la voz de la luz que nunca muere.
El destino de ambos mundos… Estaba a punto de despertar una vez más.
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