Punto de vista del Joven Maestro: Un día desperté como un villano en un juego - Capítulo 113
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- Capítulo 113 - 113 La Mente Maestra 1
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113: La Mente Maestra [1] 113: La Mente Maestra [1] El refugio era un búnker subterráneo diseñado para resistir ataques de Bestias Espirituales de bajo nivel en caso de un brote.
Había muchos de estos búnkeres por toda la ciudad.
Dado que en Ishtara había tres Portales y un brote podía ocurrir en cualquier momento, estos búnkeres servían de refugio para la gente durante las emergencias.
Sin embargo, el búnker del Sumo Sacerdote era diferente a los demás.
Era más imponente y lujoso, de mayor tamaño, y estaba repleto de suministros variados, además de contar con soporte de internet de alta gama.
El Sumo Sacerdote podría vivir allí fácilmente durante más de un año sin necesidad de salir a la superficie si así lo deseara.
De ahí que se le llamara refugio.
Pero el Sumo Sacerdote Bowden no iba allí para vivir mucho tiempo.
Solo quería esperar a que pasara el caos.
El laboratorio que había bajo su iglesia era varias veces más grande que el de la mansión del Señor Supremo, lo que significaba que había más monstruos en su laboratorio.
Ahora que estaba a punto de liberar a estas abominaciones en la ciudad, la escala de muerte y destrucción no tendría precedentes.
Estaba seguro de que al menos la mitad de la ciudad quedaría en ruinas antes de que el Monarca Central pudiera intervenir.
Hasta entonces, necesitaba un lugar donde mantenerse a salvo.
Así que, rodeado por al menos un par de docenas de guardaespaldas, el Sumo Sacerdote Bowden salió de la iglesia y se dirigió a su santuario.
El refugio estaba a solo cinco minutos a pie.
Cuando Bowden pisó el pavimento agrietado, el caos de la ciudad lo recibió con los brazos abiertos.
A lo lejos ululaban las sirenas, gritos de horror llenaban el aire y los rugidos guturales de las abominaciones retumbaban.
A lo lejos, los incendios hacían estragos, los edificios se derrumbaban y el polvo y el humo se alzaban para ocultar el cielo.
Los guardaespaldas formaron un perímetro cerrado en torno a Bowden, escudriñando las calles atentamente en busca de cualquier posible peligro.
Estos guardaespaldas de élite habían sido escogidos a dedo por su lealtad y habilidad, pero ni siquiera ellos eran inmunes a la inquietud que les corroía los nervios.
Algunos de ellos eran Despertados de bajo rango, mientras que otros eran humanos corrientes entrenados y armados con artefactos encantados.
Un soldado a su lado afianzó la empuñadura de su fusil.
—Su Eminencia, debemos darnos prisa —lo apremió.
Pero Bowden no respondió.
Eso ya lo sabía.
Cinco minutos era todo lo que necesitaba.
Asintió y echó a andar.
Pronto llegaron a su destino.
Su corto viaje transcurrió sin mayores incidentes, a excepción de unas cuantas bestias que intentaron atacarlos y de las que los guardaespaldas se encargaron con facilidad.
Por desgracia, perdieron a unos cinco hombres en el proceso, pero, aparte de eso, no ocurrió gran cosa.
El Sumo Sacerdote Bowden estaba a salvo, y eso era lo único que importaba.
La entrada al búnker subterráneo se encontraba dentro de una casa que, por suerte, aún no había sido alcanzada por el fuego que se propagaba, por lo que permanecía intacta.
Los guardaespaldas le dieron cobertura y dejaron que el Sumo Sacerdote entrara primero en la casa, antes de seguirlo de cerca.
Dentro de la casa, no tardaron en encontrar la entrada al búnker y la abrieron, permitiendo que Bowden entrara primero una vez más.
El Sumo Sacerdote empezó a bajar de inmediato las escaleras que conducían al subsuelo y, en pocos segundos, sus pies tocaron el robusto suelo metálico del búnker.
Dentro estaba oscuro, pues aún no había encendido las luces.
…Pero de inmediato sintió que algo no iba bien.
Y como para confirmar sus sospechas, las luces parpadearon y se encendieron por sí solas, y una voz grave lo llamó desde su espalda.
—Hola, Bowden.
No esperabas encontrarme aquí, ¿verdad?
•••
Bowden se quedó helado.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Este lugar… Se suponía que nadie más que él lo conocía.
Solo él conocía la ubicación de este refugio.
Entonces, ¿por qué había alguien más aquí?
Y lo que es más importante, ¡¿por qué esa voz le sonaba tan familiar?!
El Sumo Sacerdote tragó saliva con dificultad y se giró lentamente.
Se le cortó la respiración al ver a alguien sentado con toda naturalidad en un sillón de cuero en medio del búnker.
Era un hombre ataviado con un abrigo oscuro, con una pierna cruzada sobre la otra.
Su presencia era inquietantemente relajada, como si aquel lugar le perteneciera más a él que al propio Bowden.
Su rostro estaba parcialmente oculto por la tenue iluminación, pero la sonrisa socarrona de sus labios era inconfundible.
Alrededor de aquel hombre había varios guardias con impecables uniformes negros, armados con una variedad de armas encantadas.
Bowden no daba crédito a lo que veía.
Conocía esa sonrisa socarrona.
Conocía esa voz.
Conocía esa cara.
—… ¿Everan?
—dijo con voz rasposa.
La figura se rio por lo bajo y se inclinó un poco hacia delante.
—¿Sorprendido?
La mente de Bowden iba a mil por hora.
Era imposible.
Se suponía que Everan estaba muerto o a la fuga.
No debería estar aquí.
¡¿Cómo demonios conocía este lugar?!
Para entonces, los guardias de Bowden también habían entrado en el búnker.
Y en el momento en que distinguieron a Everan y a su séquito, desenfundaron sus armas.
Como respuesta, los guardias del Señor Supremo blandieron sus propias armas y adoptaron una postura de combate.
Ambos grupos estaban al borde de la violencia, esperando a que sus líderes dieran la orden.
—¿P-por qué estás aquí?
—preguntó Bowden, con la voz aún teñida de incredulidad—.
¿Y cómo encontraste la ubicación de mi escondite, Everan?
El Señor Supremo volvió a reírse por lo bajo, aunque esta vez su tono era más amenazante que divertido.
—¿Crees que eres el único que sabe apuñalar por la espalda, Bowden?
—Everan ladeó la cabeza antes de señalar a un hombre encapuchado que estaba junto al Sumo Sacerdote—.
Deberías estar orgulloso.
Tu pupilo aprendió bien.
Te ha traicionado, jodida serpiente.
Los ojos de Bowden se abrieron como platos cuando se giró para encarar a su informante.
Pero el hombre encapuchado pareció igual de conmocionado por aquella ridícula acusación.
—¡¿Qué?!
¡No, Sumo Sacerdote!
¡Eso es mentira!
¡Jamás lo traicionaría!
—exclamó, volviéndose hacia Bowden.
La mirada de Bowden se endureció mientras estudiaba al hombre.
Los ojos desorbitados de su informante iban de él a Everan, y parecía realmente desconcertado mientras el sudor le perlaba la frente.
Everan se rio.
—Eso es lo que dicen todos.
Pero dime, Bowden, si tu hombre no te vendió, ¿cómo cojones he llegado yo aquí?
Bowden apretó los puños.
Era una buena pregunta.
Solo él y su informante conocían la existencia de este refugio.
Era imposible que Everan conociera este lugar, o que siquiera llegara hasta aquí, a menos que su informante lo hubiera traicionado de verdad—
¡No!
Bowden negó con la cabeza.
No era momento de dudar de los suyos.
Y mucho menos de su informante.
Había encontrado a este muchacho muerto de hambre en un callejón.
Lo había acogido, vestido, alimentado y educado.
Lo crio como si fuera de su propia sangre.
Lo crio como a un hijo.
Bowden se negaba a aceptar que su propio hijo le hiciera algo así.
—No te creo —dijo con frialdad—.
Es mi mano derecha.
Mi familia.
Jamás me traicionaría.
Y menos por alguien como tú.
El informante vaciló antes de retirarse la capucha y revelar su rostro.
Tenía la cabeza calva, igual que Bowden, y por su aspecto, era un joven que apenas superaba la adolescencia.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al volverse hacia el Sumo Sacerdote.
—¡Gracias, Su Eminencia!
Everan puso los ojos en blanco e hizo un gesto displicente con la mano.
—Como quieras.
Cree lo que te dé la gana.
A mí me da igual.
Lo que sí me importa, sin embargo, es esto: ¿por qué enviaste a esos Cadetes a por mí?
Bowden giró bruscamente la cabeza hacia Everan.
—¡¿Qué?!
¡Yo no envié a nadie a por ti!
—espetó—.
¡En todo caso, fuiste tú quien envió a un ladrón para robarme los datos confidenciales de nuestros negocios!
¡Ese ladrón luego te traicionó y se lo vendió todo a esos Cadetes por dinero, y ahora vienes a culparme a mí?
¡Tú mismo cavaste tu propia tumba!
Everan frunció el ceño.
—¿De qué coño estás hablando?
¿Qué ladrón?
¿Qué datos?
Yo no he enviado a nadie.
No intentes tergiversar las cosas, Bowden.
Teníamos un buen negocio montado.
Y lo arruinaste por tu propio beneficio egoísta.
—¿Mi beneficio egoísta?
—replicó Bowden con brusquedad—.
¡El egoísta aquí eres tú!
¡La iglesia es una espina en tu costado, por eso quieres eliminarnos!
¡Por eso intentas cargarme el muerto a mí… a la iglesia!
—¡Oh, cierra la puta boca!
—gritó Everan—.
¡Tú enviaste a esos Cadetes a por mí!
¡Intentaste cargarme a mí con toda la culpa!
A Bowden se le agotó la paciencia.
Su voz se alzó.
—¡Por última vez, no envié a ningún puto Cadete a por ti!
Y solo intenté cargarte el muerto después de lo que hiciste—
Pero Everan ya había oído bastante.
—¡Silencio!
¡No voy a oír ni una excusa más de tu parte!
—rugió, y se volvió hacia sus guardias con la rabia brillando en sus ojos—.
Matadlos.
Matadlos a todos.
—¡Tú, taimado hijo de puta!
—bramó Bowden antes de girarse bruscamente hacia sus propios hombres—.
¡Traedme su cabeza!
Y así, sin más, todo el búnker subterráneo se vio anegado por el estruendo de los disparos, el choque del acero y los gritos de los moribundos.
En cuestión de instantes, el refugio se convirtió en un campo de batalla bañado en sangre.
Pero, para desgracia de todas aquellas pobres almas, el verdadero cerebro tras todo este caos —el hombre que lo había puesto todo en marcha— aguardaba justo encima de la entrada del búnker.
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