Punto de vista del Joven Maestro: Un día desperté como un villano en un juego - Capítulo 152
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- Capítulo 152 - 152 Todos son débiles 4
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152: Todos son débiles [4] 152: Todos son débiles [4] El dolor recorría mi cuerpo por más sitios de los que me apetecía contar.
Mi pierna izquierda ya apenas podía soportar mi peso, mi espalda gritaba de agonía cada vez que intentaba moverme y cada aliento que tomaba me quemaba como si tuviera fuego en los pulmones.
Tenía el pecho oprimido y había perdido la mayor parte de la sensibilidad en el antebrazo derecho, que sentía como si lo estuvieran asando a fuego lento.
Ese tipo —¿Calem, se llamaba?— tenía una habilidad innata excepcionalmente irritante.
Las heridas infligidas por su espada no solo dolían.
Quemaban.
Si me hubiera asestado unos cuantos tajos más, el dolor podría haber sido insoportable.
Lo peor de todo es que seguía sangrando.
Algunas heridas empapaban mi ropa, otras manaban lentamente, pero podía sentir cómo la continua pérdida de sangre me dejaba mareado, incluso sentado.
Quizá había subestimado un poco a mis oponentes.
Eran fuertes.
Bueno, obviamente.
Estaban justo por debajo de Los Diez Mejores en la clasificación.
Leon y Reiner ocupaban los puestos once y doce, a punto de entrar en el nivel de élite.
Y el resto tampoco eran ninguna broma.
Estaba ese francotirador, Erwin.
Fue el que más problemas me dio, ya que tuve que mantener mi atención dividida en él.
Y también estaba esa chica, Veyna, la que podía volverse invisible en las sombras como un fantasma.
Consiguió apuñalarme por la espalda dos veces.
Reiner también fue una molestia hasta que tuvo un equipo con el que luchar contra mí.
Individualmente, todos eran poderosos.
Pero juntos, eran un problema.
Quizá podría usar a algunos de ellos en el futuro.
Aun así, si hubiera usado toda la fuerza de mi Técnica de Circulación, habría terminado con esto mucho más rápido.
Y si hubiera tenido a Aurieth, ni siquiera habría habido pelea.
Pero nada de eso importaba ahora.
Porque a pesar de todo, había ganado.
Michael hizo el anuncio de inmediato.
Los médicos se llevaron los cuerpos inconscientes de Erwin y Sylen.
Pero yo permanecí sentado.
Y nadie en el público se movió tampoco.
Por fin había llegado el momento de dar mi discurso épico de jefe final.
Je.
Recostándome en mi trono improvisado, levanté la vista y contemplé a la multitud reunida.
Mi expresión era de total indiferencia, aderezada con una pizca de desdén.
Era muy parecida a la expresión que mi padre solía mostrarme.
…Maldita sea.
Cuando hablé, mi voz goteaba puro asco.
—Sois todos débiles.
Siguió el silencio.
No del tipo atónito y reverente.
No, este era el tipo de silencio que quemaba.
Del tipo que iban a recordar durante mucho tiempo, denso de resentimiento, incredulidad y un mero atisbo de miedo.
Bien.
Levanté mi mano sana y los señalé barriéndolos con el dedo.
—Me da igual si sois plebeyos o nobles de alta cuna.
Me da igual si vuestro querido padre es el soberano de los cuatro mares o vuestra amantísima madre es una puta de callejón.
Me da igual si os criasteis en un castillo o en un orfanato —hice una pausa, para luego casi escupir las siguientes palabras—.
Sois todos débiles.
Dejé que las palabras flotaran en el aire, disfrutando de la tensión.
Los Cadetes se removieron incómodos; algunos apretaban los puños, otros me lanzaban miradas asesinas.
Odiaban oírlo.
Odiaban el hecho de que yo pudiera decir lo que me diera la gana y ellos no pudieran hacer nada al respecto.
No había repercusiones.
Porque yo tenía poder.
Y ellos no tenían ninguno.
No contra mí.
Me levanté de mi trono improvisado, tambaleándome solo un poco.
Los médicos volvieron a entrar deprisa, esta vez para curarme las heridas.
Pero los aparté y seguí hablando.
—¡¿Cómo os atrevéis?!
¡¿Cómo os atrevéis a ser tan patéticos?
¡Tan débiles!
Y aun así, en lugar de esforzaros por ser mejores, por ser más fuertes, seguís luchando entre vosotros.
Discrimináis por nacimiento y estatus, cuando lo único que importa en este instituto… no, en este mundo… ¡es la fuerza!
El peso de mis palabras los oprimió, sofocante en su intensidad.
Sus expresiones se crisparon: la vergüenza, la ira y la negación parpadeaban en sus rostros como una llama abierta desesperada por aire.
Y la dejé arder.
Mis botas crujieron contra el suelo manchado de sangre mientras daba otro paso al frente.
Era doloroso moverse, pero no me importaba.
Gracias a mi Técnica de Circulación, mi resistencia y tolerancia al dolor eran de todos modos mucho más altas que las de un [rango C] promedio.
—¿Creéis que vuestro linaje os hace fuertes?
—me mofé—.
¿Creéis que vuestro dinero, vuestros contactos, vuestra sangre noble os salvarán?
Mi mirada se endureció, como si retara a alguien a hablar.
—Dejadme que os pregunte algo.
Cuando estéis en el campo de batalla enfrentándoos a la muerte, ¿creéis que se detendrá a preguntar vuestro apellido?
¿O creéis que os aplaudirá por haber ascendido en la sociedad desde la miseria y los harapos?
Unos pocos se estremecieron.
Otros bajaron la mirada.
Sonreí.
Y no fue una sonrisa amable.
—La respuesta es no.
A nadie le importa.
—Dejé que las palabras calaran, que se abrieran paso hasta sus huesos—.
Da igual si sois de la realeza o un campesino.
La fuerza es el único factor de grandeza.
¿Y ahora mismo?
Ninguno de vosotros la tiene.
Algunos inspiraron bruscamente mientras sus puños temblaban.
Otros se quedaron con la cara desencajada, como si les hubieran mostrado un espejo.
Entonces…
—¡Maldito cabrón!
Alguien finalmente estalló.
Luego, unos cuantos más se unieron al arrebato.
—¿Te crees invencible?
—¿Crees que por haber ganado hoy vas a estar siempre en la cima?
—¡¿Cómo te atreves a actuar como si fueras mejor que nosotros solo porque eres un poco fuerte?!
—¡Maldito cabrón de mierda!
¡Es fácil para ti decir todo eso porque nunca has tenido que luchar en tu vida!
—¡Buuu!
¡Que te jodan!
Sonreí con suficiencia, luego eché la cabeza hacia atrás y me reí.
Me reí hasta que la arena volvió a sumirse en un silencio comparativo.
Finalmente, me encogí de hombros.
—Como dije desde el principio de todo esto, soy mejor.
¿Y estaré siempre en la cima?
Esa es la idea, sí.
Cualquiera de vosotros es libre de demostrar que me equivoco.
¡Subid en la clasificación y desafiadme!
¡Ponedme en mi sitio!
¡Si creéis que estoy tan equivocado, entonces emitid vuestro juicio y castigadme!
Esta vez el silencio fue absoluto.
—Eso me parecía —dije con desdén—.
El problema no es solo que seáis todos débiles, sino que ni siquiera tenéis las agallas para cambiarlo.
Negué con la cabeza.
—Creéis que solo por ser Cadetes del Instituto de Despertados más prestigioso ya lo habéis conseguido todo en la vida… Repugnante.
Aceptáis la mediocridad.
Os aferráis al estatus, a la herencia, a la política… cosas que no significan nada cuando os enfrentáis a un enemigo de verdad.
Di otro paso al frente.
La sangre goteaba de mis dedos, manchando el suelo, pero esta vez los médicos no se movieron para ayudarme.
Incluso ellos estaban demasiado ocupados escuchando.
Así que metí más el dedo en la llaga.
—¿Creéis que lo tuve fácil?
—casi me reí—.
Mi familia me ha desterrado.
Llegué a la Academia sin una sola Carta en mi arsenal y ni un Crédito a mi nombre.
Y, sin embargo, me convertí en el As.
Incluso hoy, algunos de los Cadetes más fuertes —nobles y plebeyos por igual— no tuvieron ninguna oportunidad contra mí.
Todo lo que tengo, lo tomé.
Todo lo que soy, lo forjé.
El peso de mis palabras se posó sobre ellos, pero aún no había terminado.
Abrí los brazos de par en par, señalando dramáticamente el campo de batalla en ruinas.
—Esto… Así es como se ve el verdadero poder.
No nombres.
No dinero.
No privilegios.
El poder se gana.
Con sangre.
Con batalla.
Con sufrimiento.
Entonces, sonreí con arrogancia y di el golpe de gracia.
—Por eso, a partir de hoy, no permitiré que ninguno de vosotros pueda permitirse el lujo de ser débil —dije, ladeando la cabeza ligeramente—.
A todos os encanta vuestro estatus, ¿verdad?
Vuestras preciadas clasificaciones, vuestras pequeñas competiciones, vuestra arrogancia de alta cuna y vuestro orgullo de plebeyos.
Eso provocó una reacción.
Algunos Cadetes palidecieron.
Otros se inclinaron hacia delante con el ceño fruncido.
Unos pocos nobles pusieron mala cara.
Unos pocos plebeyos entrecerraron los ojos.
—Bien —dije—.
Hagamos las cosas interesantes, entonces.
A partir de ahora, promulgo una nueva regla.
Cada trimestre, los mejores Cadetes tendrán la primera elección de misiones.
Primero, Los Diez Mejores.
Luego, los Cincuenta Mejores.
Los Cien Mejores se quedarán con las sobras.
Todos los que estén por debajo de ellos no obtendrán nada.
Una oleada de murmullos se extendió por la multitud, pero no me inmuté.
—Ah, y cada trimestre, también habrá un reinicio parcial de la clasificación.
Se celebrará una serie de «battle royales».
Será una oportunidad para que todos suban de rango más rápido.
Los únicos exentos serán Los Diez Mejores.
Si queréis una misión, si queréis relevancia, luchad por ella.
El caos estalló.
—¡¿Qué?!
¡No puedes hacer eso!
¡Las misiones las asignan los Instructores!
¡La Academia!
—¡Esto es una mierda!
—¡¿Nos estás dejando de lado solo porque tenemos un rango bajo?!
¡¿Cómo demonios va a ser eso justo?!
Su indignación era comprensible.
Las misiones lo eran todo.
Completar misiones de alto nivel no solo otorgaba recompensas y Créditos, sino que forjaba reputaciones.
Los Cadetes que se encargaban de misiones de élite llegaban a convertirse en Cazadores dignos de la historia.
Se convertían en leyendas.
Algunos de tercer año ya eran vistos como futuros héroes, todo por las fenomenales misiones que habían completado en su primer y segundo año.
Lo que yo había hecho no era muy diferente de cómo funcionaba la Academia.
Los Instructores y Profesores ya asignaban las misiones basándose en los rangos de los Cadetes.
¿Pero excluyendo por completo a todos los que estuvieran por debajo de los Cien Mejores?
Estaba dejando una cosa clara.
Si no se hacían más fuertes, se volverían irrelevantes.
Dejé que se cocieran en esa idea antes de continuar.
—¿Que si es injusto?
Sí.
Pero de eso se trata.
Como a todos os encanta uniros a colectivos y formar facciones para menospreciaros los unos a los otros, imaginé que disfrutaríais de esto.
Ah, y por si dudáis de mí… puedo hacerlo.
Puedo hacer lo que me salga de los cojones.
Me detuve un segundo antes de explicar: —Los Ases tienen autoridad total sobre su promoción.
Ni siquiera los Profesores pueden intervenir.
Los únicos que pueden anular mis decisiones son los dos Ases por encima de mí.
El As de segundo año, Aarav.
Y la As de tercer año, Vereshia.
Volví a levantar el brazo y señalé una sección de la arena; a una belleza de pelo plateado que holgazaneaba en el balcón VIP.
Vereshia Morrigan.
La multitud siguió mi dedo mientras yo la saludaba con un gesto entusiasta.
Ella puso los ojos carmesí en blanco antes de asentir con un movimiento de cabeza lento y deliberado.
Los murmullos se convirtieron en jadeos.
Algunos se pusieron rígidos.
Otros apretaron los dientes.
Pero no se volvieron a oír réplicas.
Bajé la mano y sonreí de oreja a oreja.
—Así que, mis queridos Cadetes, haceos fuertes.
Si no lo hacéis, os quedaréis atrás.
No toleraré la debilidad en mi promoción.
Intentad venir a por mí si queréis, pero seréis aplastados igual que los idiotas de hoy.
Con eso, empecé a caminar hacia la enfermería, cojeando ligeramente por la pierna izquierda.
Pero tras unos pocos pasos, me detuve.
Entonces, sin mirar atrás, señalé otra sección del campo.
Más precisamente, a tres personas.
A Willem, que observaba cómo se desarrollaba todo con leve diversión.
A Alice, que apoyaba la barbilla en la palma de la mano y miraba con ojos calculadores.
Y a Thalia, que parecía estar conteniéndose a duras penas.
Sonreí con arrogancia.
—Ah, y… vosotros tres sois los siguientes.
No necesité dar más detalles.
Entendieron mi declaración.
Los siguientes en ser aplastados.
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