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Punto de vista del Joven Maestro: Un día desperté como un villano en un juego - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 El niño que se rindió
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2: El niño que se rindió 2: El niño que se rindió «El mundo no es justo».

El padre de Noé se lo había dicho cuando solo era un niño, y lo recordaba como si fuera ayer.

Su padre acababa de perder su trabajo en una ronda de despidos.

Noé lo vio llegar a casa sollozando ese día.

¿Por qué no iba a llorar?

Le había dado sus mejores años a esa empresa, sin faltar ni un solo día al trabajo, siempre leal.

Y, sin embargo, al final, un niño rico privilegiado —que, por cierto, era sobrino del subdirector— consiguió el puesto que el padre de Noé merecía.

Aquel incidente destrozó a su padre.

No se lo tomó bien.

Acusó al subdirector de injusticia e intentó pegarle un puñetazo…, pero acabó detenido por agresión con agravantes.

A partir de ahí, su vida no hizo más que ir cuesta abajo.

Incluido en la lista negra de otras empresas de su sector, se quedó sin trabajo.

Derrotado y hundido, se refugió en el alcohol y las drogas baratas.

Al principio, la madre de Noé intentó que volviera al buen camino, pero al final se hartó.

Finalmente, se fugó con un tipo rico que había conocido mientras recogía a su marido borracho de un bar, llevándose con ella a la hermana pequeña de Noé.

Unos días después, envió los papeles del divorcio.

Después de eso, solo quedaron Noé y su padre.

Pero que quede claro: Noé no es que quisiera a ese hombre.

Ni siquiera lo respetaba como tal.

Su padre nunca hizo el esfuerzo por trabajar o ayudar en casa.

Era simplemente una cáscara vacía de lo que fue.

Noé tuvo que trabajar a tiempo parcial después de clase para mantenerlos a ambos, cubrir su matrícula e incluso pagar las facturas médicas de su padre después de que le diagnosticaran cáncer, todo ello mientras se ocupaba de las tareas domésticas.

Pero a pesar de todo lo que Noé hizo, su padre nunca le abrazó ni le dijo que estaba orgulloso.

Solo bebía como de costumbre y le ignoraba lo mejor que podía.

De hecho, Noé no recordaba haber tenido ni una sola conversación en condiciones con él.

Por eso, cuando su padre falleció, Noé se sintió…

aliviado.

Quizá eso le convertía en una mala persona, pero la muerte de su padre le quitó un peso de encima.

Se acabaron los cuidados, se acabaron las facturas médicas.

¡Se acabó todo!

Era libre.

Así que, sí, Noé no le quería ni llegó a aprender mucho de él…

salvo que el mundo no es justo y la justicia es una mera ilusión.

Cada día, los poderosos explotan a los débiles.

Los ricos se hacen más ricos mientras los pobres luchan.

¿Finales felices?

No existen en este mundo.

La lealtad se ignora en favor del nepotismo y la buena voluntad acaba cediendo a la corrupción, mientras que el trabajo duro se ve eclipsado por el talento divino.

Aquellos que intentan cambiar el mundo son silenciados, sus voces ahogadas por quienes se benefician del statu quo.

En un mundo así, donde hasta la más mínima brizna de esperanza se extingue de inmediato, ¿merece la pena siquiera intentarlo?

¿Qué sentido tiene?

Tomémosle a él, por ejemplo.

Noé tuvo que dejar la universidad por enfrentarse a un matón que estaba acosando a una chica.

Por pura suerte, o falta de ella, ese chico resultó ser el hijo del gobernador.

Su querido papá acabó con el futuro de Noé con una sola llamada al decano.

Ahora Noé compaginaba múltiples trabajos de baja categoría solo para salir adelante.

Anoche mismo, mientras trabajaba en el turno de noche como camarero en un restaurante de lujo en las afueras, se encontró con su madre y su nueva familia.

Noé quería evitarlos desesperadamente, pero tenía que tomarles nota.

Así que, se armó de valor y se acercó a ellos.

¿Y adivinen qué le dijo su madre cuando le vio después de todos estos años?

«Das vergüenza».

Sí, al parecer, su trabajo estaba por debajo de su nuevo estatus de clase alta.

Dijo que siempre supo que acabaría igual que su padre: un triste fracasado.

Pero ¿qué sabía ella de él?

¿Y qué si su vida no había salido como la había planeado?

¿Y qué si no era precisamente rico o exitoso?

Una cosa que estaba jodidamente seguro de no ser era triste.

De hecho, era más feliz que nunca.

¿Y cuál era la clave de su felicidad?

¡No tener expectativas!

Así, nunca podría decepcionarse.

Simplemente había renunciado a todo.

Sí, puede que suene deprimente, pero quizá ese sea el secreto de la verdadera felicidad.

Todo el mundo debería probarlo.

Abrazarlo.

¡Es la única forma de ser libre!

…En fin, la cuestión es que rendirse cuando uno va perdiendo no es intrínsecamente malo.

No hay nada de qué avergonzarse.

De hecho, ¡rendirse sienta genial!

Así que…

—¿Por qué cojones no se rinde este cabrón?

—gruñó Noé frustrado, resistiendo a duras penas el impulso de estrellar su mando mientras se recordaba lo caro que era.

Estaba en su pequeño estudio: oscuro y desordenado, con envoltorios de ramen arrugados y latas de refresco vacías esparcidas por toda la habitación.

La única fuente de luz provenía de la pantalla de su viejo televisor, al que estaba conectada su consola de segunda mano.

Estaba jugando a un juego llamado Crónicas del Reino Espiritual.

Era un híbrido de RPG y novela visual.

El juego era sorprendentemente bueno, teniendo en cuenta que fue desarrollado y lanzado por un estudio indie como su primer proyecto.

Tenía todos los elementos que hacen que un juego sea genial: historias intrincadamente elaboradas, una jugabilidad desafiante pero gratificante, buenos gráficos y algunas de las mejores bandas sonoras que Noé había escuchado en los últimos años.

Claro, el juego empezaba con el típico cliché del entorno académico, pero se convertía en mucho más.

Incluso los críticos más duros lo habían considerado un juego casi perfecto con una asombrosa puntuación de 8,5/10 estrellas en todo internet.

Entonces, ¿por qué solo casi perfecto?

Bueno, porque el juego era casi imposible de superar.

El tiempo total de juego era de entre 100 y 120 horas, pero si uno quería completarlo al cien por cien, tardaría unas 165 horas en hacerlo.

Además, había unas veinte rutas principales, quince rutas ocultas y seis rutas especiales.

Lo que significaba que el juego tenía un total de cuarenta y un finales.

¡Y, sin embargo, ninguno de ellos era un verdadero final feliz!

Los creadores habían afirmado que sí existía un final feliz, aunque no era muy simple —ni fácil, para el caso— de conseguir.

Pero existía.

Bueno, Noé, y toda la comunidad de fans en general, decían que era una patraña.

Habían pasado seis meses desde que el juego se lanzó y se convirtió en un éxito instantáneo, y aun así ni una sola alma había sido capaz de encontrar ese final feliz.

La gente lo había intentado sin cesar, jugando horas y horas para llegar al prometido final feliz, pero todos fracasaron.

Simplemente no había forma de vencer al jefe final; bueno, no a menos que quisieras que la mayoría de los personajes principales, el propio protagonista y la mitad del mundo murieran.

Hay algunas rutas en las que el protagonista salva al mundo y a sus aliados de una muerte segura, pero incluso entonces tiene que hacer un gran sacrificio: básicamente, ser encarcelado en el Vacío por toda la eternidad.

A eso no se le podía llamar exactamente un «y vivieron felices para siempre», ¿verdad?

Así que, como ya era su rutina habitual, esta noche, víspera de Domingo, Noé pasaba el fin de semana enfrentándose una vez más al jefe final del juego, el Rey Espiritual, tras semanas de preparación.

Y como de costumbre, sin importar qué camino eligiera o qué estrategia empleara, el resultado era el de siempre: la derrota o la destrucción del mundo a manos de los poderes abrumadoramente profanos del Rey Espiritual…

a veces incluso ambas cosas.

Había probado todas las tácticas imaginables que pudo encontrar en los foros de internet o que se le ocurrieron a él mismo, pero nada ayudó.

Estaba atrapado en un ciclo implacable de fracaso y pérdida.

¡El Rey Espiritual simplemente no se rendía!

Podías intentar matar a todo su ejército, diezmar su reino corrupto y poner fin a todos sus malévolos planes…, pero al final, ¡siempre encontraba una manera de joder al protagonista!

¡Siempre!

Sobra decir que, a estas alturas, Noé estaba más que molesto.

¡Maldita sea!

Después de que su última partida terminara en otra amarga derrota, Noé estalló en una mezcla de agotamiento y frustración, lanzando su mando al sofá, cuyo suave golpe resonó en su abarrotado apartamento.

—¿¡Por qué cojones no puedo ganar!?

—murmuró, mirando fijamente la pantalla mientras la dramática secuencia de «Game Over» del juego se reproducía por lo que pareció la centésima vez.

¡Esta vez lo hizo todo a la perfección!

¡Eligió las rutas más seguras, recogió todas las Cartas trampa, construyó un Mazo fuerte y subió enormemente su Potencial!

¡Y aun así, perdió!

¡¿Cómo?!

¡¿Qué podría haber hecho de otra manera?!

¡¿Qué más podía hacer ahora?!

¡A la mierda con esto!

Sintiéndose agotado, Noé decidió dar por terminada la noche.

Miró a su alrededor en su pequeño apartamento…

montones de basura, una cama sin hacer y platos sucios en remojo en la cocina.

El espacio, antes acogedor, ahora parecía una prisión que él mismo había creado.

Con un suspiro, Noé cogió su chaqueta y salió.

Ya no estaba de humor para fregar los platos ni para cocinar.

•••
El aire nocturno era fresco y revitalizante, un marcado contraste con la atmósfera rancia y sofocante de su habitación.

Caminó por las tranquilas calles para llegar a la tienda de conveniencia más cercana, con pasos ligeramente inseguros.

La carretera estaba desierta, bañada por el tenue resplandor de las farolas, que proyectaban largas sombras que parecían moverse con cada paso que daba.

Llegó a la tienda y entró por las puertas automáticas; la brillante luz fluorescente del techo cerca de la entrada parpadeó ligeramente.

Los pasillos estaban vacíos, a excepción de una solitaria figura encorvada que reponía estantes.

Era un anciano calvo y con una larga perilla gris.

Se llamaba…

algo que Noé había olvidado.

Era el dueño de la tienda.

Corrían rumores de que el anciano estaba loco.

Al parecer, el viejo había salido corriendo a la calle más de una vez, gritando a la gente que Dios había muerto y que el fin se acercaba o algo por el estilo.

También se había exhibido ante la gente en múltiples ocasiones.

Así que, loco y pervertido.

Bueno, en su defensa, el anciano vivía solo.

No tenía familia de la que hablar y no muchos conocidos por lo que Noé había observado a lo largo de los años.

Así que no era de extrañar que estuviera un poco senil.

Vivir completamente solo con los propios pensamientos podía hacerle eso a una persona.

Noé lo sabía muy bien por experiencia propia.

…Oh, bueno.

Da igual.

Silbando una melodía, Noé deambuló por los pasillos y finalmente eligió un táper para la cena.

Al acercarse al mostrador, buscó a tientas su cartera, sintiendo cómo el peso del agotamiento se apoderaba de él.

—Solo esto —dijo Noé, colocando el táper en el mostrador de madera mientras el anciano se acercaba a escanear el artículo.

Tras escanearlo, le entregó el cambio a Noé.

¿Era cosa suya o el anciano le miraba de forma un tanto…

sombría…

casi compasiva?

Bueno, no era algo nuevo.

Noé era bajo, estaba desnutrido y tenía profundas ojeras bajo los ojos.

Su pelo negro, ligeramente largo, estaba casi siempre sucio y despeinado.

En otras palabras, la mayor parte del tiempo tenía un aspecto solo un poco mejor que el de un mendigo cualquiera.

Así que estaba acostumbrado a que la gente se compadeciera de él; al fin y al cabo, era fácil aprovecharse de esa gente.

También había algunos a los que les daba asco; a esos los odiaba.

Sacudiendo la cabeza, Noé se guardó las monedas en el bolsillo y estaba a punto de marcharse cuando, de repente, el anciano dijo algo con un tono bajo e inaudible:
«En el lugar donde los sueños terminan, encuentra el nombre nunca pronunciado.

Solo allí cederán los cielos».

Noé levantó la vista, confundido.

—¿Disculpe, no le he entendido.

¿Qué ha dicho?

¡¡CATAPLUM!!

Antes de que el viejo cajero pudiera repetir, un estruendo ensordecedor rompió el silencio de la noche.

Noé apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando un gran camión atravesó la pared de la tienda, arrollándolo con una fuerza brutal.

El dolor estalló en su cuerpo, una agonía abrasadora que le robó el aliento.

No parecía poder entender lo que había sucedido mientras era arrojado contra los estantes, y el impacto le hacía añicos los huesos.

Cayó desplomado al suelo, con el cuerpo destrozado y la visión borrosa.

El mundo a su alrededor se convirtió de repente en una mezcla caótica de luces parpadeantes, el lejano ulular de las sirenas y los gritos frenéticos de los transeúntes, pero todo parecía desvanecerse.

Su cabeza era un caos; no parecía poder formar un solo pensamiento coherente.

Pero instintivamente supo una cosa: iba a morir allí.

Él…

de verdad iba a morir…

Mientras Noé yacía allí, con la vida escapándosele lentamente, sintió una oleada de pánico y un miedo inexplicable.

De repente sintió frío…

mucho frío.

Había una multitud de emociones bombardeando su conciencia —tristeza, horror y desesperación, por nombrar algunas—, pero solo una triunfó sobre todas las demás.

Arrepentimiento.

Era cierto lo que dicen de que la vida pasa ante tus ojos en el momento de la muerte.

Mientras Noé revivía su vida en un parpadeo, de repente se arrepintió de la amargura, del resentimiento, de los momentos en los que se había rendido.

Pensó en su padre, en su madre y en la patética vida que había llevado.

Iba a morir…

¡Iba a morir de verdad sin haber hecho nada de provecho con su vida!

¡Moriría como un don nadie, olvidado tras convertirse en un titular de las noticias de la mañana!

¡No estableció ninguna relación duradera, ni hizo nada encomiable!

No dejó ni una sola marca de su existencia, ¡una prueba de que había vivido!

¡Iba a morir y nadie le recordaría!

Nadie iba ni siquiera a llorarle…

Quizá podría haberse esforzado más, haber tenido más esperanza, haber luchado contra la desesperación que inevitablemente le había consumido.

Pero al final…

todo lo que le quedaba era arrepentimiento.

Intentó pronunciar algo, pero se ahogaba en su propia sangre, sin poder emitir un solo ruido mientras su último aliento moría en sus labios.

Intentó moverse, pero sentía el cuerpo flácido, sin responder a su cerebro.

Intentó mantenerse despierto…, pero estaba tan, tan cansado.

Tan, tan cansado.

Al final, cerró los ojos, rindiéndose por última vez mientras la oscuridad venía y lo reclamaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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