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Punto de vista del Joven Maestro: Un día desperté como un villano en un juego - Capítulo 49

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49: Apariencia [1] 49: Apariencia [1] —Mmm, ¿cojo esta o aquella?

Frente a mí, había al menos una docena de vitrinas de cristal montadas en una gran pared, que exhibían todo tipo de Cartas relucientes.

De hecho, todo lo que podía ver a mi alrededor eran Cartas y algunos Artefactos.

Esta era solo una pequeña sección de la Bóveda, donde se almacenaban cientos de Cartas de [Grado Común] y un puñado de Artefactos de baja gama.

Se rumoreaba que las secciones que albergaban Cartas [Legendarias] o incluso de [Grado Supremo] eran al menos cinco veces más grandes, repletas de miles de objetos.

Esas secciones incluso usaban Artefactos de almacenamiento espacial para apiñar más Cartas y ahorrar espacio.

Pero, por ahora, yo estaba atascado eligiendo en esta sección.

Y aun así no era fácil.

¿Por qué?

Porque, como dije, había cientos de Cartas.

¡Cientos!

Probablemente me llevaría un día entero solo revisarlas todas, y aun así se me pasarían algunas por alto.

Afortunadamente, me había encontrado a una encargada de la Bóveda para que me ayudara.

—¡¿Tío, no puedes hacer todo esto mañana?!

Por desgracia, a ella no le hacía precisamente gracia la idea de ayudarme.

Porque…
—Hoy es mi último día de vacaciones, y solo quiero sentarme en mi habitación, comer costillas y darme un atracón de alguna serie de comedia o algo por el estilo.

Me giré para mirarla, dedicándole la larga mirada de desaprobación que se merecía.

Era un poco mayor que yo —dos años, más o menos—, con unas grandes gafas redondas sobre la nariz y un pelo largo, oscuro y desgreñado que parecía no haber visto un cepillo en días.

Sus ojos marrones me fulminaron con la energía de alguien que ya está de vuelta de todo.

O sea, ¡apenas eran las nueve menos cuarto de la noche y ya estaba en pijama!

¡Hasta los introvertidos son más extrovertidos que ella!

—Eso suena patético —le dije secamente.

—¡Oh, cállate, señorito Sabelotodo!

—espetó, frotándose la cara con frustración—.

¡No todo el mundo tiene una vida tan movida como la tuya!

Puse los ojos en blanco.

—¿No estás en el Consejo de Cadetes?

Hay fiestas por todo el campus esta noche, y tienes acceso a todas y cada una de ellas.

Ve a divertirte en vez de quedarte en casa.

—Vaya, hablas igual que mi madre —resopló—.

Y no, no estoy en el Consejo.

Fruncí el ceño.

—¿Espera, que no?

Creía que solo los miembros del Consejo podían encargarse de la Bóveda.

Ella negó con la cabeza.

—Hay excepciones.

Soy la ayudante de uno de los Instructores, así que me encasquetaron este trabajo.

Cogí el turno de noche porque pensé que nadie estaría tan loco como para bajar a estas horas —dijo, alzando las manos al cielo con exasperación—.

¡Pero aquí estás tú, demostrando que soy incapaz de tomar una sola buena decisión en la vida!

Esbocé una sonrisa ladina, apoyándome con despreocupación en una de las vitrinas.

—¿Qué quieres que te diga?

La grandeza no descansa.

Ella gimió y se desplomó en la silla más cercana.

—Más le vale a su «grandeza» que elija una Carta antes de que me quede dormida aquí mismo.

Me reí entre dientes y volví a mirarla.

Conque era la ayudante de un Instructor, ¿eh?

Interesante.

En la Academia, los Instructores no son meros profesores mal pagados, sino Cazadores de renombre, cada uno de ellos una figura de leyenda por derecho propio.

Oficialmente, no tienen permitido aceptar pupilos personales durante su estancia en la Academia para evitar favoritismos.

Oficialmente, claro está.

Sin embargo, extraoficialmente, aceptan ayudantes.

Sobre el papel, el trabajo de un ayudante consiste en ayudar con las tareas académicas: corregir trabajos, organizar clases y cosas por el estilo.

Pero, en realidad, ser un ayudante significa algo mucho más importante: la tutoría personal de un excelso Cazador.

Es una oportunidad única para ser entrenado directamente por uno de los mejores.

Y los Instructores no eligen a cualquiera.

Tienes que ser alguien excepcional: fuerte, capaz y rebosante de potencial.

Y, sin embargo, ahí estaba ella, desplomada en su silla, bostezando mientras se rascaba la nuca como si acabara de salir de la cama.

«Ella… no parece fuerte NI capaz».

—En fin —dije, y encogiéndome de hombros para desechar el pensamiento, sostuve dos Cartas en alto y las volteé una y otra vez como si examinara su peso inexistente.

—Vale, pregunta seria —dije, rompiendo el silencio—.

Esta tiene un ataque de fuego, pero esta otra me da más agilidad en ráfagas cortas.

¿Cuál crees que es mejor?

Ella apenas les dedicó una mirada y enarcó una ceja.

—La que me saque de aquí más rápido.

—Vaya —dije, llevándome la mano al pecho como si estuviera herido—.

Siento el apoyo que irradias.

—Pues deberías.

Es todo lo que me queda —espetó—.

Ahora, a menos que planees pasar la noche aquí —de hecho, olvídalo, no lo harás—, ¡simplemente elige una ya!

Volviéndome de nuevo hacia la vitrina, fingí estar sumido en una profunda contemplación.

—¿Sabes?

Este es tu trabajo.

Se supone que tienes que ayudarme a elegir una Carta.

Su paciencia, que ya pendía de un hilo, se quebró.

—¡Mi trabajo es supervisarte mientras estás aquí!

—prácticamente gritó, a punto de echarse a llorar—.

¡Ahora, por el amor de Dios, elige tus Cartas y vete!

O, ¡por lo que más quieras, te encerraré aquí y no volveré hasta mañana!

Puse los ojos en blanco y decidí coger ambas Cartas.

Ya iban ocho.

Ahora, para mi última elección…

tenía una idea.

Dedicándole la sonrisa más sincera que pude fingir, pregunté: —¿Para mi última Carta, puedes indicarme dónde podría encontrar algo relacionado con la mejora sensorial?

Ella frunció el ceño y ladeó la cabeza.

—¿Mejora sensorial?

No mucha gente guarda cosas así en su Arsenal…

bueno, a menos que sean ciegos.

Mi sonrisa se ensanchó.

—Exacto.

Es un regalo para alguien.

O, bueno, más bien una inversión, en realidad.

•••
Como ya tenía dos Cartas en mi Arsenal del Alma, añadí siete más, llenando las diez ranuras disponibles, incluida mi Carta de Origen.

Las dos últimas Cartas que cogí de la Bóveda fueron a parar al bolsillo interior de mi abrigo.

Para ser sincero, había conseguido unas Cartas bastante buenas.

La Bóveda de la Academia estaba mucho mejor surtida que la de mi Clan, pero era de esperar.

Las nueve Cartas que había elegido eran:
«Golpe Rápido», que aumenta la velocidad de ataque del usuario para los siguientes tres golpes cuerpo a cuerpo.

«Piel de Acero», que endurece temporalmente la piel, reduciendo el daño físico recibido durante 10 segundos.

«Proyectil Penetrante», que permite al usuario disparar un pequeño proyectil de energía capaz de atravesar armaduras ligeras.

«Reflejo de Batalla», que aumenta la velocidad de reacción durante 5 minutos, ayudando en paradas, esquivas o contraataques.

«Látigo de Fuego», que crea un látigo de fuego durante 15 segundos que inflige daño por quemadura al contacto.

«Filo Sangrante», que recubre temporalmente el arma del usuario con una energía corrosiva que agrava las heridas sangrantes.

«Rompebarreras», que aumenta masivamente el poder de ataque para un único golpe, ideal para romper escudos o barreras.

«Atracción de Vórtice», que crea un efecto de atracción localizado, atrayendo a enemigos u objetos en un radio de 5 metros.

Y, por último, «Sentidos Inhumanos», que agudiza los seis sentidos del usuario hasta sus límites humanos.

Sí, seis sentidos, instintos incluidos.

Eso, junto con las dos Cartas «Paso Relámpago» y «Flecha de Fuego» que le había quitado a Jake durante el Examen, completaba mi Arsenal del Alma actual.

Para cuando terminé, ya era de noche.

Las nueve en punto, para ser exactos, y llegaba con una hora de retraso a la fiesta de novatos.

—Bueno, el protagonista siempre llega tarde —murmuré para mis adentros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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