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Pureza - Capítulo 1

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1: Capítulo 1: Etiquetas 1: Capítulo 1: Etiquetas En el ecosistema de un salón de clases, el estudio compite constantemente con la compleja red social que los estudiantes tejen.

Surgen amistades, rivalidades y, sobre todo, etiquetas.

Títulos no oficiales que se asignan a cada estudiante, permitiendo clasificarlos e identificarlos con facilidad.

Está, por supuesto, “el gracioso”, conocido por su ingenio y carisma.

Pero el catálogo es extenso: “el inteligente”, “la castrosa”, “el bullying”, “el desastroso”, “el deportista”…

Siempre hay un rótulo para cada quien.

Sin embargo, entre todos estos arquetipos, hay uno que genera más suspicacia que los demás.

—¿De qué hablan, chicos?

—La voz de una chica de pelo negro como el azabache y ojos profundos interrumpió la conversación.

Llevaba una de esas tiaras negras que estaban de moda entre las chicas jóvenes.

Su nombre, Leila.

—Nada en común —respondió Steven, un muchacho alto de rostro común y pelo castaño, que a menudo se menospreciaba a sí mismo.

—Solo hablábamos de los “títulos” que tenemos en el salón —aclaró un chico de estatura media y rasgos igualmente comunes, llamado Alex.

Sonaba molesto por la interrupción; era nuevo y la conversación iba sobre un punto crucial para él, el cual se estaba integrando en el grupo.

—Bueno, ¿quieres saber de qué título en específico hablábamos?

—preguntó Basil, quien llevaba la voz cantante.

Delgado pero fornido, con un cabello que tenía destellos rojizos y un rostro que hacía suspirar a más de una, sin duda, era la envidia silenciosa de varios.

—Mmm, me parece bien.

También quiero saber —dijo Leila después de sopesarlo por un rato.

—Sí, prosigue.

Estabas en la parte del título más peligroso —recordó Alex, con impaciencia.

—De acuerdo —asintió Basil—.

Bien, en mi opinión, el más peligroso no es el bullying, ni el raro o el loco.

Tampoco el inteligente o el más fuerte…

—¡Ve al grano!

—lo interrumpió Steven.

La lista de ejemplos le era desesperante.

—Tranquilo.

Ugh, que carácter… El tipo de persona más peligrosa en el salón es…

el callado.

—¿El callado?

—La incredulidad fue unánime.

—Exacto.

El callado —reafirmó Basil—.

Es una incógnita.

No se sabe lo que piensa, tampoco es seguro si sus gustos son reales o una fachada.

Podría ser, en secreto, la combinación del inteligente, el forzudo y el loco.

Si esas cualidades se juntan en una persona, considero que esta se vuelve peligrosa.

—¿En serio?

—preguntó Steven, escéptico.

—Claro.

¿Vieron al grupo del otro salón?

¡Son intocables!

Tienen al inteligente como cerebro, al fuerte como brazo y el raro como un atacante.

Nadie se mete con ellos.

—No creo que sea solo por eso —objetó Leila con suavidad.

—Bueno, como sea —intervino Alex, aliviado—, me alegro de que no haya nadie con el ‘título’ de callado en nuestro salón.

—Estoy de acuerdo —corearon los demás al unísono, completamente ajenos de lo que vendría al día siguiente.

·· —¡Listo!

Con esta caja, terminamos la mudanza —anunció una mujer de mediana edad, secándose el sudor de la frente.

—Qué bueno, querida —dijo un hombre de edad similar—.

¿Y tú, emocionado por tu primer día de clases?

—le preguntó a su hijo, un joven de 15 años absorto en la pantalla de su celular.

—Sí…

se podría decir —respondió el chico con desinterés sin siquiera levantar la mirada.

—Ugh, ¡Ya te he dicho que dejes ese vicio!

Así no podrás socializar como es debido —el fastidio y las ganas de quitarle el celular de la mano para estrellarlo en el suelo era algo palpable en la voz del hombre.

—Sabes que de nada sirve enojarse —medió su esposa—.

Déjalo tranquilo, acabamos de llegar.

—Tks—dijo el hombre, aún alterado, pero sin intensión de pelear con su mujer, así que tomó una caja de las más pesadas y subió las escaleras hacia el segundo piso.

El muchacho simplemente se dedicó a seguir a su padre con la mirada hasta que lo perdió de vista.

—Gracias, ma.

—Que te deje tener ese carácter no significa que me guste.

¡Ya dejé ese celular a un lado!

—Ja, sí, entiendo.

Bueno, voy a mi cuarto a organizar todo para mañana.

Se levanta de su asiento y guarda su celular para luego dirigirse al que sería su cuarto.

Al entrar, tuvo que armar la cama por sí solo, ya que sus padres le enseñaron a no depender de ellos más que solo por el dinero y la comida, así que tenía que preparar todo por sí mismo.

Ya teniendo lista la cama y organizado el cuarto, preparo sus cosas para el día de mañana, sacando de entre sus maletas el uniforme de su escuela anterior, pero se dio cuenta que ya no lo necesitaba; la escuela a la que ingresaba permitía llevar ropa al gusto de la persona, con la única condición de que no fuera con ropa que estuviera rasgada o mostrará mucha piel.

Así que dejo de lado el tema de como ir para el día siguiente y saco los útiles que iba a utilizar por el resto de año.

De entre las cajas saco un bolso grande, dónde guardaba sus cosas para la escuela; en este metió sus cuadernos para el siguiente día, junto con grapadora, saca grapas, saca huecos, regla, transportador, compas, tijeras de costura, diccionario de inglés, diccionario de español, cuerda para saltar, alcohol desinfectante, una libreta donde escribía sus pensamientos, etc.

En fin, le gustaba estar preparado para cualquier ocasión, tanto era así que incluso llevaba 2 botellas de litro para guardar agua, lo cual, junto con todo lo demás ocasionaba que su bolso pesará entre 6 a 10 kilos, tal vez más.

Y ya teniendo todo listo, se acostó en su cama para disponerse a dormir.

Mientras cerraba los ojos recordaba la época donde compartía cuarto con su hermano mayor, y en el momento que se fue…

lo extraño que se sintió no tener a nadie más en el cuarto.

Las noches sin compañía eran tranquilas sin tener que escuchar las quejas, tristezas y alegrías de su hermano, hasta el punto de que llegaba a ser incomodo, pero aun así se acostumbró, al fin y al cabo, casi nunca pudo dar su punto de vista tanto con su hermano como con sus padres, y el hablarse solo, aunque sea mentalmente, resulto ser su nueva costumbre antes de dormir.

Debía admitir que se sentía solo, nunca tuvo a alguien de confianza para hablar con total libertad; para permitirse el desahogo de sus constantes pensamientos, ser el menor significaba tragarse las palabras para no ser una molestia, por eso, quería conocer a alguien, sentir que era aceptado, pero aun así se negaba a intentar mostrar su verdadera personalidad.

Ni loco iba a permitir que tocaran la fragilidad de sus sentimientos.

Pero antes de quedar dormido en su totalidad, se imaginó viejo, con una mujer a su lado, con la cual hubiera tenido tanto buenos como malos momentos, superando las dificultades que se les presentaban, pero apartó esos pensamientos de un manotazo al recordarse solo y sin oportunidades.

Ya mañana podría seguir soñando con lo que posiblemente no tendría nunca.

·· 5 AM Sonó la alarma y se dispuso a levantarse sin ganas para luego ir a la ducha y alejar el sueño, preferiblemente con agua fría y con jabón en el cuerpo.

Ya fuera se vistió para el día con una camisa blanca y unos pantalones negros, ambos simples.

Se puso unos zapatos negros y por estar en el segundo piso de la casa tuvo que bajar a estudiar la biblia con sus padres.

Desde el pasado siempre era así, nunca había cambios en su rutina, siempre era despertar, bañarse, alistarse, estudiar la biblia, para luego desayunar y ver cómo sus padres se iban al trabajo.

—Buenos días —dijo su padre, ya en la sala.

—Buenos días —respondió él, forzando un tono alegre que no sentía.

Era más fácil así.

El estudio matutino fue un trámite.

Mientras sus padres hablaban de Dios, su mente vagaba.

Eran temas que conocía de memoria y que ya no le provocaban nada.

Cuando le tocó leer la “matutina” —”Sobre mucho te pondré”—, una incomodidad sorda lo recorrió.

La parábola del siervo que escondió su talento le resultó irritantemente familiar.

Se sintió identificado, y lo odió.

Durante la oración, sus padres incluyeron peticiones por él.

Las palabras le resbalaban, un ruido de fondo carente de significado.

Desayunó en silencio, terminó de alistarse, colocó los dos tarros de agua en su pesado bolso y salió.

De camino, compró su habitual galleta integral y un yogur.

Al llegar a la institución, pudo notar que el lugar era más grande que su anterior escuela, quizás era el doble de grande, pero aún le parecía poco según sus expectativas iniciales, pero aun así entro y se dirigió a su salón.

Eran 12 grados de estudio en el país, desde el Kínder el cual para los estudiantes era el grado 0, hasta el último grado de bachillerato, el 11 para muchos.

La escuela a la que se unió solo tenía del 6 al 11 debido a que era una escuela secundaria.

Pero la cantidad de estudiantes era exorbitante, por lo que los grados se dividían en 2, la clase A y clase B, dando un total de 12 salones, y él ahora se encontraba en la clase 9B, salón donde se encontraban por lo general chicos de su edad.

Pero ya que era un estudiante transferido tenía que ir primero a la sala del director, el cual lo mando con la coordinadora y la coordinadora lo llevo con su profesor de aula, el cual lo llevo a su salón.

Joder, el tener que hacer todas esas vueltas en tan poco tiempo para cumplir un estúpido protocolo lo estresó, y él no era de mucha paciencia que digamos, pero se obligó a calmarse para entrar al salón.

—Muy buenos días estudiantes, el día de hoy acaba de llegar un nuevo estudiante transferido— dijo la profesora para luego dirigirse a la entrada del salón y abrir la puerta— ya puedes entrar y presentarte.

Suavemente entro al aula, aquella entrada fue idea de la profesora la cual vio más entretenido presentarlo de esta forma, pero da igual, lo prefería así, al fin y al cabo, esto le evitaba estar mucho tiempo frente a los demás.

Al entrar todos voltearon su vista al nuevo, y al verlo no sintieron nada especial de él.

No era ni guapo, ni feo; tampoco se le notaba algún tipo de exceso de músculo; su vestimenta no era de pobre ni de rico; lo único notable es que su rostro no delataba ningún sentimiento, no se veía feliz, triste o enojado; tampoco decepcionado.

Posicionándose al frente del salón, justo en el centro de este, volvió su mirada a los que serían sus compañeros, y con una pose casi militar pero relajada, se presentó: —Buenos días, mi nombre es…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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