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Pureza - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 La Órbita de Steven
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10: Capítulo 10: La Órbita de Steven 10: Capítulo 10: La Órbita de Steven Steven observaba.

Era lo que mejor hacía, aparte de ser el tercer chiste de Basil o el apoyo silencioso de Alex.

Desde su lugar en la periferia del grupo, veía las cosas con una claridad que a veces le dolía.

Veía a Basil, su “mejor amigo”.

El líder.

El de las ideas grandiosas y la sonrisa fácil.

Steven sabía que Basil no era malo, no realmente.

Pero era…

conveniente, si es que se le podía decir así.

Él usaba el carisma como un arma para mantener su posición, ya ellos, a Steven, Alex y Leila, como su corte.

Steven a veces se preguntaba si Basil los elegiría a ellos si tuviera opción de juntarse con los más populares.

La respuesta, sospechaba, lo dejaría aún más solo de lo que ya se sentía.

Y luego estaba Alex.

El camaleón.

El que asentía con todo, cuya personalidad era un eco de quien tuviera al lado.

Con Basil, era el secuaz entusiasta.

Con Steven, a veces, bajaba la guardia y mostraba un poco de la misma inseguridad que lo carcomía por dentro.

Pero nunca por mucho tiempo.

Nadie quería quedarse en la órbita de Steven por elección.

Pero también había algo, más bien alguien, que le costaba más en procesar su cambio en su círculo de amigos, y esa persona era Leila.

Ella era alegre, curiosa, tenía una especie de pureza he inocencia a su alrededor que no resultaba molesta, al contrario, era agradable y sabía muy bien cómo se movían las cosas dentro del salón.

Por eso no podía aceptar que ella estuviera pasando cada vez más tiempo con el callado del salón.

Siempre la veía acercarse a Kael.

Al principio, había sentido un pánico genuino por ella.

¿Está loca?

¿No recuerdas lo que le hizo a Javier?

Pero el tiempo pasó, y el monstruo no devoró a la princesa.

En su lugar, ocurrió algo que a Steven le parecía aún más perturbador: se volvieron…

funcionales.

Y lo que más le quemaba por dentro no era el miedo, sino los celos.

Él siempre había estado ahí para Leila.

La escuchaba quejarse de sus padres, la ayudaba con sus tareas (o lo intentaba al menos), la hacía reír con sus torpes chistes.

Era su amigo.

O eso creía.

Pero ahora, veía cómo ella buscaba a Kael con una frecuencia que nunca había tenido con él.

Veía la manera en que le entregaba sus ensayos, cómo escuchaba sus breves correcciones con una atención que nunca le prestaba a sus largas explicaciones.

¿Qué tenía ese fantasma que él no?

Kael era todo lo que Steven no era: seguro en su silencio, inteligente de una manera fría y eficaz, y completamente impredecible.

No necesitaba la validación de nadie.

Y esa independencia, esa aura de autosuficiencia, parecía atraer a Leila como un imán.

Steven se pasaba los recreo a menudo solo, incluso cuando estaba con el grupo.

Su mente era un bucle de comparaciones autodestructivas.

¿Soy tan aburrido?

¿Mis ideas son tan tontas?

¿Por qué Basil solo me busca cuando necesita que le haga el favor de copiar la tarea?

¿Por qué Alex evita quedar solo conmigo?

¿Por qué Leila prefiere la compañía de un posible psicópata a la mía?

Su soledad no era como la de Kael.

La de Kael parecía una fortaleza elegida, un castillo del que él tenía la llave.

La soledad de Steven era un pantano.

Era sentirse invisible en medio de la multitud, sabiendo que, si desapareciera, tal vez Basil y Alex notarían la falta de una comparsa, pero la vida seguiría igual para ellos.

Leila…

quizás ella lo extrañaría un poco.

Pero ni eso estaba seguro.

Un día, los vio a ambos en la biblioteca.

Leila se reía.

Fue una risa breve, sofocada, pero era genuina.

Y era por algo que Kael había dicho o hecho.

Steven simplemente no pudo ver qué.

Solo vio la sonrisa en el rostro de ella y la espalda imperturbable de él.

Esa imagen se le clavó como un cuchillo.

No era justo.

Él llevaba años intentando sacar esa risa, esforzándose por ser digno de su atención.

Y Kael, sin siquiera intentarlo, sin quererlo, lo seguiría con un susurro y una mirada vacía.

Tal vez Basil tenía razón.

Tal vez el callado era el más peligroso.

Pero no por sus puños, ni por su influencia con los profesores.

Era peligroso porque, sin proponérselo, sin desearlo, estaba mostrándoles a todos cuán prescindibles eran.

Y Steven, en el fondo de su corazón, sabía que él era el más prescindible de todos.

Esa noche, en su habitación, Steven no soñó con nada.

Solo estuvo despierto, escuchando el eco de su propia irrelevancia en el silencio de su cuarto, preguntándose cuánto tiempo más podría aguantar en una órbita que sentía cada vez más lejana y débil.

Y con el latir de su corazón, se durmió con un pesar que le hacía cada vez más presión en el pecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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