Pureza - Capítulo 11
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11: Capítulo 11: El Espejo Roto 11: Capítulo 11: El Espejo Roto Kael no buscaba las miradas de los demás, pero las suyas, por defecto, eran analíticas.
Y en su radar periférico, la figura de Steven era una constante.
No era una figura ruidosa como la de Basil, ni utilitaria como la de Leila, ni cambiante y adaptativa como la de Alex.
Era…
persistente, en el sentido molesto.
Una sombra triste que se aferraba a los bordes del grupo con desesperación.
Al principio, solo fue otro dato.
“Steven: amigo de Basil.
Alta estatura, autoestima baja.
Tiende a busca la atención de otros.
Se podría decir que su comportamiento es un tanto predecible.” Pero con el tiempo, los patrones se hicieron demasiado familiares.
La forma en que Steven se reía un poco tarde de los chistes de Basil, como si necesitara asegurarse de que era el momento correcto.
La manera en que su sonrisa se desvanecía tan pronto como Basil dejaba de mirarlo, revelando un vacío que Kael conocía demasiado bien.
La forma en que sus ojos seguían a Leila con una mezcla de adoración y desesperación, de la misma forma en que él llego a mirar a una persona, lo sentía demasiado familiar.
Y entonces, un día, mientras observaba a Steven forcejear por integrarse en una conversación que Basil ya estaba llevando hacia otro lado, la conexión se disparó en la mente de Kael con la misma frialdad con la que se mira a un insecto interesante.
Es como yo.
No el yo de ahora.
No el que había construido con sudor y lógica en el sótano de su casa.
Sino el yo de antes.
El niño que se quedaba solo en el patio, cuyas ideas eran “demasiado intensas” o “muy raras” para los demás.
El que intentaba, torpemente, imitar las risas y los juegos de los otros para integrarse con los demás, fallando estrepitosamente siempre en el momento crucial.
El que se tragaba los insultos y las miradas de lástima porque no sabía cómo devolverlas, porque creía, por un instante, que tal vez era culpa suya.
Steven era esa versión.
La versión que no se rebeló.
La que, en lugar de forjar su cuerpo, encogió los hombros.
La que, en lugar de cerrar su corazón tras los primeros cortes, lo dejó sangrando al aire libre, esperando a que alguien lo curara, sin darse cuenta de que cada persona que se acercaba solo le clavaba un cuchillo nuevo; sin darse cuenta de que agachar la cabeza solo porque si, ante personas con mayor fuerza física o control social que él, nunca lo sacaría de ese pozo autodestructivo que buscaba la forma de siempre complacer a los demás.
Y por ello, Kael sintió algo.
No era empatía, no exactamente.
Era un reconocimiento visceral, casi un desagrado.
Era como ver una fotografía antigua y avergonzante de uno mismo.
Una lástima profunda y fría se instaló en su pecho.
Lástima por la debilidad que veía reflejada, por la falta de voluntad para endurecerse.
Podría ayudarlo, pensó, por un brevísimo instante.
Podría decirle que la validación que busca es un veneno.
Que la única forma de ganar es dejar de jugar su juego.
Pero la idea fue descartada tan pronto como surgió.
¿Para qué?
Sería como intentar salvar a un fantasma de su propio pasado.
Un esfuerzo inútil y agotador.
Los problemas de Steven eran suyos.
Su soledad era de una calidad inferior, una soledad mendiga, que pedía migajas a los demás.
La soledad de Kael era un trono de hierro fundido en una fortaleza vacía.
Elegida.
Controlada.
Ayudar a Steven significaría abrir una puerta, mostrar una grieta.
Significaría admitir que una parte de ese chico débil y necesitado aún existía dentro de él.
Y Kael había trabajado demasiado para enterrar a ese niño.
Así que, en su libreta, la anotación sobre Steven adquirió un nuevo matiz esa noche.
No era solo una descripción; era un epitafio para la persona que pudo haber sido.
“Steven: el reflejo de una ruta no tomada.
Débil.
Agachó la cabeza cuando pudo endurecer la nuca.
Su dolor es propio.
Su solución también debe serlo.
No es algo en lo que me deba meter… simplemente no es mi carga.” Al cerrar la libreta, Kael miró por la ventana hacia la noche oscura.
Por un momento, la imagen de Steven, solo en el recreo, se superpuso con el recuerdo de su yo más joven.
Una punzada de algo que pudo ser solidaridad, o tal vez solo el eco de un viejo dolor, lo atravesó.
Pero luego, respiró hondo, y la sensación se disipó.
La fortaleza de uno se construía con las piedras que arrojaban los demás.
Steven, simplemente, había preferido ser golpeado por ellas y dejar las rocas lo cubrieran para luego cargar con el peso de ellas.
Kael no.
Y no tenía pensado cargar con el peso de las piedras de nadie más.
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