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Pureza - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Abrazos y Consecuencias Lógicas
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12: Capítulo 12: Abrazos y Consecuencias Lógicas 12: Capítulo 12: Abrazos y Consecuencias Lógicas El peso de su propia irrelevancia se había vuelto demasiado pesado para Steven.

Un día, después de clases, mientras seguía a Basil y Alex como un espectro, sintió que no podía dar un paso más.

Se detuvo en seco en medio del pasillo con la mirada gacha, como si algo se hubiera desconectado de él.

¿Por qué lo hago?

¿Que gano yo complaciendo a los demás?

Poco a poco, los recuerdos de ser dejado de lado de una forma pasiva lo iban invadiendo; el ver como sus amigos se iban alejando en su peor momento de reflexión, lo hizo sentir cada vez más solo, y ahora los destellos de las imágenes de Kael en su propio mundo que cada vez más empezaba a tener la compañía de Leila dentro de él, lo hacían parecer como alguien que estaba flotando por el espacio en medio de una oscuridad infinita.

¿Acaso siempre estaré solo?

¿Nadie va a interesarse en mí?

Las dudas estaban invadiendo cada vez más su mente, inmunizándolo incluso en la realidad para siquiera dar un paso y empezar a seguir a los demás como siempre había hecho.

No fue hasta que Leila se dio cuenta de la falta de Steven en el grupo, que se detuvo para mirarlo en esa parálisis mental.

Algo en su postura, tan derrotada, le llamó la atención.

Mientras Basil y Alex seguían adelante, absortos en su propia conversación, ella se acercó.

—¿Steven?

¿Estás bien?

—preguntó, su voz suave cargada de una genuina preocupación zumbó por los oídos de Steven haciendo que despertará de su mundo mental.

Esa simple pregunta, el primer reconocimiento real de su estado en semanas, fue la gota que colmó el vaso.

Las palabras salieron de Steven en un torrente desordenado y amargo.

—¿Qué si estoy bien?…

¡¿Qué si estoy bien?!

El enojo empezó a brotar dentro de él ante lo absurda que sonaba aquella pregunta cuando claramente, dentro de él, no se sentía para nada bien.

—¡Me siento como un jodido cero a la izquierda!

¡Como si fuera la ultima cosa que alguien querría tomar de un plato!

Y no porque estén guardando lo mejor para final, ¡Sino porque quieren tirarlo a la basura por lo desagradable de su sabor!

¡Siento que soy un maldito espectro que nadie ve!

¡Que soy el descartable, el olvidable, el primero que sería cambiado si apareciese alguien mejor que yo!

Leila lo escuchó respirar hondo varias veces mientras se calmaba después de haberse desahogado, y algo dentro de ella se sintió culpable, y su rostro poco a poco se fue quedando sin color.

Estaba en shock.

Ella siempre lo había visto como el “chico tranquilo” del grupo, no como un alma en tal estado de desolación.

Simplemente no supo qué decir.

Ninguna palabra de consuelo le parecía suficiente, ni siquiera sincera después de escuchar tanto dolor y autodesprecio.

Steven, al ver la incapacidad de ella para responder, y notar la mirada de lástima y confusión en sus ojos, sintió una vergüenza aún mayor ante lo que había dicho.

Había cometido el error de mostrar su debilidad.

Y con un nudo en la garganta, desvió la mirada.

—Sabes que, olvídalo —murmuró, y se alejó rápidamente, dejando a Leila paralizada en el pasillo, cargando con el peso de una verdad que no sabía cómo manejar.

La Consulta Inesperada Días después, Leila aún arrastraba la incomodidad de esa conversación.

Se encontró con Kael en la biblioteca, pero en lugar de un ensayo, llevaba una pregunta enredada en su conciencia.

Distraída, mordisqueando su lápiz, finalmente se volvió hacia él.

—Kael, ¿tú…

crees que podrías ayudar a alguien que se siente…

insignificante?

—preguntó, evitando dar nombres.

Kael alzó la vista lentamente.

No necesitó que ella dijera el nombre.

Había visto la tensión, había notado la mirada devastada de Steven y la perturbación posterior en Leila.

Su mente conectó los puntos al instante.

—Steven —afirmó, no preguntó.

Leila asintió, un poco avergonzada.

Kael guardó silencio unos segundos, sus ojos oscuros procesando la consulta como si fuera un problema de física.

No se centró en las emociones, en el dolor.

Se centró en la solución.

En la variable manipulable.

—Dile que empiece a hacer ejercicio —dijo, su voz clara y práctica—.

Esto trae tres beneficios principales que le podrían ayudar: primero, quita estrés, aumenta la fuerza y mejora la apariencia del cuerpo.

Sumando todo eso, podría sentirse con más energía, mejor apariencia, más seguro de sí mismo, esto le podría dar un poco más de confianza para hablar y expresarse sin sentir que es dejado de lado.

Para Kael, esta era la respuesta obvia.

La misma receta que él había aplicado años atrás.

No era una cura para el alma, era una herramienta para la armadura, sabía muy bien que ese sentimiento de inferioridad seguiría en él, pero al menos su físico le haría sentir más estable.

Para Leila, esto fue una revelación.

Era simple, concreta, y sonaba que tenía sentido común.

Era una luz en medio de la confusión emocional en la que se había sumergido.

Una sonrisa de genuino alivio y gratitud iluminó su rostro.

—¡Es perfecto!

¡Gracias, Kael!

—exclamó.

Y entonces, ocurrió lo impensable.

En un acto impulsivo, movida por la euforia del momento, Leila se inclinó y lo abrazó.

Fue un abrazo breve, de apenas un par de segundos, pero para Kael, fue como si el mundo entero se hubiera detenido y luego explotado en silencio.

Su cuerpo se puso rígido al instante.

No olía a perfume, olía a jabón simple y a la tela de su uniforme.

El contacto fue una descarga eléctrica de calor humano que le recorrió cada nervio, desactivando por completo sus defensas.

Su mente, siempre llena de ruido, se quedó en un blanco absoluto, silenciosa por primera vez en años.

Antes de que pudiera procesarlo, antes de que pudiera respirar, Leila se soltó, sonrojada pero aún sonriente.

—¡Lo voy a buscar ahora mismo!

—dijo, y salió casi corriendo de la biblioteca, dejándolo solo.

Kael se quedó inmóvil en su silla.

Podía sentir el fantasma del abrazo alrededor de sus hombros, una sensación cálida y alienígena que se negaba a desaparecer.

Levantó una mano y se tocó el brazo, como para asegurarse de que todo seguía en su lugar.

Su libreta estaba abierta frente a él.

La página, en blanco.

Con una mano que le temblaba ligeramente, tomó el bolígrafo.

No escribió un análisis.

No escribió una descripción.

Solo garabateó, con una letra inusualmente temblorosa, tres palabras que eran un eco de la tormenta sensorial que acababa de experimentar: “Calor.

Presión.

Silencio.

No es algo nuevo, mi familia también me abraza, pero… esto se sintió diferente” Y debajo, casi como una confesión forzada: “No fue…

desagradable.” El “Fantasma” había sido tocado.

Y por primera vez, no sabía qué hacer con esa grieta que se había abierto en su fortaleza de hielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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